Esperanzas de futuro - El Mostrador

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Esperanzas de futuro

por 9 agosto, 2001

He realizado muchas veces el ejercicio de hablar con personas que participaron muy activamente, incluso de manera clandestina y corriendo serios peligros, en las luchas de los ´80. La mayor parte de ellos tiene la sensación de que esa era la vida y que ésta es la no vida. Se trata de personas que mantienen los ideales de aquella época y viven como entonces, solo que en la melancolía.

En un ensayo titulado Regreso a Itaca, la pluma ríspida y a veces cruel de Juan Goytisolo comenta el libro La gallina ciega, las dolorosas meditaciones de la vuelta provisoria a España de Max Aub después de 36 años de exilio. El ensayo de Goytisolo me ha interesado mucho porque leí el libro que comenta hacia 1974, durante un viaje a Lima hecho mientras se vivía en Chile la asfixia de esos primeros años del pinochetismo, que yo y mis amigos de aquella época creíamos que eran los últimos y que todavía no lográbamos comprender.



Recuerdo que el doloroso retorno a la España arrebatada, que es el tema de La gallina ciega: esa vuelta a una patria incomprensible y tan lejana de la otra abandonada, ese país construido en la ausencia total del que retorna, reforzaron mi propia idea que era necesario permanecer en Chile, pese a las tentaciones de becas y trabajos y a las peticiones del partido en que entonces militaba.



Goytisolo cita en su ensayo una frase de ese libro: "España ha dejado de ser romántica: ya no es la de Ä„Victoria o muerte! o si quieres, la del Ä„No pasarán!, sino la de la mediocridad; es la España del refrigerador y la lavadora".



Esta frase, terrible en su nostalgia, anhela la España de la lucha y denosta el país del confort que recién estaba apareciendo en 1969, año del viaje, como consecuencia del florecimiento del negocio turístico y de la masiva migración de la mano de obra española a Francia y Alemania, desde donde remitían divisas a sus parientes.



Aunque esa España de la lucha fue terrible y fratricida, y por ella Max Aub vivió un doloroso peregrinaje por campos de concentración en la Francia de Vichy, es la patria que anhela.



Confieso que cada vez que veo La Batalla de Chile, esa memorable etnografía fílmica, exploración en la esperanza multitudinaria, yo también anhelo, frente a la chatura y la mediocridad de los deseos actuales, el Chile de la lucha.



Podría pensarse, sin embargo, que se trata de un rasgo idiosincrásico, de una inmadurez sin cura. Mis analistas, aun los más benévolos, tienden a clasificarme en el lado de Max Aub, como alguien que echa de menos el Chile romántico que no es el de la producción o del acelerado avance tecnológico, sino el de la persecución de las ilusiones que nos condujeron a la fatídica dictadura militar.



Pero me he encontrado en mis conversaciones con casos similares o peores. He realizado muchas veces el ejercicio de hablar con personas que participaron muy activamente, incluso de manera clandestina y corriendo serios peligros, en las luchas de los ´80. La mayor parte de ellos tiene la sensación de que esa era la vida y que ésta es la no vida. Se trata de personas que mantienen los ideales de aquella época y viven como entonces, sólo que en la melancolía.



Lo central de esa vivencia es compartida por algunos que rehicieron sus vidas, pero mediante el quiebre. Fueron militantes clandestinos en los ´80 y hoy tienen otras existencias. En ellas se realizan todos los ideales del confort: la casa hermosa y decorada con gusto, la cabaña de vacaciones en un lago, viajes, hijos que estudian en buenos colegios. En no pocos de ellos he encontrado, sin embargo, la misma nostalgia.



Uno me dijo en alguna ocasión: aquello me dejó una marca. No me siento culpable de mi vida actual, sólo me siento vacío.



Conversando con muchos de los que volvieron a Itaca, los que se deshicieron de su destierro, es fácil encontrar la misma desilusión. En una conversación de sobremesa en una casa de retornados, una hija le echa en cara a sus padres: ustedes nos hablaron de un país donde la gente luchaba, y cuando llegamos nos encontramos con la chatura. Esta es una aldea, la gente no tiene ideales. Para vivir así ¿por qué no nos quedamos allá? Es el discurso de La gallina ciega en la boca de una joven que soñó con el retorno a Itaca.



El problema de fondo es que en esta sociedad se corrompió una fuente muy significativa del sentido, el que era proporcionado por la política. La política como preocupación por la sociedad de todos es capaz de crear ámbitos de sentidos colectivos que no provienen necesariamente del consenso, sino también de la polémica, de la discrepancia activa por la sociedad que se desea, que se busca.



Una de las enormes limitaciones de esta etapa de transición es que unos y otros han contribuido a desvalorizar la política. La desesperanza y el pesimismo de Chile no provienen de una simple recesión económica: tienen origen en la ausencia de imágenes fuertes de futuro.



La modernización ha agotado su potencia como imaginario social, porque lo que ha producido es una sociedad en que el crecimiento mantiene una distribución injusta.



Sólo la búsqueda de una democracia participativa, en la que la lucha de los ciudadanos pueda garantizar la mayor equidad, la mejor calidad de la sociabilidad y de los estilos de vida, constituye una imagen fuerte de futuro.



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