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La religón del automóvil

por 3 octubre, 2000

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Créanme lo que les digo: soy un misionero que vino desde lejos a ver qué está pasando con las almas de los chilenos, y a tratar de que las ovejas motorizadas y descarriadas vuelvan al redil. Hace ya muchos años, allá por los setenta, un preclaro columnista, Horacio Serrano, habló del culto que se le rendía al automóvil, al que llamó ''el becerro de hierro''. Entonces, según las crónicas de la época, en el país había pocos vehículos. Algunos de ellos muy dignos, como la Citroneta, sufrida, económica, sobria, como la clase media que la tripulaba.



Casi todos los autos que circulaban por los caminos del país en esos años, eran pequeños: Fiat 600, Austin Mini, NSU Prinz. Los taxistas usaban de preferencia el Simca 1000. Los particulares practicaban una sana solidaridad con los peatones, ofreciendo llevarlos cuando los veían parados en las esquinas. Así, los autos de ese tiempo andaban llenos, como colectivos. Es que el auto se usaba principalmente como un medio de transporte, y no como una patológica prolongación del ego desmedido.



Aún así, la fina percepción de Horacio Serrano vio lo que vendría: la desbocada idolatría del automóvil. Actualmente, los chilenos siguen cumpliendo con las formalidades de la religión cristiana: van a misa, reciben los sacramentos, se casan, no se divorcian, se anulan porque el divorcio es pecado. Pero dedican la mayor parte de sus vidas a rendirle culto, adoración y pleitesía al ''becerro de hierro''.



Trabajan hasta el stress y el agotamiento para adquirir autos enormes, lujosos, caros. Para la promoción del automóvil se organizan salones y se producen costosos comerciales televisivos, en los que el auto aparece rodeado de sacerdotisas sensuales y de atmósferas que exaltan el vértigo, la velocidad, el lujo y los placeres paganos.



Ya nadie lleva a nadie. Si uno baja desde el sector oriente hacia el centro, ve interminables procesiones de autos atascados en las avenidas saturadas. Son vehículos desmesurados para la ciudad: camionetas y jeeps con tracción en todas las ruedas, bans y gigantescos Jaguares y Mercedes, que derrochan ríos de gasolina. Todos van tripulados sólo por el conductor solitario, para el que cada viaje es una liturgia que reactualiza la potencia, la suavidad y las infinitas bondades tecnológicas que adornan al auto propio.



Los fines de semana se oficia el rito de la adoración. El automovilista se arrodilla ante su vehículo, lo lava, lo limpia, le saca brillo con ceras especiales, le pone betún en los neumáticos. Luego lo contempla embelesado. Si alguien llega a rozar el sagrado vehículo o si alguien osa adelantarlo, se considera un sacrilegio y se emprende una guerra santa contra el transgresor.



Es curioso que los mismos chilenos no tengan conciencia de los peligros de esta terrible religión. La inmensa mayoría cree vivir en el paraíso de la modernidad y miran con cierta despectiva conmiseración costumbres premodernas, como la de sacralizar a las vacas en la India. No se dan cuenta de que han convertido al auto en una vaca sagrada.



Las ciudades del país están hechas cada vez más para el auto y menos para la gente. Los autos lo llenan todo, se estacionan en las veredas y en las plazas, alimentan a una corte de sacerdotes menores y corruptos ( los cuidadores de autos), contaminan el aire y lo llenan de bocinazos y chirridos de frenos, exigen sacrificios humanos ( los accidentes de tránsito dejan cada vez más muertos y heridos), e imponen al automovilista una conducta neurótica y agresiva.



En aquellos dichosos y olvidados años sesenta, los autos eran armados en el país, con lo cual generaban trabajo e ingresos. Ahora, en cambio, se importan. Los chilenos han hecho astillas sus bosques y exprimido el mar que tranquilo los baña para obtener las divisas necesarias para seguir importando autos y el petróleo cada vez más caro del que se alimentan.



En fin, al terminar esta primera etapa de mi misión, sólo puedo advertir, una vez más, los peligros que la práctica de estas religiones idolátricas y oscurantistas tiene, no sólo para las almas, sino también para la felicidad terrenal de los hombres.

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