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Los cordones de la UDI

por 1 noviembre, 2000

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La época de la Unidad Popular cultivó un mito, alimentó un miedo: los cordones industriales del gobierno de Salvador Allende, unas tenazas firmes y prestas a estrangular a la "reacción" si osaba levantar el moño. El miedo era cierto -los desfiles con cascos amarillos y linchacos no eran pura escenografía-, y el mito también: a la hora del golpe, allí donde la resistencia al "gorilismo" iba a alzarse y hacerse fuerte no fue mucho lo que pasó.



Pero la imagen de un Santiago político -cuyo centro vivía la contingencia a través de cálculos electorales, el parlamentarismo y su vida social-, rodeado por esos cordones, donde estaba la verdadera llama revolucionaria generaba más de un escalofrío en no pocas espaldas.



Casi treinta años después, con las salvedades del caso, uno podría revertir la imagen y dibujar un Santiago central -La Moneda y sus ramificaciones- ensimismado en esa política concertacionista tan retórica, cómoda y rentable, mientras se levanta un cordón popular jineteado por la oposición y, particularmente, por la UDI. ¿Cómo llamarlo? ¿Los "cordones populares" de la Alianza por Chile? ¿O simplemente los "cordones populares del desengaño"?



El nombre da lo mismo, lo valioso es el fenómeno. La pérdida por parte del oficialismo, en las recientes elecciones municipales, de tantas alcaldías de comunas populosas, populares y de clase media, es una bofetada a tantas "verdades" de la Concertación como al desempeño de sus partidos, que han engordado tanto en el poder (no electoralmente) y ya no aguantan el salir a caminar las calles para escuchar, tratar de entender y solucionar las demandas de la gente, la misma del slogan inicial: el del arcoiris, el gana la gente y ese estribillo de la alegría ya viene.



A veces uno tiene a pensar que las comodidades del poder han provocado un cierto asco a la gente en algunos oficialistas. Algo así como el desprecio a la "rotada" que tan íntimamente sentía la derecha (y que algunos, no nos engañemos, siguen cultivando).



Por ejemplo, la noche del domingo, un dirigente de la UDI confesaba que había creído en el triunfo de uno de sus candidatos en un municipio de los que estamos hablando, cuando dos viejas pitucas reclamaron que "el niño" se juntaba con puros patipelados y no con la gente "de influencia" en la comuna.



El principal valor de la UDI está allí: rompió con el estereotipo y de la mano de Pablo Longueira -el punta de lanza que se atrevió a emprender la aventura de conquistar, casi solo, pobladores, para ir armando sus redes- se insertó en el mundo popular.



Se podrá criticar los contenidos ideológicos de la UDI, su pasado de adhesión a la dictadura, su silencio largo frente a las violaciones a los derechos humanos, pero de su compromiso actual con el mundo popular no es ficticio. Algunos seguirán diciendo que es simplemente electoral, pero la política es también un asunto electoral, y la UDI es, mal que mal, un partido político. Aunque también rece novenas.



Uno podría apostar, por el contrario, que los candidatos de la concertación que obtuvieron alta votación son los que han seguido trabajando en la calle, y es en la calle donde transcurre la vida pública. Cambiar la calle por los salones y sus cócteles, por las reuniones intrigantes sobre alta política y por el afán de obtener cobertura mediática para opinar sobre los grandes temas puede ser una mala apuesta.



Algunos, el domingo, recién se dieron cuenta. Otros, hoy día, tienen pesadillas con esos cordones populares que rodean el centro cívico. A ver si se animan a reconquistarlos.

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