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Ä„No a los "termocéfalos"!

por 20 septiembre, 2001

La política norteamericana y de sus aliados europeos frente al mundo árabe ha tenido como resultado crear verdaderos monstruos de Frankenstein que pronto se vuelven contra sus creadores.

Este es un momento en el que conviene reflexionar a fondo sobre los problemas que conmueven al mundo. Una de las razones por las cuales se hace necesario conservar la cabeza fría es la necesidad de comprender las razones que convirtieron a Osama bin Laden y a los talibán de colaboradores estrechos de Estados Unidos en la lucha contra la intervención soviética en su país, en lo que son ahora.



Esos luchadores por la libertad de Afganistán se convirtieron a poco andar en odiosos enemigos de Occidente, en el cáncer que es necesario extirpar, en los animales salvajes que Bush exige "cazar".



Tambien es necesario comprender cómo Saddam Hussein, armado hasta los dientes por EEUU para enfrentar a Irán, se transformó luego en un demonio a quien se intentó abatir sin resultados y cuya eventual complicidad con los actuales atentados se busca ahora confirmar.



Esos simples datos muestran que la política norteamericana y de sus aliados europeos frente al mundo árabe ha tenido como resultado crear verdaderos monstruos de Frankenstein que pronto se vuelven contra sus creadores.



Es necesario analizar los atentados como el efecto de una subjetividad limite, de un espíritu masivo de guerra santa generado en cada vez más vastos sectores del mundo árabe contra la política de Estados Unidos y de sus aliados occidentales en el Medio Oriente.



De no ser así, se corre el riesgo de cometer nuevos errores que lleven en algunos años más, por ejemplo, al intento de "cazar" al actual dictador militar de Pakistán, Pervez Musharraf, quien actualmente hace méritos desesperados por convertirse en el aliado favorito de esta lucha del bien contra el mal.



En los momentos de crisis, cuando se corre el peligro de llevar al mundo una nueva guerra, deben primar la cordura, la reflexión sobre las causas de los fenómenos y el análisis autocrítico de la política exterior de las grandes potencias. Nada se saca con sumir al mundo en una guerra inútil que puede fomentar el fundamentalismo y aumentar con ello la probabilidad de nuevos atentados suicidas.



No es la primera vez que creaciones de Frankenstein se levantan contra Estados Unidos. En nuestro continente el país de Jefferson y Hamilton tomó la costumbre de apoyar a todo tipo de dictaduras de derecha siempre que adoptaran el discurso del orden y de la lucha contra el comunismo, y no pocas de ellas terminaron por provocar dolores de cabeza a la propia nación que las promovió desde el norte.



Una lista incompleta muestra a Rafael Leonidas Trujilllo, puesto como cónsul de los intereses norteamericanos en República Dominicana y de quien después no sabían cómo librarse; a Fulgencio Batista, que hizo posible el triunfo de Fidel Castro en Cuba; a Anastasio Somoza, derrotado por los sandinistas; a los militares argentinos, que obligaron a la insigne Margaret Thatcher a enfrentarlos en una guerra; al mismo Pinochet, quien respondió la generosidad de Richard Nixon organizando en Washington el primer atentado terrorista realizado por mano extranjera en la capital estadounidense.



Recuerdo estos hechos no para disminuir la gravedad de lo ocurrido el 11 de septiembre pasado, ni para rebajar la necesidad de crear un gran acuerdo transpartidario y transideológico para luchar contra quienes cometen asesinatos aleves, masivos o sistemáticos contra personas indefensas, contra los que bombardean torres plagadas de trabajadores y turistas o bombardean ciudades indiscriminadamente.



Sin embargo, no se llegará a ese necesario acuerdo de humanidad mientras existan posiciones como la de Jovino Novoa, quien escribe como si el asesinato cobarde de Jaime Guzmán fuera la única y principal expresión del terrorismo en Chile. Ä„Eso sí que es reescribir la historia!



Novoa no sólo no tiene en la memoria el Informe Rettig, ni siquiera la aceptación por los militares de que lanzaron cientos de cuerpos al mar. No lo recuerda, porque es un termocéfalo parlante, que el general René Schneider fue asesinado en Chile con la colaboración del gobierno de Nixon, y antes que Salvador Allende llegara al gobierno.



Ha olvidado todo menos a Jaime Guzmán, víctima de una violencia política creada por el régimen que apoyó. Si lo que escribe Novoa representa a alguien más que él, poco se puede esperar del futuro de Chile en materia de acuerdos básicos para impedir la repetición de la guerra santa que nos impuso Pinochet, o para impedir que cualquier grupo de izquierda, centro, derecha, musulmán o católico quiera imponer a los demás su verdad supuestamente absoluta.



En estos momentos de crisis se debería pedir a los cabezas calientes, a los belicistas profesionales, a los fanáticos de su orden, que guarden silencio para bien de la humanidad.





Vea además:



Columna de Jovino Novoa: "El demonio de los tiempos modernos"



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