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Ser de izquierda

por 3 enero, 2001

Uno de los problemas de la izquierda que compite en el sistema es su bajo nivel de articulación con esa otra izquierda que no participa en las elecciones, pero realiza política a través de asociaciones como las coordinadoras, movimientos como La Zurda o experiencias de micropolítica.

La pregunta por el contenido y las modalidades de ser de izquierda hoy tiene mucho sentido después que los resultados de las parlamentarias de diciembre. Estas demostraron la escasa penetración electoral de una parte de la izquierda, la que se articula en torno a los comunistas, que realizó la proeza de alcanzar el 5,2 por ciento en condiciones de una competencia muy imperfecta, aunque ese resultado no puede catalogarse como un triunfo.



Sin embargo es necesario interpretar con exactitud el resultado electoral. Este sólo revela que esa izquierda no logra movilizar a las masas con sus ideas fuerzas, ni dar conocer su proyecto de sociedad y conseguir consentimiento. Los resultados no son un juicio sobre el contenido del proyecto mismo ni sobre sus capacidades de resolución de los problemas sociales chilenos. Sólo representan un juicio sobre su eficacia política o sobre su verosimilitud como alternativa.



Esta capacidad de seducción y convencimiento es baja, y lo ha sido en estos diez años de la llamada transición. Los sectores populares, los sectores medios empobrecidos, los cesantes y los mapuches han preferido repartir sus votos entre las dos grandes alianzas.



Pero hay que tener claro que cuando la ciudadanía se pronuncia en una elección expresa preferencias y no emite juicios de verdad. No dice que los ganadores tienen razón en sus enunciados, sino solamente que sus estrategias electorales, su marketing, sus ideas fuerzas o sus proyectos fueron más convincentes.



Aunque todo eso produzca efectos de verdad, de manera que muchos puedan crear que la falta de éxito de la izquierda se deba a que su proyecto no está dotado de atributos de cientificidad, las elecciones nada dicen sobre la presunta verdad objetiva de los proyectos en juego. Esto debería ser obvio, pero por desgracia a menudo no es comprendido así.



La pregunta para la izquierda puede formularse así: ¿Por qué pese a la situación de crisis, la cesantía, la incertidumbre y la desilusión expandida, sólo representa una porción minúscula del electorado?



Una primera razón tiene que ver con la pérdida subjetiva de la centralidad de las elecciones para muchos militantes de izquierda. Ese descentramiento, que refleja un desinterés por la política realizada en el sistema, comprende tanto a los dos millones de no inscritos como a los que votan nulo o se abstienen. Sería un error identificar todas esas formas de rechazo con la política progresista o de izquierda, pero representa un punto de vista que quiere una forma menos tradicional de hacer política y desvaloriza la opción electoral.



Uno de los problemas de la izquierda que compite en el sistema es su bajo nivel de articulación con esa otra izquierda que no participa en las elecciones, pero realiza política a través de asociaciones como las coordinadoras, movimientos como La Zurda o experiencias de micropolítica.



Esos grupos temen lo que perciben como el hegemonismo comunista, su verticalismo y su política cupular. Esas asociaciones emergentes diagnostican defectos reales de la política comunista, pero no son capaces de valorar sus virtudes. Hay allí una larga experiencia histórica del movimiento popular que los nuevos grupos emergentes deberían ser capaces de aprovechar.



Otra de las razones de la escasa capacidad de movilización electoral de la izquierda nucleada en torno a los comunistas es la disminución de su activo de militantes, muchas veces provocada por conflictos internos que no han logrado resolverse sin desangramientos, y por la disminución de nuevos adherentes, especialmente entre los jóvenes. Para un partido cuya mayor potencialidad se encuentra en el trabajo constante con la base esas mermas han sido decisivas.



Pero el trabajo político de esta izquierda se ha visto resentido sobre todo por la falta de un diagnóstico renovado de la realidad chilena actual. Muchas veces la política de este sector no toma en cuenta en sus estrategias y en las ideas fuerza que lanza, el alto grado integración simbólica al sistema de parte importante de los sectores populares.



Es necesario hacer política nueva para condiciones nuevas, una de cuyos elementos centrales es la desaparición de la referencia clasista, la fascinación por el consumo y por el confort, el alineamiento en posiciones políticas compatibles con el minimalismo de Lavín.



Todo ello requiere de parte de la izquierda un replanteamiento de la política socialista que debe significar una ruptura radical con la política revolucionaria clásica, sin por ello hacer suya la ilusión reformista de la humanización del capitalismo. En dos palabras: ni revolución ni reformismo.



La política de la izquierda debe ser ella una política de reformas, pero tendiente a una democratización radical de la sociedad, en la política, la economía y la cultura. Una política de izquierda de este tipo deberá convivir con el capitalismo, pero no porque crea que sea el sistema que mejor crea riqueza para satisfacer necesidades humanas. Convive con él, porque concibe su lucha como una larga marcha, como una marcha sin término en mejorar el mundo que existe.



Es un trabajo tan pesado, lento e intergeneracional como abrir un hueco en la Cordillera de Los Andes. Pero también es un trabajo de ahora, de hoy, de mañana. Replantear el socialismo como una política no de revolución, sino de transformación, debe ser una exigencia de la izquierda actual.



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