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Contra la barbarie

por 13 septiembre, 2001

De más está decir que Estados Unidos debe aprender de esta experiencia. Ahora han vivido en carne propia lo que es la violencia guerrera en su propio país. Aviones repletos de pasajeros inocentes convertido en bombas mortíferas que entran por las ventanas de las Torres Gemelas y arrasan la parte visible del Pentágono.

En los territorios usurpados de Palestina las imágenes televisivas mostraron pequeños grupos aplaudiendo el inesperado castigo propinado a los Estados Unidos, a su orgullo, a su poderío, a su autoasignado papel de guardián de Occidente y de democracias que muchas veces no merecen ese nombre. Pero no mostraron a Yaser Arafat dando sangre para las víctimas.



Existe, aunque no sé qué fuerza tiene, una sensibilidad que confunde esa alegría con adhesión a la causa de los pueblos subyugados. A algunos lo sucedido les parece una lección pequeña en relación a los sufrimientos que esa gran potencia ha provocado.



En realidad no es la única, pues Estados Unidos no participó del reparto colonial de Asia y de Africa, que mancha a Gran Bretaña, Francia y Bélgica. Pero en el siglo XX ha tenido un rol protagónico en el dominio económico de las naciones dependientes y en la lucha por la hegemonía militar.



Pese al papel que ha tenido y tienen los gobiernos de Estados Unidos, no me cuento entre los entusiastas de responder a la barbarie con la barbarie. De contestar con una moneda semejante a los bombardeos contra blancos civiles en Irak o al apoyo irrestricto al militarismo israelí, profundamente contrario al espíritu de la admirable nación judía.



Hace algún tiempo que sabemos que se debe desconfiar del espíritu de la Ilustración y sus ilusiones de una historia que avanza de manera inexorable hacia regiones celestiales. Pero esto no significa aceptar el nihilismo o la ausencia de moral política.



Una cosa es criticar las falsas idealizaciones de una moral que sirve como escudo a los dominantes, haciendo de la Intifada, el terrorismo y las acciones israelíes, luchas por la democracia. Otra cosa es desmontar las seudoverdades que se ponen al servicio de los poderes y se convierten en ideologías justificadoras del bloqueo a Cuba, de la invasión a Grenada o de la guerra de Vietnam.



Pero esas desmistificaciones deben hacerse para construir una moral histórico práctica que libere a la humanidad de la violencia que la ha sacudido, o de la tolerancia represiva que encandila a los ingenuos, y no para aceptar que reine la ausencia de todo principio.



Por lo tanto, debe afirmarse la existencia de límites. Uno de ellos es la base de todos los otros: el terrorismo no puede ser la respuesta a la injusticia guerrera de las grandes potencias. Esas acciones convierten a quienes las ejercen en fascistas prácticos, aunque renieguen de ese sistema de ideas y se sientan realizadores de la guerra santa.



La violencia cruza, es verdad, toda la historia de la humanidad. Pero nunca debemos abandonar la aspiración de impedirla y de vivir una existencia más civilizada.



Esa forma de terrorismo es una práctica política que involucra en acciones de guerra a civiles inocentes, que no han tomado partido. Ellos son obligados por sorpresa y al margen de cualquiera regla, y por tanto sin poder elegir, a participar en una situación de beligerancia. Los trabajadores, clientes, turistas o empresarios que en ese fatal 11 de setiembre de 2001 trabajaban o visitaban el World Trade Center no eran soldados, no fueron seleccionados por su adhesión a Bush o a la política exterior de Estados Unidos.



De más está decir que Estados Unidos debe aprender de esta experiencia. Ahora ellos han vivido en carne propia lo que es la violencia guerrera en su propio país. Aviones repletos de pasajeros inocentes convertido en bombas mortíferas que entran por las ventanas de las Torres Gemelas y arrasan la parte visible del Pentágono.



La respuesta no debe ser la venganza. No debería serlo por razones de humanidad, pero también por razones de razones de seguridad nacional de Estados Unidos. Se ha probado que este gigante tenía pies de barro.



Tampoco la respuesta debe ser tratar de hacer retroceder la historia a la época de las naciones homogéneas e integradas bajo el padrón de una diversidad controlada. La teoría de Huntington sobre el carácter inevitable de los choques entre civilizaciones puede conducir, como lo advierte un editorial de El País, al racismo, la xenofobia y la búsqueda de una imposible purificación racial y cultural.



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