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Jueves, 14 de diciembre de 2017 Actualizado a las 03:40

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Seamos justos

por 14 julio, 2001

El Congreso Nacional en un régimen democrático no es sólo por excelencia el centro de la deliberación política de la República, sino el lugar de encuentro de toda la sociedad políticamente organizada. A él llegan los representantes de la Soberanía Popular, quienes a través del raciocinio, el diálogo constructivo y la búsqueda de acuerdos generan las leyes que se aplicarán para regular la convivencia entre los habitantes de la República.



Su rol también apunta a la generación de una mayor cultura cívica de respeto y tolerancia. Sin un Parlamento y sin parlamentarios libres no es posible la democracia. Libres para pensar, libres para acordar y libres para votar.



Los demócratas debemos aplicar esta hermosa regla, aún cuando muchas de sus decisiones no interpreten lo que individualmente nos resulta más agradable. Pero lo anterior, lamentablemente, en muchas ocasiones se nos olvida.



Los chilenos hemos sido testigos recientemente del revuelo generado por la votación en el Senado en torno a las reformas laborales. Curiosamente, los ataques más duros han sido lanzados contra un grupo de senadores de la Democracia Cristiana, quienes haciendo uso de su libertad y considerando lo que a su parecer resulta mejor para los propios trabajadores, votaron en contra de un artículo del señalado proyecto de ley.



Es cierto que pueden existir diversas visiones sobre la conveniencia o no de dicha votación. Los parlamentarios, por la propia naturaleza de sus funciones, están sometidos al escrutinio público y, por ende, a la crítica política. Eso también es parte de una sana convivencia democrática.



Lo que no es aceptable en un marco de fortalecimiento y respeto de nuestras instituciones republicanas es el uso reiterado de la caricatura y la descalificación. Sobre todo cuando vienen de importantes actores que lucharon por la recuperación de la convivencia democrática en Chile.



Lo que han sostenido en estos días algunos dirigentes de los partidos de la Concertación y de la propia Democracia Cristiana en contra de los senadores demócratacristianos Alejandro Foxley, Gabriel Valdés y Andrés Zaldívar, entre otros, resulta simplemente inaceptable. Los chilenos conocen lo que ellos han realizado en el servicio público, y su profundo compromiso con los trabajadores y los más desposeídos. Una votación en el Senado, por errada que se la considere, no puede significar la descalificación artera ni con sorna en su contra.



Nadie que actúe inspirado en la buena fe tiene el derecho a sostener que Foxley, Valdés o Andrés Zaldívar han obrado intencionalmente contra los trabajadores, ni mucho menos que han defendido intereses de los más poderosos. Ello simplemente porque sus biografías personales son avales suficientes para echar por tierra lo que algunos han señalado con mezquindad.



Siempre es conveniente recordar, en momentos de confusión, ofuscación o simple frustración, recordar la historia personal de quienes son cuestionados circunstancialmente. Sopesar el camino recorrido, las batallas dadas en común y especialmente la calidad humana y las enseñanzas que de ellos hemos aprendido nos permitirá ponderar con mayor prudencia nuestra crítica.



Cómo olvidar el apoyo que Foxley dio desde Cieplan a los trabajadores en los momentos de mayor persecución sobre el sindicalismo chileno. Por qué ser injustos con Andrés Zaldívar, cuando en una amarga noche de derrota es el primero en reconocer el triunfo de su oponente, demostrando su innegable compromiso con la Concertación y la democracia.



Y qué decir de don Gabriel Valdés, quien no duda un segundo en dejar su cómoda posición en Estados Unidos para llegar a Chile a construir la Concertación y derrotar a la dictadura.



La pasión de la coyuntura no es una excusa para olvidar lo verdaderamente importante. Menos para quienes mucho le deben a quienes hoy son criticados tan duramente. Debemos tener especial cuidado los que compartimos con ellos un ideario común, forjado en hermosas batallas y confiados en dar juntos otras tantas que vienen.



Llegó la hora de canalizar todas las energías en pos de fortalecer nuestra alianza de gobierno y nuestros liderazgos. Es cierto que la crítica política será siempre bienvenida, pero debe hacerse con respeto y altura de miras.



Que nadie se sienta con el derecho a sacar dividendos de corto plazo, ni mucho menos hacer de la legítima discrepancia motivo de caricatura o descalificación simplista. Con ello no sólo fortaleceremos nuestra coalición: también demostraremos a los jóvenes de Chile, los mismos que hoy no se inscriben en los registros electorales, que la democracia es el único espacio en el que pueden desarrollarse las personas libres que quieran trabajar por engrandecer la patria.



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