Piel y política - El Mostrador

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Piel y política

por 10 junio, 2001

Una mañana Gregorio Samsa, vendedor viajero, no puede levantarse porque se ha transformado en una cucaracha. No es un sueño, no es una metáfora: es un verdadero cambio de naturaleza.



Muchos Gregorios Samsa han aparecido en Chile después del llamado derrumbe de las ideologías. Todos han apelado a que ha habido un cambio de naturaleza en el mundo, y para estar supuestamente con el futuro han pasado de gatos a perros, o de delfines a cachalotes, sin mayores explicaciones.



Así, tenemos mudas de marxistas a liberales, de fascistas incólumes también a liberales y otras combinaciones menos comunes, como la de liberales a populistas. Sin embargo, al parecer nadie hasta ahora ha logrado dilucidar cuál es la verdadera naturaleza de ese cambio.



¿Cuánto les falta a nuestros Samsas criollos para pagar, o siquiera reconocer su deuda histórica con la gente que arrastraron en sus travestidas veleidades? Llevaron a Chile al mayor desastre colectivo de su historia, desde revoluciones frustradas hasta golpes de estado y represión brutal, para decir ahora que el mundo era todo lo contario de lo que entonces creían y que hay que aguantar. Y sin arrugarse.



Se les podría exigir alguna explicación: no es posible, pasada cierta edad, andar impunemente de volteretas en el aire y mudar de piel en menos de lo que se derrumba un muro de Berlín. O algo no funciona en la cabeza de estos señores, o es que su naturaleza es intrínsicamente acomodaticia. Y lo que es peor, quizá nunca fueron de otra manera.



La Metamorfosis, de Franz Kafka, expresa magistralmente la dialéctica entre el Deseo y el Desengaño, el Narcisismo y la Culpa. Va al corazón de una posible explicación de tantas acrobacias.



El problema de Gregorio es que huye de su sí mismo anterior, perseguido por el Orden que lo obliga a cambiar de piel a cada instante para poder estar siempre en posiciones de poder y alimentar su narcisismo. Su única posibilidad de escape está en transgredir ese Orden y pasarse derechamente al campo de la imaginación, pero desgraciadamente no tiene mucha. Gregorio no sabe hacer las cosas de otra manera y no se ha propuesto aprender nuevas, y eso lo paraliza.



El error de Gregorio no ha sido fenomenológico, sino una simple ignorancia sobre cómo y hacia dónde cambiar genuinamente. Lo mismo puede decirse de tantas especies políticas, supuestamente
renovadas y de todos los colores, que creen vivir un cambio de naturaleza sin conocer la naturaleza de su cambio.



Hablan de la interconexión global, de la planetización, de la descentralización del poder, pero en el fondo siguen repitiendo estos nuevos temas de la misma manera como antes repitieron las viejas consignas: sin conocimiento ni voluntad de causa.



La naturaleza de los asuntos del Estado y de los privados es convencional. Vivimos en una gran mansión subjetiva, donde el hombre real enmarca y desarrolla sus acciones privadas y públicas, pero es el hombre, ahra más que nunca, quien tiene que darle sentido. Para eso tiene que imaginar auténticamente, y no sólo acomodarse a los vaivenes de los tiempos.



Para algunos pensadores como Alvin Toffler, la Nación Estado, que ha servido de marco patrón jurídico-administrativo de los pueblos en la mayor parte del mundo se desmorona. La imaginación tendrá que volver a reenmarcar al mundo de maneras que todavía ni siquiera sospechamos. ¿Y quién está pensando en eso por aquí



Toffler también nos recuerda que un tercio de los miembros de las Naciones Unidas se encuentra en estos momentos amenazado por significativos movimientos rebeldes, independentistas, nacionalistas, o simplemente desquiciadores per se. ¿Qué nos hará ser diferentes, si no lo prevemos?



Reimaginar el mundo es un desafío gigante para todos los estamentos de todos los países de todos los continentes. Pero las nuevas miradas tendrán que venir de análisis que no pueden partir de la viejas premisas de siempre: yo me hago del poder acomodando lo que tenga que acomodar, y luego mando aunque no tenga imaginación.



Imaginación y poder tendrán que estar muy ligados. La política, como forma de hacer las cosas, tendrá que cambiar su modo de operar, o quedaremos aplastados bajo su inconsistencia.



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