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A propósito de Nueva York

por 16 septiembre, 2001

Hoy se pone nuevamente de moda aquella vieja dicotomía inventada por Domingo Faustino Sarmiento: civilización y barbarie.
Recordemos que Sarmiento, quien nació con Argentina en 1811, pensaba que la civilización debía imponerse a la barbarie. En Facundo, su obra principal, intentó demostrar que la barbarie se había institucionalizado en Argentina con la dictadura de Juan Manuel de Rosas.



La civilización, para Sarmiento, es la sociedad, la ley, la inviolabilidad de la propiedad privada; las relaciones reguladas, que sobre la base del acuerdo, deben reconocer la existencia de un bien común así como las aspiraciones individuales y está representada por el inmigrante europeo. La barbarie es la negación de lo social y del bien común. Es la independencia
y la autonomía en la soledad de la pampa bajo las leyes propias y está representada por el gaucho. El gaucho tiene su propia ley, su propia moral y la supervivencia es lo que importa sobre todo.
Tanto Facundo como Rosas representan para Sarmiento, los dos aspectos de la barbarie nacional, uno provinciano, valiente, audaz e intuitivo; el otro, un déspota con una inteligencia florentina, calculador sin más. Para Sarmiento, Facundo era la expresión fiel de la manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones y de sus instintos, la barbarie espontánea. Rosas era su institucionalización refinada.



Hoy, los bárbaros facundinos vienen de lo más arcaico de nuestras historias y siguen clamando por temas como la nacionalidad, la soberanía, las glorias nacionales, la historia sagrada de la patria, la militarización. Los bárbaros a lo Rosas, ocupan a los primeros para lanzarse contra los civilizados que atentan contra sus intereses más bien patrimoniales que morales. Y, a su vez, los civilizados, no ven más que, ciegamente, una modernidad desarraigada de la mayoría de las mentalidades nacionales.



Ernesto Sábato, sin embargo, va más allá en el análisis que hace Sarmiento sobre el tema. Para él, Facundo es el alter ego de Sarmiento, su inconsciente de bárbaro. Lo que pasa, según Sábato, con los latinoamericanos es que la frontera entre civilización y barbarie es frágil. Y su trasgresión se justifica siempre con argumentos románticos.



Y Sarmiento, qué duda cabe era un gran romántico. Por ejemplo, en América Latina matar por amor o por honor está en el inconsciente popular, y por lo tanto goza de un grado de legitimidad, incluso, entre los más educados.



La modernidad, según Sábato, consumó una paradoja siniestra: el hombre logró la conquista del mundo de las cosas a costa de su propia cosificación. La masificación suprimió los deseos individuales. El super-estado, capitalista o socialista, necesitaba seres idénticos.



Colectivizó los deseos, masificó los instintos, embotó la sensibilidad mediante la televisión, unificó los gustos, la propaganda y sus slogans, favoreció una especie de sueño múltiple y mecanizado que los civilizó homogéneamente. En América Latina, esto se plasmó de una manera un poco diversa: sus trabajadores al salir de las fábricas y oficinas, esclavos de máquinas y computadoras, como otros trabajadores del mundo, entraron
también en el reino de los deportes masificados y en el ilusorio de las series de televisión; pero siempre mantuvieron como posibilidad legítima la apelación a la barbarie. Y ésto se promovió, incluso, desde el estado con argumentos como terminar con algún tipo de caos que impidiera el Progreso.



La simultaneidad del enciclopedismo con el movimiento romántico a la sarmientina, ha sido, sobre todo en este siglo, más bien dañina.



Especialmente Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, creyeron totalmente en el Progreso aunque se lo imaginaron con buena parte de la población real fuera de él. Por una parte, y qué paradoja, fomentaron la enseñanza libre, gratuita y laica: la cultura de la ciencia, del progreso y de la razón. Por otra, renegaron del gaucho y del indio. Sarmiento, Esteban Echeverría y José Mármol tuvieron, para Sábato, una imaginación colonizada. No se imaginaron nunca una Argentina que no fuera como Europa. Eso también le sucede a muchos de los civilizados de hoy, aunque el paradigma ya no sea solamente Europa. Si bien no piensan que hay
que dejar a medio país afuera del futuro, lo cierto es que no prevén de una manera concreta cómo incorporarlos.



José Hernández, autor de Martín Fierro, sin embargo, caló más hondo y tomó en cuenta la supuesta barbarie del gaucho. José Martí, también rescató las condiciones de los pueblos reales. Actualmente estos autores desgraciadamente no tienen una contraparte actualizada que no sea solamente nostalgia y tradicionalismo, y que intente valientemente una nueva interpretación de sus dichos.



En todo caso, lo que interesa reivindicar aquí no es una simple añoranza sino la reinvención de lo propio y darse cuenta de que la frontera entre barbarie y civilización en nuestras cabezas todavía es más vulnerable de lo que pensamos. Una y otra pueden mezclarse con fatales resultados si el personal no tiene claro a dónde quiere llegar, porque ambas forman parte de nuestra naturaleza.



Pareciera ser , entonces, que América Latina, para entrar al nuevo siglo con soltura, no podrá darse el lujo de seguir con ese mismo paradigma del siglo antepasado sino que tendrá que refundirlo en algo nuevo ya que, hasta ahora, insistentemente, no ha dejado de pendular entre los mencionados extremos. Esta situación si se hace crónica podría retrotraer peligrosamente a América Latina hacia el siglo XVIII y clavarla allí por un
tiempo. Aquel tiempo cuando las élites gobernaban a pueblos que no
participaban ni conocían ni les importaban las grandes decisiones
nacionales.



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