La democracia y nosotros que la descuidamos tanto - El Mostrador

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La democracia y nosotros que la descuidamos tanto

por 12 agosto, 2001

Hace un par de semanas, almorzando con unos amigos en un Buenos Aires sumido en la protesta social, Jorge Saumell me preguntaba qué me parecía, en tanto sociólogo, el riesgo de una nueva oleada populista en América Latina, con componente militar (como el caso de Chávez en Venezuela) o sin él.



Recordé esa conversación mientras terminaba un artículo sobre las nuevas formas de sociabilidad y de construcción de identidad en los jóvenes, y el rol que allí juegan las "nuevas tribus". En ese preciso momento, se publicaron dos recientes sondeos, uno realizado por Latinobarómetro y otro por el Instituto de la Juventud de Chile, que entregan cifras alarmantes: según el primer estudio aludido, entre 1996 y el 2001 el apoyo a la democracia en América Latina cayó del 60% al 48%. En Chile, en tanto, la caída fue del 54% al 45% en el mismo período. Según el segundo estudio, 51,4% de los jóvenes considera que la democracia es un sistema de gobierno como cualquier otro.



Todos sabemos que hoy vivimos en medio de poderosas lógicas de fragmentación. Las "nuevas tribus" y el repliegue hacia lo individual son síntomas claros a ese respecto. Sin embargo, junto a esas lógicas de fragmentación existen procesos de integración bajo una racionalidad única que pone al centro al mercado como único resabio postmoderno de monoteísmo.



Ahora bien, en la medida que la situación económica latinoamericana y nacional restringe la comunión con esta deidad vía consumo, la gente, y los jóvenes en particular en el caso de Chile, está crecientemente tentada por vender su alma al diablo, metáfora con la cual significamos que estarían dispuestos a sacrificar la democracia como régimen de gobierno.



Hay ahí un problema político mayor, del cual hay que hacerse cargo.



Concuerdo con varios analistas en que el repliegue de los jóvenes de la política es una conducta específicamente política que, ya sea por una vocación de pureza frente a lo que consideran contaminado o por otras razones, manifiesta una voluntad, un compromiso vital de rechazo al sistema. Pero creo que estamos yendo demasiado lejos por esa vía. Se suele olvidar que el "no estar ni ahí", así como desarrollar la vida de acuerdo a nuestras propias convicciones, sólo es posible en un contexto de libertad. Se suele olvidar, sobre todo cuando no se ha vivido en dictadura.



En mi opinión -y aquí ya entro en el ámbito del juicio de valor- uno de los principales desafíos que enfrentamos en Chile y en América Latina es repolitizar el descontento contra el sistema político, repolitización que, desde luego, necesariamente requiere de estrategias sui generis. Un inmovilismo en esta materia me parecería literalmente suicida.



Por cierto, no debe perderse de vista que existe una manera falaz de canalizar el descontento contra el sistema político: se trata del caballo de Troya del discurso antipolítico, del cual se nutren por igual neopopulismo y neofascismo. Es falaz justamente porque no hay nada más político que ambos fenómenos.



En definitiva, no se trata de aplacar la crítica a los vicios de la democracia. Se trata de empezar a jugar un rol activo en corregirlos y en meditar en lo que puede significar dejar el campo libre a los que menosprecian la democracia y el sistema de libertades que, con más o menos limitaciones, ella consagra.

En esa Summa de la transición chilena que es el poema "Quién mató a Gaete" de Mauricio Redolés, se afirma: murió pa' que tú no estuvieras ni ahí. Habría que tomar conciencia de un hecho macizo: incluso el "no estar ni ahí" es un lujo que sólo es posible en democracia, que como condición de posibilidad nos ha costado sangre y lágrimas en América Latina, y que en tanto lujo, puede perderse. Por ello, el problema nos concierne a todos.





* Doctor en Sociología y coordinador del Seminario Interdisciplinario de la Universidad Alberto Hurtado.



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OTRAS COLUMNAS DE FERNANDO DE LAIRE

El fin de la mascarada(21 de junio de 2001)



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