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Jaime Guzmán, una ausencia tan presente

por 31 marzo, 2001

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La obra política de Jaime Guzmán Errázuriz persiste entre nosotros. Y no sólo entre sus partidarios, donde está vigente también su espíritu. Nos guste o nos disguste, vivimos en una institucionalidad política de la cual él fue, con plena conciencia, el arquitecto mayor.



Este personaje pálido y menudo, célibe y futbolmaniaco, con sentido del humor y de la gastronomía, ha sido el hombre público más influyente de la etapa post-73, incluidos los once años de gobiernos democráticos de la Concertación. El rayado de cancha que, bajo su inspiración, marcó la Constitución de 1980, es el que, en sus grandes líneas, administra todavía la convivencia o desavenencia política nacional.



El décimo aniversario de su asesinato invita inevitablemente a la evocación y también al balance. Para comenzar, la duración de la "nueva institucionalidad" ideada por el líder gremialista, ha supuesto un éxito prodigioso. Ni sus partidarios más fervientes hubiesen pronosticado que aquella Carta Magna nacida de un plebiscito fraudulento, iba a resistir los invasivos óxidos de las presiones internacionales y de los enfrentamientos internos y, lo más increíble, iba a cruzar impávida -con algunos retoques cosméticos- la línea divisoria entre la dictadura y la democracia. Guzmán inventó, según algunos de sus críticos, una maquinaria jurídica tan infernal y tan bien armada que ni sus más diestros objetores han sido capaces hasta ahora de desactivarla sin peligro de que les explote entre las manos.



El fue un producto bastante típico de su época. En Chile no se ha reconocido suficientemente la eficaz penetración que tuvieron el fascismo, el franquismo y otros proyectos autoritarios en ciertos núcleos intelectuales y políticos entre los años veinte y sesenta. Un pensamiento nacionalista, conservador y antiliberal, adobado por un catolicismo tradicional muy desconfiado ante las doctrinas democráticas, fue captando adeptos en ciertos ámbitos de la sociedad chilena aquejados de nostalgias aristocráticas y con conciencia de estar destinados al mando. Para estos grupos, la democracia y sus rituales de elecciones, debates parlamentarios, funcionamiento de los partidos eran realidades meritorias, pero, en último término, secundarias. Se hablaba con displicencia de politiquería, partidocracia, masas ignorantes... A lo más, la democracia era un instrumento. Guzmán afirmaba sin arrugarse: "la democracia es una forma de gobierno y como tal sólo un medio -y ni siquiera el único o el más adecuado en toda circunstancia- para favorecer la libertad, que en cambio integra la forma de vida hacia la cual todo sistema político humanista debe tender como fin u objetivo. Dicha forma de vida incluye además la seguridad y el progreso, tanto en lo espiritual como en lo material, y dentro de esto, tanto económico como social".



Guzmán no era un dogmático. Tenía fines definidos, pero era capaz de negociar los medios. A pesar de todo, visto fríamente, su feliz matrimonio con los neoliberales de Chicago -globalizadores e individualistas- no deja de ser insólito para un nacionalista, gremialista y autoritario. Sin embargo, fue exitoso: de ese encuentro se generó un híbrido pragmático y agresivo -liberal en lo económico, intervencionista en lo valórico- que ha trazado, en los hechos, la línea gruesa política, económica y ética de la transición chilena a la democracia.



Esa contradicción asumida por Guzmán en su alianza con los neoliberales, se plasmó en una institucionalidad altamente esquizofrénica que se proyecta sobre la actual sociedad chilena. Se habla mucho de liberalismo, pero la gente percibe falta de libertad para expresar sus auténticas opiniones en la empresa, en el vecindario o en cualquier espacio público. Se habla de empresa abierta y meritocrática, pero los cazadores de talentos sólo aceptan para puestos de alta responsabilidad a personas de barrios acomodados y ojalá de ciertos colegios y de ciertos apellidos. Se habla de lucha contra la pobreza, pero mientras el combativo Longueira golpea estas palabras, las cámaras apuntan a las personas que, desde el gobierno militar, han estado acumulando directorio tras directorio de las grandes empresas del país. Esos aparecen como los garantes de la lucha contra la pobreza. No es de extrañar que circule un malestar ante unas contradicciones tan inapelables entre lo que se dice y lo que se hace. Y eso en nombre de la sinceridad y de las más altas virtudes cristianas.



La UDI está aprovechando el aniversario de Jaime Guzmán para arrinconar al gobierno, para arrebatarle sus banderas, para mostrar la figura de su líder mártir, como la de un político impecable cuyos proyectos están ya a punto de triunfar. Mas da la impresión de que el partido liderado por Longueira se está emborrachando de su propio triunfo, que está entrando en una política de dureza progresiva para deteriorar al gobierno de Lagos hasta quitarle toda iniciativa que no sea la que la derecha bendiga. Quizás esta soberbia pronostique más una debilidad que una fortaleza.



Es verdad que la UDI tiene un argumento de valor: el alejamiento de los partidos de la Concertación respecto a los ciudadanos y de sus organizaciones, su desmotivación, su falta de impulso. Hay que reconocer que Guzmán supo transmitir a sus partidarios mística, convicción, sentimiento de futuro, presencia en la comunidad. Lo que necesita precisamente en este momento la Concertación.

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