La desafección hacia la democracia: un punto de vista - El Mostrador

Viernes, 24 de noviembre de 2017 Actualizado a las 19:33

Autor Imagen

La desafección hacia la democracia: un punto de vista

por 23 agosto, 2001

Sabemos de sobra por la experiencia de Chile que la exclusión de la política de los problemas de fondo no soluciona los problemas, sino que los agrava. Y sabemos también por experiencia que la política socava su capacidad para enfrentar esos problemas cuando pierde la conexión con las demandas de sentido surgidas en la vida cotidiana de los ciudadanos normales, aunque no tenga una respuesta para todas.

Se han acumulado estudios y hechos que señalan que en Chile hay muchas personas que no adhieren a la democracia. Esto ha llevado a algunos a preguntarse por las causas. Los medios de comunicación se han hecho eco de esta preocupación. Aún a riesgo de repetir, creo oportuno ofrecer un punto de vista que alimente el tan necesario y a estas alturas escaso debate.



Hay gente, y no poca, que nunca ha creído en la democracia y prefiere desde siempre gobiernos autoritarios. Eso no es nuevo. Chile posee una reserva conocida de autoritarismo e intolerancia a las diversidades. Lo preocupante de las cifras recientes sobre la baja en la adhesión a la democracia no se refiere a esas personas. Alude más bien a los que alguna vez creyeron en la democracia y han dejado de creer, especialmente quienes tenían fuertes expectativas en los cambios que traería la democracia en el período de transición. La desafección de este grupo de personas constituye el objeto de estas notas.



Lo que revelan distintos estudios recientes es que hay gente, especialmente de estratos bajos, que se siente perjudicada por los cambios sociales, por las dinámicas de la economía y por la aspereza de las relaciones sociales. Esto no quiere decir que esas personas han sido objetivamente perjudicadas y tampoco lo contrario, pero en el mejor de los casos nos dice que esas personas no reciben las ganancias presentes o futuras que acarrean los cambios.



Hay estudios que muestran que muchas personas, especialmente los desafectos de la democracia, creen que los cambios han significado pérdidas para ellos y se sienten abandonados en esas pérdidas. Esas personas o responsabilizan de su abandono al sistema político, o no creen que este sistema puede resolver sus problemas. Creen que sus sueños no tienen más probabilidades en una democracia que en cualquier otro régimen.



En el fondo, desconfían de poder realizar alguna vez las aspiraciones para las cuales creen necesitar la cooperación de otros, especialmente de las instituciones de la sociedad. Pienso que este proceso, que afecta a muchos pero no a las mayorías, puede denominarse indiferencia por desencanto.



Esa indiferencia puede ser agudizada por la actual situación económica, pero no se debe a ella. De hecho, el descenso en la adhesión a la democracia fue detectado por los estudios ya en los años de pleno auge económico. No creo tampoco que sea el resultado de una conspiración de las élites contra la participación de los ciudadanos, ni menos que se deba a una debilidad mental del sistema político para reconocer las reales aspiraciones ciudadanas.



Creo, más bien, que se trata del efecto no buscado de hipótesis políticas desacertadas. Me parece que se debe a un énfasis desproporcionado que los gestores de la transición han puesto sobre los aspectos tecnocráticos de la estabilidad política y del rendimiento económico, en desmedro de la vida cotidiana de las personas concretas y de las percepciones y necesidades subjetivas que allí se dan.



Esto significa, en segundo lugar, que no se percibió adecuadamente que las expectativas de la gente hacia la democracia radicaban también en la posibilidad de construir nuevas formas de relaciones sociales y sentidos para la vida cotidiana, y no sólo en la desmilitarización y en el aumento del PIB.



Pareciera, en tercer lugar, que tampoco se percibió que si los cambios no son acompañados por interpretaciones sociales que les otorgen una perspectiva de futuro y definan el horizonte de ganancia que acarrean, tienden a ser vividos como pérdida. Tal vez por su sensibilidad a estos aspectos cotidianos y subjetivos es que son precisamente los jóvenes quienes más duramente reaccionan ante el sistema político.



La gente no observa sistemas abstractos, sino que evalúa las condiciones de su vida concreta: el trabajo, la calle, la familia, su recreación, el desprecio o el amparo que le brindan los otros.



Tengo la impresión, en cuarto lugar, que el sistema político de la transición no ha logrado desarrollar un vínculo comunicativo y simbólico que permita que la gente común y corriente haga una conexión entre el sentido de largo plazo de los cambios en democracia, y los deseos de cambio y de sentido para las condiciones de su vida cotidiana.



Los que se desencantan de la democracia tienen una indiferencia por desencanto, no una indiferencia de principio con la política. Por lo mismo están necesitados de ofertas de protección, de sentido temporal y de mejoras en las relaciones cotidianas y están disponibles para ellas. Es mejor aún si esas ofertas tienen un sentido inmediato, porque además han aprendido a desconfiar del futuro.



Esos elementos son el caldo de cultivo para un curioso populismo neoliberal presente ya en el menú de nuestra política. Este entrega las dinámicas estructurales de la sociedad a un mercado que se cree eximido de explicaciones y legitimaciones, como si fuera una ley natural.



Los problemas de la gente, sobre todo los que aparecen en los noticiarios, los resuelve el líder mediante la compasión y comunicación directa. Allí resulta atractivo, pues le habla a la gente de tú a tú, haciendo un reconocimiento tan directo como estéril de su drama y de su valía.



Intencionalmente la formula deja a la política al margen de todo, por lo menos de todo lo visible en el espacio público. Sabemos de sobra por la experiencia de Chile que la exclusión de la política de los problemas de fondo no soluciona los problemas, sino que los agrava. Y sabemos también por experiencia que la política socava su capacidad para enfrentar esos problemas cuando pierde la conexión con las demandas de sentido surgidas en la vida cotidiana de los ciudadanos normales, aunque no tenga una respuesta para todas.





* Investigador senior, colaborador en la elaboración del Informe de PNUD sobre Desarrollo Humano.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes

Plan Individual

Anual:
$90.000
Semestral:
$40.000
Trimestral:
$20.000
Mensual:
$10.000

Plan Empresa

Anual:
$700.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 1.200.000)

Semestral:
$400.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 600.000)

Trimestral:
$200.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 300.000)

Mensual:
$80.000

Hasta 10 usuarios
(valor normal 100.000)