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Después de este horrendo martes 11

por 12 septiembre, 2001

Las repercusiones de una situación de guerra no declarada en contra de un enemigo no convencional son de difícil predicción. En materia de actos de comercio, la certificación de los sistemas de seguridad en los exportadores y los servicios logísticos deberá imponerse como requerimiento para ingresar a mercados del norte.

Remecidos como espectadores en tiempo real de las acciones terroristas en contra de Estados Unidos, no queda más que asumir el comienzo de nueva era en las relaciones internacionales, marcada por la necesidad de todos los estados democráticos de colaborar para defenderse de los terroristas sin rostro.



Cuando aprendimos durante la guerra fría a vivir en el equilibrio del terror, nos acostumbramos a relaciones internacionales en las cuales, pese a todo, los escenarios eran predecibles. Había dos adversarios ideológicos que controlaban respectivamente su detonador nuclear, y lo hacían con todas las rigurosidades de seguridad implícitas.



Cuando desapareció la Unión Soviética reflotaron profundos odios y nacionalismos, y corrientes religiosas fundamentalistas para las cuales el orden occidental representa literalmente el demonio.



En el trasfondo de las terroríficas imágenes de aviones comerciales destruyendo las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono está el choque de un orden occidental y un mundo islámico sometido al designio de jerarcas religiosos fundamentalistas, cuya concepción de la muerte en este tipo de acciones suicidas equivale a liberación y gloria.



Frente a esa amenaza cunde un sentido apocalíptico de indefensión y vulnerabilidad. Por ello, la seguridad global no puede tolerar que se siga extendiendo ese potencial de destrucción. Es preciso desmantelar conflictos para que no se encaminen por líderes basados en el odio y la intolerancia.



Hay que darle espacios a los líderes musulmanes que quieren construir la paz. Lo contrario es legitimar a terroristas que con mínimos grupos fanáticos llegan a la inmolación personal para alcanzar su paraíso.



Osama Bin Laden, el principal sospechoso de los atentados, aparece como una expresión concentrada de la combinación macabra de fanatismo, recursos financieros, tecnología y un alto entrenamiento en seguridad -que le entregó la propia CIA durante la guerra civil en Afganistán-, todos al servicio de una cosmovisión definida por la eliminación del demonio occidental y sus organismos de poder.



No se trata de luchar contra un Estado. Por eso, la seguridad no podrá depender del esfuerzo hegemónico de una única superpotencia. Hoy la colaboración es imperativa, y en la agenda mundial debe colocarse en primer nivel de prioridad, junto a la lucha contra el terrorismo el ataque a las mafias internacionales, las que ha sido evidente que mantienen vasos comunicantes con aquéllas.



Los escenarios de la aldea global exigirán la cooperación horizontal de las fuerzas armadas y de la civilidad. Las nuevas hipótesis de conflicto son las que ayer hemos vivido, y deben implicar la reorientación de los gastos de defensa para luchar contra los nuevos enemigos de los sistemas democráticos.



Las repercusiones de una situación de guerra no declarada en contra de un enemigo no convencional son de difícil predicción. En materia de actos de comercio, la certificación de los sistemas de seguridad en los exportadores y los servicios logísticos deberá imponerse como requerimiento para ingresar a mercados del norte.



Es probable una recuperación de los espacios de cooperación regional para privilegiar espacios ampliados en donde se mantenga la paz. La colaboración en materia de fiscalización y acciones de inteligencia económica debería acentuarse, para fortalecer a los países en la detección oportuna de riesgos y conflictos.



Esto lleva a recuperar la idea de un Estado más fuerte, mejor vertebrado hacia una ciudadanía controlada por poderosos sistemas de información. Ese Estado también debe ser fuerte en materia de legitimidad política y participación ciudadana. Para construir esto habrá tensiones entre grados de libertad y grados de seguridad.



Las personas deben colaborar en la seguridad, con capacidad para denunciar redes de ilícitos, pero deben estar protegidas por sistemas de justicia que funcionen.



Es necesario, por seguridad, tener capacidades cruzadas de mantener vivas las economías a nivel básico, para asegurar pisos regionales frente a una amenaza de cierre de los centros por un aumento de las barreras o por motivos de seguridad derivados de esta nuevo tipo de guerra, sin códigos de conducta en las acciones de respuesta o prevención en contra de focalizados grupos terroristas.



Como América Latina, debemos cuidar y atesorar la paz, y elevar una oración por las decenas de miles de víctimas del terrorismo de este martes trágico para la humanidad.



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