El fantasma del muro demolido - El Mostrador

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El fantasma del muro demolido

por 24 julio, 2001

La fotografía del joven que cayó en las protestas contra la reunión de los países ricos tiene extrañas resonancias. Se ve el muro de escudos policiales a los pies del cual yace el cuerpo muerto. Recuerda las viejas fotos del muro de Berlín. Sólo que aquí la víctima no pretendía escapar: no tenía hacia dónde hacerlo, porque todo el mundo está ya globalizado. Así, la única opción que le quedaba era atacar el núcleo.



Las noticias hablaron de la "primera víctima de la globalización". La verdad es que hay muchas otras víctimas, casi siempre invisibles, porque uno de los dogmas de la globalización es que nos beneficia a todos.



El argumento es viejo. En su momento, la Inquisición fue una gran benefactora que velaba por la salvación de las almas.



A nuestros ingenuos bisabuelos liberales y republicanos la Inquisición, con sus tribunales, hogueras, prisiones secretas y cámaras de tortura, les pareció parte de la superada oscuridad colonial, período al que llamaron despectivamente el coloniaje. La utopía de la modernidad suponía el fin de todos esos sistemas de abuso, coerción y control sobre las vidas privadas y el pensamiento de las personas.



Pero el siglo XX trajo sus propias inquisiciones, sus purgas, relegaciones masivas y cacerías de brujas. La tortura se refinó y pasó a enseñarse en academias y escuelas de insurgencia y contrainsurgencia.



Las potencias imperiales que emergieron de la decadencia de imperios milenarios, como el chino, o seculares, como el español, instalaron sistemas neoinquisitoriales, en defensa de la democracia, la raza o el pueblo.



Durante la Guerra Fría, los dos imperios en pugna usaron discrecionalmente la fuerza en sus áreas de influencia. La intervención armada fue el recurso para imponer la ortodoxia cuando fallaban la propaganda, las intrigas, la corrupción y otros medios para colocar o deponer gobiernos títeres. Las imágenes de los infantes de marina desembarcando en las repúblicas centroamericanas y de los tanques rusos entrando en las ciudades de Europa Oriental son los emblemas de esa forma de ejercicio del poder imperial y de anulación de las voluntades individuales y locales.



La Guerra Fría fue un sistema de equilibrio, en que cada uno de los dos imperios hacía propaganda para autoproclamarse el Paraíso y calificar al otro como el infierno. El ejercicio abusivo del poder se justificaba en función de la defensa contra ese enemigo infernal y su permanente amenaza expansionista.



La globalización no necesita de marines ni de tanques para imponer sus dogmas. Usa medios menos tangibles y más eficaces, como cerrar o abrir las válvulas de los créditos de los bancos y regular los flujos de fondos mundiales, o ciertas evaluaciones algo crípticas que ubican a los países en rankings o listas de acuerdo a su comportamiento en materias como la disciplina fiscal, los equilibrios macros, el buen trato al capital y otras.



Los países que se portan bien, que acatan la ortodoxia económica y extirpan las herejías populistas y estatistas reciben la bendición del sistema; los otros contraen una especie de lepra que hace que el dinero huya de ellos.



Estos sistemas de control se reproducen en la vida de las personas con mecanismos parecidos: las listas de mérito en las empresas, la foto del empleado del mes en el cuadro de honor, los puntos con que se premian las ventas o las captaciones, o la ampliación de las líneas de crédito para los que pagan a tiempo.



El sistema imperante de creación de hábitos y adicciones de consumo, del crédito, la disciplina laboral y la exigencia de lealtad a ciertas culturas institucionales, a través de recompensas y castigos simbólicos, determina la vida de las personas con mucho mayor eficacia de la que tuvo en su tiempo la Inquisición. Las organizaciones establecen la forma en que sus empleados deben vestirse, relacionarse y comportarse. Hay algunas que incluso tienen sus propias filosofías. Todas, desde luego, son funcionales al sistema. La gracia es que esto nunca parece como una imposición, sino como una opción libremente elegida por el individuo.



Por otra parte, el sistema tiene una tremenda capacidad para absorber las manifestaciones de disidencia, alivianándolas y convirtiéndolas en modas o en nuevos símbolos de consumo.



Aún así, no han logrado erradicarse el malestar ni la furia, y las reuniones cupulares de los administradores de la globalización deben realizarse protegidas por rejas y muros policiales, en los que parecen asomarse el fantasma de otro muro que protegió sus propios dogmas y ortodoxias, y que creíamos demolidos para siempre.



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