Un autoflagelante en Managua - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 07:38

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Un autoflagelante en Managua

por 29 agosto, 2001

Sin perder la dulzura, la doctora Revolución Desconsolada me respondió con fuerza. "Licenciado Micco, usted habla puras estupideces. Aquí hemos sufrido a Somoza, la guerra civil, las desilusiones de la revolución y el retorno de los somocistas vía elecciones limpias. Ellos se llaman liberales constitucionalistas. Ä„Se imagina! El terremoto y la sequía nos han traído hambrunas. ¿Sabía usted que en Nicaragua y Honduras el ingreso per cápita es de menos de quinientos dólares?"

Seguía en mi intento de superar mi inconformismo radical. Como sentenció el doctor Brunner en El Mostrador.cl, los que vivimos quejándonos de los problemas pendientes de Chile somos unos desordenados mentales: los autoflagelantes. Recurrí al doctor para que me curara, pero tras los atentados del 11 de septiembre se retiró de la psiquiatría pues el mundo era demasiado malo y abyecto para él.



En la búsqueda de una nueva terapia enfilé a Tironilandia, un lugar ubicado en los contrafuertes cordilleranos y cuya iluminación y altura son tales, que desde ahí se puede ver todo el mundo. Me subí a mi camioneta nueva y tomé la doble carretera hasta mi destino, donde me recibió con amabilidad el Maestro de las Comunicaciones y Actos de Habla que mora allí.



Sin decir palabra me indicó una silla modernísima de color verde. Cuando comencé a contarle que creía que de una vez por todas los problemas de desigualdades de Chile y de transiciones empantanadas debían superarse con políticas públicas redistributivas de mayor audacia, como en Dinamarca o Alemania, me miró con ojos horrorizados.



Casi al mismo tiempo produjo un quiebre comunicacional, lanzándome una carpeta que contenía varios pasajes de avión. Luego giró su sillón dándome la espalda y comenzó a comunicarse con el mundo vía internet. La sesión está concluida, deduje con gran perspicacia tras cinco minutos de silencio.



Salí de Tironilandia más confundido que lo que entré, así que decidí seguir a tan importante sicoconsultor en su asesoría. Como primer destino, partí a Nicaragua, tierra de Sandino y Somoza, donde debía contactar a la doctora Revolución Desconsolada. Era la única instrucción que contenía la carpeta que me entregó el maestro.



Concurrí nervioso a su casa, un rancho modestísimo. La doctora, mujer bella pero agotada por años de dureza, me recibió con hospitalidad. Sin mayor preámbulo me preguntó: "Cómo están las cosas por Chile?". "Las cosas están mal", le respondí. "Creceremos a menos de cuatro por ciento este año. El 20 por ciento más rico gana 15 veces más que el 20 por ciento más pobre. Los enclaves autoritarios siguen, y los jóvenes ya no se interesan por la democracia".



Sin perder la dulzura, me respondió con fuerza. "Licenciado Micco, usted habla puras estupideces. Aquí hemos sufrido a Somoza, la guerra civil, las desilusiones de la revolución y el retorno de los somocistas vía elecciones limpias. Ellos se llaman liberales constitucionalistas. Ä„Se imagina! El terremoto y la sequía nos han traído hambrunas. ¿Sabía usted que en Nicaragua y Honduras el ingreso per cápita es de menos de quinientos dólares?"



"¿No sabe que los países con estos ingresos han contado como promedio con 8,5 años de democracia, desde 1950?", continuó indignada. "¿Que a Corea del Sur le tomó 38 años pasar de los 822 dólares per cápita a 5 mil 156, y España pasó de 2 mil 105 dólares per cápita en 1951 a 7 mil 406 recién en la década de 1980? Eso lo hicieron con Estados fuertes y políticas activas que Somoza hace imposibles".



"Ustedes los chilenos tienen más de cinco mil dólares per cápita. En 1989 esa cifra era de menos de 2 mil 500. En diez años duplicaron su economía, cosa que a Gran Bretaña le tomó 58 años y a Estados Unidos 47. Eso lo han hecho con tres gobiernos de la misma coalición, lo que les ha dado paz social, estabilidad política y crecimiento económico que nosotros jamás hemos tenido. Ä„Y se atreve a venir a mi casa a decir que los chilenos están mal! Ä„Por favor, retírese!". Me extendió un minúsculo sobre y me indicó la puerta.



A esas alturas yo sudaba copiosamente. Más por vergüenza que por los 35 grados con 90 por ciento de humedad que caían sobre Managua, la tierra de Ernesto Cardenal y de doña Revolución Desconsolada. Trastabillando me incorporé penosamente de la silla, y sólo atiné a decir con estúpida sonrisa: "Disculpe, es que soy un autoflagelante y no puedo evitar hablar mal de Chile". Mi sentimiento de angustia aumentó. Ä„No tenía remedio!



Ya en el Hotel, abrí el sobre. Iba dirigido al Maestro en las Comunicaciones y en él simplemente se leía: "Respuesta al tratamiento comparativo de choque: positiva. Enfermedad: curada. Firma: Doctora Revolución Desconsolada".



Ahí entendí lo ocurrido. Solo un imbécil podía creer que Chile estaba mal. Un airecito de autocomplacencia inundó la habitación. Decidí ir al Centro de Negocios del Hotel Intercontinental en el que me hospedaba. Antes se había llamado "Casa del pueblo". Bueno, cambia, todo cambia. Envié un e-mail a Tironilandia. "Gracias por favor concedido".



Todo iba bien. Hasta que llegó una bella joven que en su pasado de grandeza pudo ser una princesa maya. Llevaba un sobre dirigido a mí. Le dí treinta córdobas de propina, y leí ansioso la misiva.



"Licenciado Micco: Espero que haya entendido el mensaje". Una risa de satisfacción cruzó mi rostro. Evidente, pensé para mis adentros. Continúe leyendo: "Ustedes, con todas sus riquezas, recursos humanos y experiencia, han sido incapaces en estos 12 años de apoyarnos masivamente. Cuando un nicaragüense los ve a ustedes es como cuando ustedes observan a un suizo opulento. Diez veces más ricos, con la diferencia que ustedes son de nuestra misma sangre, religión, lengua y cultura".



"¿Y qué han hecho por nosotros? Si no son justos con sus hermanos más pobres de Indoamérica, ¿por qué los hombres del país del norte deberían ser más justos con ustedes? Aquí seguiremos trabajando solos, esperando alguna vez tener la oportunidad que tienen ustedes. Que Dios los perdone. Yo no lo haré. Ä„Vade retro, satanás chileno!"



Me desplomé: tenía toda la razón. Con el rostro desencajado con tamaño golpe, corrí presuroso a abrir mi maletín. Extraje el látigo que siempre llevo conmigo. Arrodillado y descamisado empecé a autoflagelarme. Lloraba desconsoladamente en la tierra de un pueblo pobre y creyente, en que la muerte prematura e injusta convive con los versos de la esperanza.



Continuará...





* Director ejecutivo del Centro de Estudios del Desarrollo (CED).



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