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¿Cómo reaccionamos frente al terrorismo?

por 14 septiembre, 2001

Es la hora en que se impone la percepción de los otros como una amenaza, sobre todo del otro diferente, extranjero, extraño a mi cultura, a mi religión y a mi estilo de vida. La desconfianza se torna universal. La comunicación humana basada en la empatía y en los valores del pluralismo y la diversidad se quiebra.

Entre las muchas perversiones del terrorismo hay una que revela su carácter más profundo: que lleva a la gente y los gobiernos a pensar la vida social exclusivamente en función del instinto más básico de supervivencia. Esto es, en términos de seguridad personal y colectiva.



El terrorismo instaura así una dialéctica fatídica: golpea a inocentes para infundir terror entra la población civil y así castigar, indirectamente al enemigo. Como reacción obtiene una población atemorizada y crispada, una opinión pública que exige represalias y un difundido sentimiento de inseguridad que lleva a las personas a reclamar mayor vigilancia, control y represión.



Desde un punto de vista humanista, liberal y progresista, allí reside la naturaleza profundamente pervertida del terrorismo, no sólo en su caracter cobarde y criminal.



Lo que el terrorismo desencadena es algo más que un difundido temor: es un sutil movimiento sicológico de pérdida de fe y confianza en las libertades. Lo que instaura es una visión hobbesiana del mundo, donde el hombre es un lobo para el hombre y la guerra la sustancia del vínculo social.



Es la hora en que se impone la percepción de los otros como una amenaza, sobre todo del otro diferente, extranjero, extraño a mi cultura, a mi religión y a mi estilo de vida. La desconfianza se torna universal. La comunicación humana basada en la empatía y en los valores del pluralismo y la diversidad se quiebra.



Sólo restan, desnudos de cualquier retórica, el poder y la fuerza por un lado y, por el otro, el temor y la inseguridad.



La sociedad empieza entonces a ser concebida como objeto de vigilancia, control y castigo. Es un tema que Foucault analizó magistralmente. Se impone rápidamente el modelo de sociedad que él llamó Panóptico, esto es, la noción de que todos los actos de la sociedad deben ser sometidos a supervisión y sujetos a un estricto control.



El supuesto aquí es "Todos son potencialmente una amenaza". Que es, precisamente, el efecto buscado y desencadenado por el terrorismo en la conciencia social.



Lo que personalmente más me llama la atención en estos días es la facilidad con que los analistas y las personas de la calle entran en la espiral de la contraviolencia y en la visión panóptica de la sociedad.



Razonan así: " Hemos sido atacados en lo más caro para todos nosotros que es la seguridad y la confianza de que no seremos atacados impunemente, desde las sombras, por sorpresa. Sólo nos cabe reaccionar elevando los niveles de intolerancia,desconfiando del prójimo, vigilando los movimientos de todo lo que se mueva sobre la faz de la tierra y en los cielos, controlando hasta el detalle el entorno y castigando con fuerza y sin miramientos al que se desvíe."



La idea de que una sociedad completa-- con su miriada de interacciones, relaciones, prácticas, simbolizaciones, desplazamientos, labores, enunciados, comunicaciones-- puede ser sometida a un minucioso control forma parte de las utopías negativas que diversos autores modernos han explotado. Es el mundo de George Orwell donde desde un centro omnímodo se observa, inspecciona y comanda a una entera población de sujetos obligados a vivir uniforme y rutinariamente.



La vida rigurosamente vigilada excluye sin embargo los ideales y valores que son más propios de las utopÄ›as positivas y de la trayectoria intelectual de Occidente: la libertad en primerísimo lugar y, junto a ella, la fraternidad, el pluralismo, la tolerancia, la espontaneidad, la intimidad, la privacidad, la confianza en el otro, la posibilidad de soñar y de ser diferente.



Allí, por tanto, reside la mayor maldad del terrorismo: impone una sed sin medida de vigilancia y control, arrojándonos en la pesadilla del universo orwelliano. Nos transforma a todos en guardianes recelosos, prestos a saltar metafóricamente sobre la presa para atraparla antes de que nos despedace.



Puestos en esa situación, todavía con las imágenes de aviones cargados de pasajeros precipitándose sobre edificios vibrantes como colmenas humanas dando vueltas en nuestras mentes, dejamos de pensar en términos de mayores libertades, de mayor espacio para los otros-diferentes, de mayor fraternidad entre los seres humanos y las culturas.



Todo nos presiona hacia allá: nuestra reacción instintiva, la angustia de nuestros hijos, la reflexión de los amigos, el discurso de los medios, la propaganda de los gobiernos, la voz analítica de los expertos.



¿Debemos aceptar entonces que estemos rodeados por el mal y por violentas amenazas y que no hay otra salida de este infierno hobbesiano que salir a cazar terroristas, sus cómplices y encubridores, sus guaridas y ayudistas, sus patrocinadores y redes de relación, sus aliados en el poder de ciertos Estados?



¿Y aceptar además, por implicación, que nuestros enemigos son los talibán, palestinos, shiitas, árabes, musulmanes, y así por delante en una espiral creciente hasta llegar peligrosamente a abarcar diversas razas y religiones que no son las nuestras?



Creo que concederíamos al terrorismo su mayor victoria, la única de verdad "histórica", si bajo esa natural presión de estos días abandonáramos los ideales y valores que son más propios de la democracia: la libertad, el pluralismo, la igualdad en dignidad moral de todos los seres humanos, independiente de sus creencias, nacionalidad y etnia.



Por el contrario, la mejor victoria para esos ideales sería que ellos inspiren las políticas y las reacciones frente al atentado terrorista. Y no la visión panóptica que inevitablemente conduce a la humanidad dentro de una jaula de hierro.



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