Podredumbre y buena crianza - El Mostrador

Jueves, 14 de diciembre de 2017 Actualizado a las 23:34

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Podredumbre y buena crianza

por 1 julio, 2001

La corrupción sigue de moda en el mundo, especialmente en los medios de comunicación. Presidentes, vicepresidentes, ministros, princesas, parlamentarios, jueces, empresarios y dirigentes sindicales, entre otros próceres, son acusados de los actos más deshonestos que se han cometido en la Tierra.



Hasta ahora nadie parece salvarse de esta plaga bíblica, que de bíblica tiene lo de ser libresca, es decir mítica, letrada en moldes de periódicos, revistas y pronunciamientos de locutores de radio y televisión.



La susodicha corrupción tiene varias modalidades, desde las más conocidas, como la simple coima para ganar una licitación o la infaltable evasión de una multa de tráfico con un amigo, hasta otras más sofisticadas, como decir que se piensa una cosa, pensar otra, y en definitiva hacer una tercera. Esto último rige especialmente cuando se representa a alguien o a algo, como un Estado, una tradición, un distrito, o un gobierno que un montón de gente eligió para que hiciera lo que había prometido en un programa y que ha terminado por hacer todo lo contrario.



No hablaremos aquí de los presidentes o altos dignatarios que son acusados o condenados periódicamente por la mentada corrupción, porque la lista sería cargante.



Creo que lo que interesa en este artículo no es tanto analizar quién quiere a quién, ni los favores concedidos por vías regulares o irregulares, o la mala o buena versación de fondos de las instituciones o de las personas. Lo que interesa detectar es porqué precisamente hoy la corrupción se ha puesto de moda una vez más, campeando y atacando a diestra y siniestra cual enfermedad medieval, con un eco inusitado en la opinión pública.



¿Son los políticos más corruptos que antes? ¿O las princesas más buenas para la risa que hace una década? ¿O algunos jugadores de fútbol mejores o peores para venderse en un partido trascendental? ¿Qué mano se esconderá detrás de la difusión de esta especie de avalancha de malas maneras, manejos y podredumbres varias? ¿Habrá alguna mano mora, o será simplemente un mal pensamiento cristiano de una mente corrupta?



Veamos cuáles son los valores que valen hoy: el dinero, el poder político, el conocimiento (especialmente el tecnológico, que lleva a saberes cercados que sirven a otros poderes). También se cuentan el buen verse y el bien tener. Y cómo no -aunque solapadamente- está el ser capaz de usar la violencia, física o sicológica.



Conseguir la satisfacción de los valores nombrados a toda costa, lleva en general a que se luche por un lado, llamémosle bueno, con el talento, la habilidad, el esfuerzo, etcétera, y por otro, llamemósle malo, con la apropiación ilegítima de la información, la tergiversación de los hechos, el tráfico de influencias y otras mañerías.



Y así como esto ocurre a nivel de las relaciones internacionales, interempresariales, empresario-laborales o cívico- militares, también ocurre en la vida cotidiana. En las relaciones afectivas, por ejemplo, existe la traición, la deslealtad, la indolencia, la intolerancia. Todo puede traducirse en nombres más o menos feos, si se quiere, como adulterio, mentira, abusos de poder, manotazos, zamarreos, puñetes.



También hay cosas buenas, contrarias a las descritas. Y esto ha sido siempre así: lo corrupto, lo más o menos corrupto y lo no corrupto conviven desde el comienzo de los tiempos. Muchos son los escritores y filósofos que nos han advertido que el hombre sin la norma civilizadora no sería más que un loco suelto. Y un loco suelto no es algo muy distinto a un cuerdo amarrado por el deber ser que vomita dentro del closet cuando piensa que nadie lo va a sorprender.



En definitiva, pienso que la sociedad actual no es más corrupta que lo que siempre ha sido. Siempre los humanos hemos sido un poco buenos y un poco malos, y casi siempre hemos actuado de manera regular en medio de grandes confusiones valóricas. Nuestra historia está llena de héroes asesinos y de antihéroes heroicos, de sabios ignorantes y de analfabetos sabios.



Por eso la llamada corrupción forma parte de la naturaleza del sapiens. Esto no quiere decir que haya que fomentarla, permitirla o dejar de combatirla. Hay que dejar de usarla para ocultar otras cosas que son tanto o más corruptas que las que se proclaman a los cuatro vientos. Veáse al señor Menem, acusado de asociación mafiosa. ¿Y quienes manejan los periódicos que lo acusan? ¿No tendrán alguna asociacioncilla maleva por ahí? Seguro que sí.



¿Y quienes hace unos años acusaron a Felipe González de estar asociado a los escuadrones de la muerte anti ETA, no serían unos banqueros que terminaron presos por algunos delitos económicos? Eso no libra a los acusados, en todo caso, de ser pulidos como una Brancusi.



Con esto no queremos decir que no existan malos que puedan parecer buenos, sino simplemente que los que están usando la corrupción como caballito de batalla parece que tienen algo mayor que esconder: algún tipo de corrupcioncilla quizá más estructural y largoplacista. Como las que no son delitos tipificados: explotar mercados de trabajo indefensos, por ejemplo, o asegurar sus futuros insegurizando los del resto de la gente. Todas son cosas perfectamente legales en el mundo de hoy, y especialmente en nuestra querida América Latina.



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