Wedding show - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 20:01

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Wedding show

por 8 mayo, 2001

Chile es el único país del mundo que no tiene ley de divorcio. Para algunos, esto es una verdadera bendición, motivo de orgullo y signo de que somos los elegidos por Dios, como la última reserva moral de la humanidad. Otros, en cambio, piensan que la carencia de esta ley es una muestra más de la hipocresía nacional -donde quien tiene dinero puede "anularse" las veces que quiera- y de la esquizofrenia de una sociedad que idolatra la modernidad, mientras mantiene una legislación anacrónica.



Parece que la discusión va para largo. El que se produzca un debate político tan apasionado, ya no sobre un tema público sino privado, es síntoma del fuerte control social que existe en el país sobre las vidas personales. Recuerdo que hace tres décadas atrás, era la izquierda la que propiciaba un comportamiento austero, basado en la ética de la consecuencia, la entrega a la causa, el compromiso y la comunión con el sufrimiento de los pobres. Ahora es la derecha integrista la que defiende una rígida moral sexual, e intenta confinar al individuo en la familia indisoluble, ordenada, reproductora.



La ética de la izquierda puso la carga de una responsabilidad abrumadora en los hombros de sus militantes, especialmente de los jóvenes: debían corregir las injusticias del mundo, reparar los abusos, extinguir el dolor, y hacer que la tierra fuera "el paraíso de toda la humanidad".



La moral de la derecha confesional, pretende que tengamos vidas ejemplares, en un mundo lleno de mensajes que incitan al placer, a la infidelidad, y a dar libre curso a todas nuestras ganas locas.



Ambas exigencias son para héroes o santos, pero tienen un peso excesivo para nosotros, los pobrecitos mortales.



Ahora, mientras se nos propone una unión conyugal eterna, sacrificada y fiel, en el universo mediático, que es el que construye el imaginario colectivo, el matrimonio se ha convertido en una chacota. Más que una unión, indisoluble o no, se lo muestra como una especie de contrato oportunista. Los medios de comunicación vienen exhibiendo desde hace meses, como noticia principal, las peripecias en torno a las negociaciones y postergaciones de un matrimonio tan sobreexpuesto, que es poco probable que se pueda encontrar un solo rasgo de espontaneidad en su eterna escenificación, la que probablemente es administrada por profesionales en manejo de imagen.



Vemos también como los personajes paradigmáticos de nuestra sociedad: modelos, futbolistas, animadores y humoristas, no sólo se casan y se descasan con tremenda facilidad, sino que montan sus uniones conyugales como un espectáculo, con productores profesionales, y con venta de los derechos exclusivos de transmisión e información a determinados medios. Y los curas más de una vez se han prestado para este tipo de show.



La tónica es presentar estos casamientos desde la pura frivolidad, sea la"copucha" social, la moda, el comentario sobre el traje o el peinado de la fulanita, o el chiste levemente obsceno acerca de la intimidad de la pareja contrayente.

El matrimonio aparece también como una especie de sociedad para comprar cosas: casa, autos, menaje, etc. A nadie le extraña que los partes de matrimonio traigan, como sello, la estampilla de una multitienda, que incluso tiene un departamento especializado para promocionar las ventas de las que se alimenta el matrimonio.



Esto de que existan "departamentos de novios", podría escandalizar si se los asociara con sitios pecaminosos, para las relaciones prematrimoniales. Pero no inquieta a nadie si se aclara que son unidades comerciales destinadas a satisfacer la necesidad básica del matrimonio: la posesión de objetos, el inicio de una vida de consumo en común.



Sospecho que en muchos matrimonios religiosos se han gastado más energías y dedicado más preocupación a los aspectos de producción: decoración del templo, vestido de la novia, filmación de la ceremonia, y a la fiesta que viene después, que al sentido de la unión.



Me parece que el matrimonio ha llegado a convertirse, en gran medida, en exterioridad, en espectáculo, ornato, boato, consumo, negocio, forma social, y esto lo hace perecible, desechable, con o sin ley de divorcio.

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