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Los talibán y Pía Guzmán

por 15 marzo, 2001

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Cada vez que algún personero de derecha se refiere al tema de la violación de los derechos humanos durante el régimen militar, saca a colación la necesidad de un castigo proporcional para aquellos que habrían originado el supuesto espiral de violencia del periodo de la Unidad Popular o de aquellos que habrían cometido delitos en el período de la lucha contra la dictadura militar. Son los talibán criollos.

En el mes de marzo apareció una excepción significativa, la de Pía Guzmán. Sus declaraciones, por su tono de confesión personal -no pese a él- tienen un fuerte contenido político. Le permiten a uno colocarse en el lugar del otro y verse a sí mismo como en un pasado virtual, en el mismo papel, en las mismas circunstancias que ella vivió. Nos permite darnos cuenta que hubiésemos podido estar en su piel, tener sus mismas debilidades y vacilaciones. No querer ver, como ella, como ellos, no quisieron ver.



Se trata de una afirmación fuerte la de Pía Guzmán: no quise ver, pese a las evidencias. Ella no dice no supe, dice no deseé saber. Allí reside el gran valor de lo que afirma. Ese modo de hablar me permite identificarme con su arrepentimiento retrospectivo, porque de haber ocurrido las cosas de otro modo no puedo estar seguro de que hubiese querido ver.



Con Pía Guzmán se puede discutir de manera racional sobre la pasión que inspiró la política de esa época. Porque cuando no se quiere ver algo que entra en colisión con los propios valores que se afirma tener, es porque se juzga desde el resentimiento o porque se considera que el éxito del proyecto en curso trasciende los valores conculcados. En el primer caso, la mirada está nublada y solo mira desde el pasado donde se gestó el rencor. En el segundo caso se tiene el temor de ver, para no enfrentarse al dilema de tener que decidir si el balance (el terrible balance) vale la pena. No se quiere tener la certeza de que el bien en que se cree y que se desea viene mezclado con un mal que podría ser mayor. Se realiza una negación, lo que se sabe no se acepta como sabido. Por ello es que Pía Guzmán ha abierto el camino a una conversación fructífera.



La misma que cierran esos talibán que dicen que sólo se arrepentirían si los culpables originales o los responsables de la lucha contra la tiranía fuesen castigados. Estos discursos revelan una patología del recuerdo o un simple cinismo. Estamos hablando todavía de los derechos humanos, muchos años después, justamente porque los que participaron en la Unidad Popular o de la lucha contra la dictadura militar recibieron un castigo feroz. Fusilamientos sin juicio, tormentos, desapariciones, cárcel prolongada muchas veces con torturas, largos exilios. Así se castigó a los que apoyaban a la Unidad Popular y se entregaron o cayeron en los primeros días.



Además, muchos de los que continuaron luchando murieron en combate, como Miguel Enríquez, o fueron asesinados y sus cadáveres vagan aún por el Chile terrestre o están náufragos para siempre. Los militantes del MIR o del FPMR que continuaron resistiendo, murieron en enfrentamientos, fueron asesinados bajo torturas o en falsos combates o soportaron cárcel y muchos de ellos padecen el extrañamiento como conmutación de la pena.



Es socialmente útil conversar en el estilo de Pía Guzmán. Pero es inútil hacerlo con esos guerreros (civiles o militares) que han olvidado que la dictadura cobró con creces; que aplicó incluso la ley del Talión: por los cinco escoltas muertos en el atentado, cinco militantes de izquierda asesinados en la madrugada.



Con Pía Guzmán es posible conversar para que nada de esto ocurra más. Con los talibán, defensores de guerras santas y de la "obra militar" como justificación del salvajismo, no hay nada de qué hablar.



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