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Solidaridad en la modernidad o la épica de la reforma (Parte I)

por 14 diciembre, 2000

Sin duda que el Senador Carlos Ominami remeció el ambiente político. Con su propuesta valiente y lúcida se atrevió a nadar contra la corriente y a exponer lo que piensa. Ese es ya un primer e importante valor del documento: una invitación a exponerse.



Chile tiene un gran Presidente: Ricardo Lagos. Ominami fue una de las personas que acompañó en la intimidad su trayectoria a la Presidencia. Creo que contribuyó decisivamente a lograr su ansiada victoria. Hoy, con su propuesta, realza otra vez su lealtad, comprometida con el Presidente.



Me he topado con Ominami en diversas roles que he desempeñado desde los años 70. Sea en mi lides universitarias, docentes o empresariales me he formado el juicio de que es una persona seria, a la que hay que tomarse en serio. En lo político lo conozco desde los 70, no siempre en las mismas opciones. Los 90 me acercaron, en el apoyo a Lagos.



Yo fui allendista ilusionado y moderado en aquellos años verde tintos de la UP. Viví en Chile, con resuelta pasión, durante los 17 años de Pinochet y escogí ser un opositor radical, duro, a su gobierno, lo que me endosó maltrato y prisión como a tantos compatriotas. Voté por Aylwin y Frei para la transición, pensando en mi familia y anhelando que posibilitaran una futura Presidencia de Ricardo Lagos. Todo eso ya es pasado. Unidad Popular, dictadura y transición ya son pasado.



Ha comenzado un nuevo siglo y Lagos es Presidente. Ahora cabe comprometerse a colaborar en serio en el diseño y la acción para el futuro que es lo único de lo que realmente disponemos. Ese es un segundo valor del documento de Ominami: una invitación a transitar el porvenir. Es lo que me ha motivado a exponer algunas de las ideas, probablemente de sentido común, que me han estado rondando en estos tiempos.



No existe ninguna posibilidad de que el actual Gobierno sea "el último de la transición". Un primer ciclo de la actual Concertación de Partidos por la Democracia se cerró, porque la transición de acabó. Un socialista es Presidente de Chile.



Por el bien de Chile, las fuerzas de izquierda, de centroizquierda y de centro que hicieron posible el triunfo de Lagos y que son la mayoría nacional, están emplazadas a buscar caminos innovadores para dar la bienvenida al porvenir y cerrar cualquier asomo de ceremonia del adiós. Esto concuerda con el sentido común mayoritario. Y, felizmente, el gobierno ha decidido emprender ese rumbo. Tiene todo a su favor para el éxito. Salvo un cosa: el estado de ánimo de perplejidad - y a veces de confusión- que se observa en ciertos dirigentes y en parte de la base de las fuerzas que constituyen su apoyo político y social.



En la política contemporánea es el gobierno el que tiene la conducción misional y la iniciativa política. Aún así, considero un error relegar a los Partidos a un lugar secundario. Se restan así poderosas energías y, por demás, se hipoteca el futuro.



La Concertación y otras fuerzas sociales proclives, tienen un ancho espacio de colaboración y anticipación en lo misional y en la iniciativa política. Asumir plenamente este rol configura ante la ciudadanía su existencial compromiso con el gobierno de Ricardo Lagos y con el futuro. Este es, a mi juicio, otro significado relevante del documento Ominami-Joignant.



Un nuevo tiempo empieza a ser posible en nuestro país y aquello nos provoca un fuerte desasosiego, especialmente a la gente de izquierda, preferible en todo caso a nadar en el mero suceder. Nada de lo hecho nos obliga a seguir haciéndolo ni del mismo modo, el futuro es un espacio a inventar. Aquí la ambición toma forma de pregunta, ¿cómo podemos hacer de este porvenir, que ya está aquí, una épica con sentido?



Cada ser humano aspira a vivir su vida significativamente, y sabe por experiencia que tal no se logra en soledad sino con otros, el nosotros. La política es el noble espacio natural para dar un sentido al nosotros como país.



En este nuevo tiempo que se abre, ¿cuáles aparecen como las grandes preocupaciones de los chilenos? A mi modo de entender son la pobreza, la paz y el progreso, las tres superpuestas "P". O, dicho de otro modo: solidaridad, Estado de derecho y modernidad.



Solidaridad y Pobreza. El crecimiento económico del país ha mejorado notablemente los estándares de la vida de todos los chilenos; pero a unos más que a otros. Se puede afirmar que los sectores altos han incrementado su riqueza y sus posibilidades. En los sectores medios y populares se observa más bienestar hoy que ayer, pero su riqueza y posibilidades no han seguido el ritmo de los anteriores, incubándose así sectores importantes de pobreza relativa, como por ejemplo la pequeña y microempresa, los profesores, los pescadores, mineros y campesinos artesanales, los adultos mayores y las escalas menores de la administración pública y de la empresa privada.



La pobreza absoluta, que se vive en el pueblo mapuche, en sectores marginales o cesantes de la ciudad y el campo, aunque ha disminuido, sigue constituyendo un escándalo social inaceptable.



He aquí un sentido profundo del nosotros como país, que precisa de todos un compromiso cultural de no pasar "piola" ante la urgencia y de debatir en serio las muy diversas opciones de políticas públicas y empresariales, económicas y culturales para enfrentarla. Pienso que el pueblo de izquierda tiene aquí su más importante razón de ser. Y que hay que aprovechar, no menospreciar, la nueva conciencia social que se ve en las generaciones emergentes de la derecha.



Hay, sin embargo, modos distintos a los del siglo pasado para enfrentar este desafío y tenemos la posibilidad, las capacidades y la experiencia como pocos, para inventar los modos nuevos.



Por ejemplo, a título de provocación responsable: pongamos fin a la asignación directa al presupuesto militar y vendamos ya la industria del Cobre; y comprometámonos a destinar la mayor parte de los recursos que se obtengan a un plan nacional de liquidación completa de la pobreza estructural, absoluta y relativa, con meta al Bicentenario.



El salto histórico de Allende de nacionalizar el Cobre para potenciar el desarrollo económico de la época, alienta una nueva audacia para posibilitar el anhelado bienestar social de los chilenos aún postergados. Por supuesto que, en la cruzada contra la pobreza, la empresa privada puede aportar mucho más a través de sus impuestos y los servicios públicos con su modernización.



La agenda de prioridades sociales de Lagos, que se discute en esta reunión, va en esa dirección, pero con recursos frescos y de magnitud pudiera hacerse más que buenas obras: hacer historia.



El Estado de Derecho y la Paz. La paz es un bien posible. Chile no puede resignarse a no vivirla. Al Presidente Aylwin probablemente se le recordará como aquel que inició en los noventa el camino a la convivencia civilizada entre los chilenos. Pero la paz es todavía una ambición mayor, por construir.



Escuché un día a Mandela, el sudafricano, decir que declaraba cerrado el tiempo de la exclusión, cuando no cabíamos todos en el planeta. Declaraba abierto el tiempo de la inclusión en su país. No de la tolerancia sino de la aceptación activa del otro, en su diferencia y sus contradicciones.



El pasado no tiene remedio, ya no existe, a no ser en las narrativas que nos lo traen al presente. Chile padeció y sigue arrastrando fuertes dolores en su historia, ese es también el sino de cada familia y cada ser humano nacido de esta tierra. Nadie niega que es necesario compensar aquellos dolores, en sus narrativas y jurídicamente. La pregunta es de qué manera lo hacemos. La verdad y la justicia están haciendo su camino pero más al fondo del ser como país, como nosotros, se requiere responsabilidad y compasión para abrir paso al tiempo urgente de la confianza. Como país, la confianza se consagra en el funcionamiento pleno y consensuado del Estado de derecho y el compromiso existencial de todos los sectores con él. Condición básica para posibilitar los caminos del reencuentro.



Los crímenes cometidos precisan ser reconocidos públicamente como tales, por todos, hablo de los horrendos crímenes cometidos contra la vida y contra la dignidad humana y también, porque no decirlo, contra la propiedad ajena.



Reconocerlos sería ya un gran gesto pero no suficiente. Se precisa además las disculpas correspondientes y el compromiso de no volver a reincidir. Reconocimiento, disculpas y, luego, propongo algo así como dejarnos en libertad socialmente vigilada, con apego irrestricto al Estado de derecho.



Aquí también le cabe a la izquierda chilena un papel relevante, por su historia de sufrimientos y su propia capacidad de autocrítica. Hoy, ahora, la izquierda está en inmejorable posición para jugarlo, dado su alianza estrecha con las fuerzas de centro y sus mejores tradiciones democráticas y liberales. El peligro, o más bien el desafío que tiene el país, es la falta de credibilidad que la derecha tiene en la opinión pública sobre su compromiso estratégico con el Estado de derecho y con el reconocimiento de los horrores vividos, condiciones indispensables para cultivar la confianza entre los chilenos y la paz.



Algunos de los actuales líderes de la centroderecha parecen estar envueltos en un círculo vicioso, que los atrapa más allá de sus intenciones. Probablemente, un acuerdo social sin exclusiones en torno a la paz y el Estado de Derecho puede ser asumido por todos a condición, para sedimentar la credibilidad necesaria, de terminar con la parodia del Consejo de Seguridad Nacional, del Senado designado y del sistema electoral excluyente y chato.

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