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Ä„No me den Viagra!

por 15 mayo, 2001

Durante siglos el hombre buscó una sustancia que aumentara su potencia sexual y evitara la impotencia. Probó con la raspadura de cuerno de rinoceronte, con los huesos de rana y el aceite de lobo marino. Éstas y otras especies animales pagaron cara la pretensión humana de encontrar la fuente del vigor viril, propia de los machos de las sociedades patriarcales que ponen toda su autoestima en los genitales.



En el siglo XIX el fisiólogo y patólogo Charles Eduard Brown Sequard desarrolló un sistema para rejuvenecer el cuerpo masculino sobre la base de un extracto de fluído testicular, que se inyectó él mismo. La búsqueda de la fuente de la eterna juventud, que los exploradores del siglo XVII hacían en los territorios desconocidos de América, se había trasladado a los laboratorios.



En 1989 se creó el compuesto UK 92.480, destinado originalmente a tratar la angina pectoral. No sirvió. Iban a desecharlo por inútil cuando dos investigadores de la Pfizer decidieron probarlo para la hipertensión en un grupo de voluntarios. No dio mejores resultados que otros medicamentos, pero produjo en cambio efectos laterales como indigestión, dolor de articulaciones y... Ä„ Eureka: erecciones!



Por una casualidad se había descubierto la base del remedio para la impotencia, que afecta a unos 140 millones de hombres en todo el mundo y que se hace más frecuente de los 50 años hacia arriba. El UK 92.480, junto a los descubrimientos de los efectos relajadores del ácido nítrico sobre los vasos sanguíneos -que les valió el Premio Nobel de Medicina a Furchgottt, Ignaro y Murad- permitieron el desarrollo del Viagra.



La ciencia nos debe ahora otro descubrimiento: el de un vasoconstrictor, un antiviagra.



Hay un hermoso cuento de Borges, Los inmortales, en el que un hombre que encuentra las aguas de la vida perpetua dedica su tiempo infinito a buscar el río que lo devuelva a la condición de mortal, que le restituya las bendiciones del desgaste, la caducidad, la extinción.



Junto con la búsqueda de la fuente de la eterna juventud se ha realizado, a lo largo de la historia, otra más silenciosa y encubierta porque goza de menos prestigio en la sociedad machista: la búsqueda del agua, el fluido o el remedio que nos liberen de la tiranía del placer, del agotador ejercicio de la hombría.



Aunque muchos no se atreven ni a pensarlo y menos aún a confesarlo, algunos hombres tenemos el secreto deseo de descansar, de sacarnos el complejo de Superman, de acogernos a algún programa de vejez anticipada, de liberarnos del mundo, de jubilar íntegramente, integralmente.



El superhombre, el macho cabrío, el don Juan, se gastan al imponerse una prueba tras otra, al correr en la interminable decatlón sexual. Su pene los arrastra como esos perros inquietos que tiran de la correa, remolcando al amo. Son incapaces de mantener relaciones de pareja medianamente satisfactorias y estables, y de apreciar a la mujer más que como una oportunidad de seducción. Terminan convertidos en ese patético especimen que es el macho anciano, el viejo verde, el senescente que remeda al adolescente.



Sí: algunos queremos dejar que con los años nuestro sexo caduco caiga como las hojas del otoño y se lo lleve el viento, y con él se vayan las ansiedades, las comezones, las urgencias. Queremos tener una vejez luminosa, quieta, serena, y experimentar la suave metamorfosis que nos lleve a transformarnos en ángeles.
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