Ponerse para la foto… con Lavín - El Mostrador

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Ponerse para la foto... con Lavín

por 20 agosto, 2001

Confieso que fui un incauto. Me inscribí en los registros electorales que se reabrieron para el plebiscito del '88. Lo hice para votar por el No, y con la ilusión de que esa breve primavera de euforia por la vuelta de la democracia iba a prolongarse en la apertura de espacios de participación cada vez mayores.



Ahora reclamo el derecho a desafiliarme de este sistema que sigue siendo autoritario, que no nos reconoce como ciudadanos sino como una especie de mercado electoral, que nos asalta con mensajes publicitarios, es decir, apelando más a los reflejos elementales del consumidor que a la inteligencia, y que nos obliga a cumplir con la formalidad del sufragio para darle validez a los juegos de las elites políticas, juego que nos resulta cada vez más extraño y ajeno.



Entiendo el creciente desinterés por la inscripción electoral, sobre todo de los jóvenes. No creo que sea por apatía, sino porque les cuesta encontrarle sentido a una ciudadanía reducida al rito de ir cada cierto tiempo a ponerle la rayita a algún fulano de una lista que es resultado de crípticas presiones, de pactos, subpactos y alianzas que no suelen ser paradigmas de lealtad ni de fair play, de pujas de poder o de negociaciones cocinadas en los sombríos pasillos de las dirigencias partidistas.



Lo que en Chile se llama política es cada vez menos debate y ejercicio amplio de la ciudadanía, y cada vez más puro formalismo y juego de poder que se apoya en tecnicismos, cálculos y marketing electoral. Y éste es un juego cerrado, autorreferente, que produce sus propias retóricas y reglas, sus inclusiones y exclusiones.



Ya vimos la ejemplar eficacia con que se movió el aparato político para reparar un error en las inscripciones de candidatos. Es que unas elecciones parlamentarias sin la DC eran como un campeonato de fútbol profesional sin el Colo o sin la U. Había que arreglar el error para poder seguir jugando.



Al paso que vamos, las elecciones para lo que se conoce eufemísticamente como "cargos de representación popular" terminarán por no distinguirse de las elecciones de misses o ésas en las que la gente vota por el tema musical o el cantante más popular de la semana. Y el interés por conocer los resultados electorales será similar al que sigue una carrera de caballos.



No sería mala idea hacer un sistema de apuestas en torno a las elecciones parlamentarias, municipales y presidenciales, para darles más interés y rentabilidad. En una de esas hasta consiguen autofinanciarse.



En una democracia en que la oferta de candidatos se hace con las mismas técnicas que se usan para vender gaseosas o desodorantes, una de las habilidades importantes de los nuevos políticos es la de saber atraer los focos de las cámaras y participar en el circo mediático, junto con futbolistas, modelos, cantantes, animadores, actrices de teleseries y humoristas.



El ponerse para la foto es también una de las prácticas esenciales del marketeo político más moderno. Hace poco vimos que para algunos candidatos era una cuestión casi de vida o muerte, de hundimiento o redención electoral, el aparecer en la foto con Lavín.



No importan las capacidades intelectuales, morales ni de liderazgo del candidato. Sus proyectos, su calificación profesional, su experiencia y sus antecedentes políticos no cuentan, o en el mejor de los casos son cuestiones adjetivas, secundarias, subordinadas a la foto con Lavín.



El candidato no tiene mucho valor por sí mismo, no funciona sino como un apéndice de Lavín, esta especie de comodín que aparece como el soporte de muchos otros candidatos con los cuales él ha accedido a fotografiarse, en algunos casos después de arduas negociaciones que han implicado, dentro de este juego de poder que es como la rueda de la fortuna, bajar a unos para subir a otros.



Así, mientras unos son destronados de sus candidaturas, otros ascienden a la gracia suprema de aparecer en la foto, iluminados por la irradiación de Lavín, asimilados a su aureola. Él les otorga su apoyo y su bendición para que sus identidades se disuelvan en la luz de su sonrisa, en el brillo de sus anteojos, en las expresiones de confianza y bondad casi beatífica de su rostro.



Me pregunto si ellos, a su vez, se han preguntado con quién se están fotografiando. Porque ese conjunto de sonrisa digna de la publicidad de la mejor pasta dentífrica, anteojos de la más afamada óptica y camisa que pasa todas las pruebas de blancura es en gran medida una construcción de expertos asesores de imagen.



Sería un buen negocio construir otro comodín, otro modelo ejemplar, con tantas o más virtudes que las que luce Lavín, y ofrecerlo a todos los candidatos que no consiguieron fotografiarse con él y quedaron huérfanos de ese luminoso soporte. Desde luego se cobraría una tarifa variable de acuerdo con la proximidad entre el candidato y el comodín.



Así por ejemplo, una foto en que ambos aparezcan abrazados tendría un precio alto, pero se ofrecerían facilidades de pago con los intereses más bajos del mercado. Además, nuestro modelo ejemplar estaría dispuesto a fotografiarse con candidatos de cualquier alianza o partido, dando muestras de su apertura y pluralismo que no podrían ser desmentidos, porque éste, nuestro comodín, no haría bajarse a nadie de su candidatura.



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