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Sábado, 25 de noviembre de 2017 Actualizado a las 02:40

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Santiago centro

por 27 junio, 2000

Martita Larraechea, la ex Primera Dama que no tenía problemas en que la llamarán así, se ha instalado como candidata de la Democracia Cristiana a la alcaldía de Santiago. El PPD y el PS rezongan. Creen que si -como todo lo indica- Joaquín Lavín postula a ese cargo, sólo el actual edil, el democratacristiano Jaime Ravinet, puede tener una opción de derrotar al ex candidato presidencial de la Alianza por Chile. Ese es el argumento matemático, electoral, apoyado en más de una encuesta. ¿Pero hay otros motivos?

Para nadie es un misterio que incluso al interior del propio PDC la aventura que pretende emprender Marta Larraechea tiene opositores. Son los mismos que criticaron el alejamiento del ex mandatario, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, de la vida partidaria, los que ahora fruncen el ceño ante la pretendida irrupción de su esposa en la arena política.

En rigor, el problema no debiera estar en los parentescos, pues la DC siempre ha sido pródiga en promover camadas familiares a las funciones públicas. Los lazos familiares abundan: los Aylwin, los Zaldívar, Enrique Krauss y su hija, Carmen Frei y su esposo, Eugenio Ortega, por citar algunos.

La DC siempre ha tendido a ser una gran familia, y su nacimiento -la Falange- tuvo eso de grupo cerrado y amigable, al que era difícil penetrar (la UDI, de alguna manera ha reproducido, en sus inicios, ese fenómeno).

Y como el PDC es grande, la familia se ha alargado, hay mayor tolerancia para los nuevos compadres y comadres. Mal que mal se trata ni más ni menos que de la esposa de un hombre que, como su padre, ya está cultivando los aires de patriarca. Y los patriarcas en la DC son cosa seria: no sólo dejan huella, sino que también descendencia.

La pregunta que la DC y la propia Concertación debiera responderse es de qué forma el candidato que presente a uno de los cargos públicos más emblemáticos del país interpretará lo que esa alianza política desea proyectar hacia la ciudadanía.

No es malo recordar que la última elección presidencial demostró que la fórmula concertacionista había sufrido su natural desgaste tras diez años de gobierno, y si logró mantener la presidencia fue el gran medida por la figura de Ricardo Lagos y su promesa de "cambio" dentro de un cierto continuismo.

Desde esa perspectiva, ¿qué matiz de cambio representa Marta Larraechea y el propio Jaime Ravinet? Este último ha cultivado un perfil de hombre realizador -una declinación del estribillo del funcionario preocupado de los problemas de la gente-, y sus intervenciones políticas han sido más para criticar lo que todos critican de la política, de los partidos y del propio PDC. Pero, y eso no puede negarse, nunca Ravinet ha dejado de demostrar su condición de hombre político, cualidad imprescindible para pretender cosas mayores, como una eventual futura candidatura presidencial.

La ex Primera Dama, desde esa perspectiva, es una incógnita. Tiene a su haber su imagen pública, una pretendida simpatía que cultivó desde sus funciones en La Moneda, donde encabezó numerosas obras sociales, y eso, dicen, está en el corazón de mucha gente. ¿Pero después de eso, qué? Nadie duda que podrá contar con un calificado grupo de asesores, y que podrá imprimir un sello propio al cargo de alcalde de Santiago, si es que llegara a ganar. ¿Pero qué tipo de sello? Esa pregunta es la que está en el aire. La culpa de que no tenga aún respuesta no es de Marta Larraechea, sino de la propia Concertación que, a diferencia de la Alianza por Chile, aún no construye un perfil claro del servidor público.

Hasta el momento, el único intento serio en ese aspecto lo ha hecho el presidente Lagos y, por extensión, su gabinete (particularmente los ministros Orrego y Bachelet). También Guido Girardi, pero no aún el PPD. Ese es el atraso de la Concertación, sobre todo el relación a unos partidos opositores que, durante la campaña de Joaquín Lavín -y gracias fundamentalmente a él- dieron con el tono justo.

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