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La ficción autocumplida

por 19 septiembre, 2001

Parece que los norteamericanos experimentaban la atracción del vértigo con todas estas historias en las que fantaseaban sobre distintas posibilidades del apocalipsis puertas adentro, y de la destrucción que acecha a su mundo tan seguro y a su estilo de vida tan lleno de certezas. Como se sabe, el vértigo es el temor al propio impulso de lanzarse al vacío para conjurar el miedo a ese mismo vacío.

Cuando allá lejos ocurren grandes sucesos, aunque sean catastróficos, como el atentado en Nueva York, a lo primero que atinamos los chilenos es a conjurar nuestro provincianismo, a hacer el escrutinio de los compatriotas que fueron testigos del hecho y a sentirnos partícipes de lo que está pasando en el centro del mundo.



Así por ejemplo, un diario tituló Chile bajo la amenaza islámica. No queremos ser menos que Estados Unidos. No gustaría sentirnos amenazados, aunque no nos lancen ni avioncitos de papel. Otros diarios hablaron del enfrentamiento entre la civilización occidental y el terrorismo, dando por supuesto que nosotros estamos en el bando de los civilizados.



Uno de los tantos comentarios que se escuchó fue que el golpe contra las torres gemelas parecía una escena de película. Eso apunta a un fenómeno que va más allá de la provincia chilena: la porosidad cada vez mayor de los contornos de la realidad, que tiende a confundirse con las imágenes cinematográficas, con la ficción y con el espectáculo.



En este caso la confusión llevó a muchos a dudar de la realidad, un desconcierto similar al que sufren quienes de pronto no saben si están soñando o despiertos. Es que una de las matrices argumentales del cine y del comic norteamericano de todos los tiempos ha sido la del ataque artero de un enemigo tan insidioso como inescrutable.



Hay muchas versiones de este enemigo, entre ellas la bestial del monstruo de éste o de otros mundos que siembra el pánico en la ciudad civilizada, de preferencia Nueva York. Ahí están, por ejemplo, las dos versiones de King Kong. En la primera el gorila gigantesco trepa al tejado del Empire State, y en la segunda a la cúspide de las torres gemelas, donde espanta a los aviones como si fueran moscas.



El cine de ciencia ficción de los años '50 está lleno de pulpos, arañas y otros bichos gigantescos que atacan a modernas ciudades occidentales llenas de rascacielos. La pega principal de superhéroes como Batman y Supermán es conjurar estas amenazas de perversos personajes que desatan catástrofes para vengarse o imponer su poder, hundiendo la libertad y la democracia. James Bond hacía el mismo trabajo luchando contra pérfidos orientales que tramaban la ruina de occidente.



Una novela de política ficción, El quinto jinete, de Lapierre y Collins, trata de unos terroristas árabes que introducen una bomba atómica a Nueva York y amenazan con detonarla. En el filme El día de la independencia la invasión alienígena ataca y destruye la Casa Blanca.



Se creó incluso un género de películas de catástrofes cuyos integrantes se especializaron en crear, mediante efectos especiales, majestuosas escenas de destrucción.



Parece que los norteamericanos experimentaban la atracción del vértigo con todas estas historias en las que fantaseaban sobre distintas posibilidades del apocalipsis puertas adentro, y de la destrucción que acecha a su mundo tan seguro y a su estilo de vida tan lleno de certezas. Como se sabe, el vértigo es el temor al propio impulso de lanzarse al vacío para conjurar el miedo a ese mismo vacío.



Finalmente el golpe ocurrió. Los que lo vimos desde la distancia y la seguridad que otorga el televisor quedamos perplejos, sobre todo porque no conseguimos determinar en qué se diferencian esas imágenes de los aviones hundiéndose en las torres y de éstas ardiendo y desplomándose de las películas de catástrofes.



Lo que sí parece conveniente es potenciar la otra línea de la ciencia ficción, la del entendimiento con alienígenas que pueden parecer peligrosos y monstruosos, pero que pueden ser tan graciosos como Alf o amables como ET. Esa línea impone la confraternización con el otro distinto, con el que vive más allá de las fronteras de la civilización occidental. Tal vez el vértigo de entender al extraño sea más interesante que el del salto al vacío.



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