Una vergüenza profunda - El Mostrador

Martes, 12 de diciembre de 2017 Actualizado a las 05:25

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Una vergüenza profunda

por 22 julio, 2001

Es casi indiscutible que la palabra es también un arma, y en esa condición puede tener usos positivos, negativos, neutrales y hasta inútiles. No siendo experto en el tema lingüístico, no voy a entrar en profundidades ni honduras, y me limitaré a poner en relieve algo que la relaciona con los sentimientos que se quiere transmitir, usando la palabra, en este caso escrita.



Pensamiento y sentimiento se prolongan inclusive al terreno de lo más subjetivo, y en el caso de la más popular de las religiones occidentales, se describe el nacimiento de la realidad como "al inicio fue el Verbo".



Lo que sucede es que cuando el espacio en que se desarrolla la palabra presenta serias fisuras o quebrantos, es comparable a lo que puede suceder con un aceite de gran calidad en lubricidad, viscosidad o resistencia, que resulta del todo inútil si se lo aplica a un motor fundido o roto.



Si una sociedad deviene en un espacio en que la comunicación es lo contrario de lo que se requiere, y la palabra es para no decir lo que se piensa y el concepto es para travestir el fin buscado y el disimulo reemplaza la petición, entonces no cabe duda que las abundancias verbales o escritas expresan, o carencias o cortinas de humo para disimular la realidad.



Y en estas reflexiones estaba cuando me cayó al alma el famoso fallo del día lunes 9 de los corrientes y pensé en expresarme con enojo frente al mismo.



Sentado frente a la computadora se me vino a la mente una frase hermosa de Michel Rocard, uno de los mas brillantes oradores y expositores del pensamiento francés contemporáneo, quien descubrió que hablar siempre más de lo mismo era banaliser la pensée, es decir, banalizar, hacer banal el verbo, el concepto, la palabra, favoreciendo así al contrario, al que se quiere calificar, describir, analizar.



Y eso es lo que ha pasado con este tema de los derechos humanos y la búsqueda de justicia para que el gran ex acusado pague por sus crímenes. Como me dijeron que ocho líneas eran algo poco usual en una columna, reitero en estas líneas finales mi profunda vergüenza por lo sucedido y porque confirmo mi voluntad de no morirme ahora.



Repito mi franca e incondicional admiración por la abogada Carmen Hertz, señora del Derecho, de ese verdadero que aquí no tenemos ni recordamos, pues vivimos al amparo de una Constitución de pacotilla que la inventó el mismo que salió beneficiado con este fallo.



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