Saliendo del laberinto - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 15:21

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Saliendo del laberinto

por 26 mayo, 2001

Desde la primera frase del Mensaje del día 21, Lagos se colocó el sombrero de mago y ofreció a su audiencia un aseado despliegue de palomas blancas. El sabía que estaba ante el atril con el perentorio desafío de levantar la moral del país, tenía muy claro que en noventa compactos minutos debía realizar toda la faena. Por eso se abocó sin demora a darle duro a lo que, desde los medios, se ha llamado pesimismo, pensamiento negativo y depresión nacional. Lagos estaba impaciente por propinar el primer golpe y ni siquiera respetó la norma retórica de comenzar su intervención con un despegue amable y gradual hacia su público. No hubo lugar para la convención oratoria de la captatio benevolentiae. Como Cicerón lo hizo contra Catilina, Lagos inició su alocución con un exabrupto, atacando el abatimiento, según él injustificado, extendido por el país.



El Presidente se paseó después por los temas de rigor: salud, empleo, transportes, vivienda, educación, economía... las vedettes habituales que se roban los aplausos en esta púdica ceremonia republicana. Pero lo que más destacó fue el tono deliberadamente constructivo, la apertura de espacios, la razonada refutación de los desánimos. Al final, quedó en el aire la sensación de que el nuevo impulso en que el gobierno está empeñado, había alzado su vuelo vertical en el Salón de Plenarios. Las declaraciones del oficialismo y la oposición, a pesar del silencio de la UDI, coincidían en el correcto desempeño oratorio del mandatario, en el oportuno espíritu que habían mostrado sus palabras.



La alocución presidencial fue tonificante: usó mucho más la zanahoria que el garrote, o mejor, el garrote en este caso estuvo totalmente proscrito. Y esto se hizo evidente con la contraparte más correosa para el gobierno: la cúpula empresarial. A los empresarios Lagos les trató con guante blanco y les adelantó dos apetitosas noticias: la reforma del mercado de capitales y la oferta de una cartera de inversiones de 3.500 millones de dólares. Se trata sin duda de crear confianzas, de facilitar acercamientos y convergencias.



Es sabido que entre Lagos y la dirigencia empresarial todavía existen químicas malignas. Pero ambas partes saben muy bien que, a medio y largo plazo, no tienen otro remedio que entenderse. De ahí que se haya producido un nuevo intento-relámpago de luna de miel: con la visita de Ricardo Ariztía a la Moneda; con la asistencia de Lagos a la reunión de empresarios-top; con su viaje a la mina La Escondida. Y suma y sigue, porque los cronogramas post-Mensaje están funcionando a todo vapor. Urgentemente se quiere, sobre todo por parte del gobierno, espantar el fantasma de la tardanza de la reactivación, del alza invernal de la cesantía, de la cronificación del desaliento.



Cuando Lagos llegó a la presidencia, anunció que la economía del país estaba saliendo, al fin, del túnel. Pero, contra todo pronóstico, salió del túnel para entrar en el laberinto. Y ahora el Presidente necesita fumar la pipa de la paz con los empresarios como la mejor garantía de superar esa trampa que no le ha dejado gobernar según una agenda más coherente y más estratégica.



Los empresarios son los que tienen el dinero a invertir, sus organizaciones están bien aceitadas, los medios de comunicación mayoritariamente se encuentran a su favor. Por eso, ya están poniendo precio a la dramática necesidad que el gobierno tiene de su colaboración para salir de esta crisis tortuosa e interminable. De nuevo se está pasando la factura de la privatización de las empresas públicas. Y ése va a seguir constituyendo el eje central de sus reclamaciones. No se resignan lógicamente a esperar hasta el final del sexenio de Lagos: tienen delante el premio gordo del siglo y lo quieren ahora.



El gobierno aún tiene la oportunidad de abrir el juego y ampliar el repertorio de actores. Posee una manija propia y decisiva: la manija política. Pero no una política de campaña y de clubs, sino una política de calidad ciudadana, de servicio público y, desde luego, de institucionalidad democrática. Es el momento de la visión estratégica, de la mirada de conjunto. Con este ánimo se puede ir trabajando por ese gran pacto nacional que cierre positiva, imaginativa y multilateralmente las grietas y fisuras de una transición que quedó a medias y que, por eso, es una historia que ya no se quiere ni nombrar.



El Mensaje del 21 de mayo encontró el tono y el espíritu para avanzar en esa dirección.

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