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Seguridad y terrorismo: un desafío para la democracia

por 21 septiembre, 2001

Lo primero que se puede afirmar con certeza es que vamos de lleno a un cambio definitivo en las políticas de seguridad y defensa especialmente en sus componentes militares y de inteligencia. No es que de la noche a la mañana dejen de servir las Fuerzas Armadas, sino que se reforzarán los aspectos de seguridad orientados a contrarrestar amenazas terroristas, narcotráfico o crimen organizado transnacionalmente, donde lo militar convencional tiene poco o nada que hacer.

La superioridad moral de la democracia no debe ser eliminada por una acción militar que, bajo el justo objetivo de castigar a los culpables de un atentado, termine agrediendo a población inocente e indefensa, y generando, en la práctica, una igualación ética con los terroristas.



El horror de los atentados perpetrados el martes 11 de septiembre no va a ser borrado por acción militar alguna, y menos aún si ella está revestida del carácter de simple venganza, destinada a generar en la opinión pública norteamericana la percepción de que sus autoridades sí hacen algo, y que no está inerme frente a la violencia terrorista.



Por el contrario, Estados Unidos está en inmejorables condiciones para encabezar un consenso internacional de largo aliento, que impida los espacios políticos y geográficos para que el terrorismo se reproduzca en un mundo globalizado y que precisa urgentemente de instituciones y climas de paz.



Por cierto los ciudadanos norteamericanos necesitan explicaciones y respuestas de sus autoridades que no resultan fáciles para éstas. Entre ellas, que les expliquen como un gasto de once mil millones de dólares anuales en defensa no tiene ningún efecto de seguridad en sus vidas cotidianas. Por qué ese enorme vacío de liderazgo en las horas que siguieron al atentado y también por qué, a más de una semana de transcurrido éste, el inmenso sistema de inteligencia e informaciones del país produce sólo certezas vagas acerca de los autores y su red de sostenimiento.



Pero no son sólo los ciudadanos norteamericanos los que precisan respuestas. También la comunidad internacional debe enfrentar una serie de interrogantes acerca de su futuro inmediato y de los mecanismos y compromisos que emergerán de este suceso.



Lo primero que se puede afirmar con certeza es que vamos de lleno a un cambio definitivo en las políticas de seguridad y defensa especialmente en sus componentes militares y de inteligencia. No es que de la noche a la mañana dejen de servir las Fuerzas Armadas, sino que se reforzarán los aspectos de seguridad orientados a contrarrestar amenazas terroristas, narcotráfico o crimen organizado transnacionalmente, donde lo militar convencional tiene poco o nada que hacer.



El papel de lo militar estará en directa relación con la capacidad de adaptación de las Fuerzas Armadas al nuevo escenario. En la profesionalización de sus recursos humanos, la articulación de lo militar con lo político-diplomático, los grados de cooperación real entre los países, incluida la convergencia en los valores y principios que se considere necesario defender y el tipo de institucionalidad que controlará el uso de la fuerza en el medio internacional. Algo que se venía anunciando con los debates sobre las fuerzas de paz de Naciones Unidas, pero que hoy se acelerará y profundizará.



El enfoque militar predominante hacia conflictos tradicionales de tipo vecinal o regional va a cambiar. Frente al tipo de amenaza que implica el terrorismo, la posibilidad de utilizar con éxito la fuerza militar convencional, por más moderna que sea, es nula. Se trata de un enemigo ubicuo, que se esconde tras la población civil, que golpea de improviso sobre blancos civiles y que carece de una territorialidad definida. Pero que hoy, además, ha demostrado una capacidad de articular arsenales de alta letalidad de manera casi espontánea y sin mayores recursos que la imaginación y el conocimiento. Este y no otro es el significado de los aviones de pasajeros transformados en misiles.



Por ello, van a acentuarse una serie de demandas en la seguridad, entre ellas una inteligencia más fina, capaz de anticipar, de sustentar acciones focalizadas y un uso quirúrgico y rápido de la fuerza, con daños colaterales mínimos. La inteligencia, esto es, el conocimiento y la información capaces de sustentar decisiones de manera certera y rápida, pasará a ser la función privilegiada en el nuevo despliegue de recursos contra el terrorismo.



Habrá una mayor demanda por unidades especiales, policiales o militares, con atributos de alta movilidad y especialización, capaces de desempeñarse en los terrenos más difíciles, con fuerte soporte informacional. Y no en el clásico esquema de comandos, sino de unidades muy modernas y completas en lo operativo, pero informadas, flexibles, articuladas a un mando y control capaz de conectarse eficientemente a uno equivalente de mayor escala y fuertemente ligado a la conducción política del Estado.



La seguridad militar será crecientemente cooperativa y con fuertes compromisos colectivos en situaciones específicas. Y la misión básica de lo militar será viabilizar la paz y la seguridad en áreas geográficas ampliadas, incluida la soberanía de los estados, pero fundamentalmente evitando la aparición de santuarios terroristas.



Si la apreciación anterior es correcta, será indispensable contar con un alto grado de confianza y cooperación entre los países, especialmente en el trabajo de inteligencia y la facilitación de información y de operaciones en torno al terrorismo, así como en la convergencia de legislaciones penales y de procedimientos judiciales. Pero, además, en un consenso efectivo acerca de una institucionalidad que domestique el uso de la fuerza y lo someta a reglas y procedimientos por todos aceptados.



Por lo tanto, tal vez lo más importante y de mayor envergadura hacia el futuro estará relacionado con el surgimiento de una institucionalidad que genere condiciones de gobernabilidad política para enfrentar el desafío del terrorismo global. Y por cierto, que sea capaz de seguir el curso de acontecimientos de significación global y de prevenir o anticipar la ocurrencia de hechos como los vividos en las últimas semanas.



Esa gobernabilidad sería imposible si predomina la autotutela y los estados deciden recurrir a la venganza como método de castigo. También sería imposible si resulta de una imposición de los países más fuertes sobre los más pequeños o de la exigencia de un alineamiento incondicional frente a las políticas de un Estado.



Nunca antes la humanidad ha estado sometida a un estrés global como el de hoy, del que puede resultar un mundo más gobernable y de paz, o un mundo más salvaje y resentido.



La superioridad moral de la democracia proviene de no olvidar sus valores de vida y tolerancia, de ser implacable y justa en el castigo de los culpables, de ser solidaria, austera y precavida frente al drama social de sus ciudadanos.



Los líderes políticos de todo el mundo deben tomar conciencia que la comunidad internacional ha olvidado a parte importante de la humanidad, abandonándola de manera egoísta en sus conflictos, porque el drama se desarrollaba lejos de casa. Pero nada es infinito, ni el dolor, las injusticias, el odio, la impunidad o la venganza. Tampoco lo es el espacio en que se desarrolla la vida moderna. Esta es la sociedad global, informatizada, de imágenes instantáneas, de estrecha interdependencia en todo, incluidos los horrores y la capacidad de llevar muerte a cualquier parte.



Lo que se espera de esos líderes, entonces, es una conducción lúcida y no la deconstrucción de los pocos logros exitosos que puede exhibir la humanidad en su largo camino por tornarse humana. El terrorismo es brutal y amenazante. Pero más terrible sería que al final nos olvidáramos de nuestra razón e inteligencia, de nuestras convicciones democráticas, nuestros valores de vida y libertad y de la legitimidad que ellos nos dan, y transformáramos nuestro horror en furia y venganza. Ese sería el mayor éxito del atentado del martes 11 de septiembre al World Trade Center de Nueva York.



* Abogado, cientista político y analista de defensa.
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