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Domesticación

por 22 enero, 2001

Para nadie es un secreto que la democracia en la mayor parte del mundo está muy lejos de lograrse, incluida la totalidad de los países latinoamericanos.



Todos sabemos que la caída de los regímenes autoritarios en América Latina, no aseguró el triunfo de democracias a todo evento, pues aquellos regímenes no fueron derrotados valóricamente, situación que siempre impuso desasosiegos que no se han podido superar.



Poderes de hecho como los grandes entes económicos o como los grupos ligados al narcotráfico, al tráfico de armas y al lavado de dinero, tienen cada vez más influencia sobre las decisiones de las instituciones democráticas especialmente los parlamentos y los poderes judiciales.



La posibilidad de contrapesar estos poderes se ve lejana, ya que las democracias latinoamericanas son muy precarias al adolescer de mecanismos razonables de distribución del ingreso, de la salud y la educación, y, lo que es peor aún, de fomentar la distribución del conocimiento y del saber tecnológico, elementos fundamentales para la participación en igualdad de condiciones de todos los ciudadanos.



Somos hoy democracias de elites transversales, donde quienes tienen el poder negocian y cooperan entre sí no siempre de acuerdo a los intereses de sus representados, o de sobre quienes ejercen dominio o de quienes son consumidores de sus productos o servicios.



Los mercados latinoamericanos, especialmente el del trabajo, son
tremendamente imperfectos. Por otra parte, nadie está haciendo crítica o trabajando en modelos alternativos en serio, la gran mayoría de nuestros intelectuales se han acomodado en los gobiernos o se han puesto al servicio de los grandes poderes económicos.



Los que no han estado de acuerdo viven sin ninguna voz en universidades estatales, cada vez más pobres, o han emigrado a otras latitudes.



La economía se ha levantado como un poder autónomo del poder político, fagocitándolo, relativizándolo y contaminándolo, lo que hace que las democracias latinoamericanas tiendan a relativizar el contenido social y político de sus agendas.



También, la diversidad no está siendo debidamente valorada en nuestros países, ni mucho menos fomentado su valor democratizador.



Todavía el valor sagrado del consenso político económico entorpece la manifestacion abierta de nuestra diversidad cultural e ideológica, lo que produce una política casi siempre disociada de la cultura real de nuestras sociedades, cultura que es sustrato de la política y de la economía; asunto que los políticos y los economistas normalmente olvidan.



El espacio de la Gran Política se ha vaciado y no ha sido tomado por nadie.Debería, quizás, ser llenado por una alianza natural entre la Gran Política y la Gran Cultura, como ha sido en los grandes estados de la humanidad.



La modernización y el desarrollo en ningún caso pueden significar la domesticación de los intelectuales, de los líderes gremiales y sindicales y mucho menos de los jóvenes.



La primera tarea de las nuevas generaciones de todos estos grupos tendría que consistir en restablecer una democracia sólida y profunda que funcione para todos.

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