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La insoportable antigüedad de Machu Picchu

por 25 septiembre, 2001

Se arriaron las banderas a media asta por el duelo del 11 de septiembre y se izaron los tricolores dieciocheros. El miedo a volar en aviones que a mitad de camino fueran reconvertidos en misiles, el caos en el tráfico aéreo y los conflictos laborales de los pilotos, aguaron las masivas migraciones de chilenos a Disneylandia, Cancún, Punta Cana y otras tierras prometidas.



En el aeropuerto se recibían noticias de vuelos atrasados o cancelados. Para mitigar el aburrimiento o el miedo a los fantasmales aeroterroristas, los viajeros anclados hacíamos chistes de cualquier cosa. Al paso de una turista brasilera muy bien dotada, uno de esos infaltables chilenos buenos para la talla, puso los ojos en el escote de la mulata y exclamó: Ä„ M´hijita, quien fuera terrorista para atentar contra sus torres gemelas!



Luego de esperar nueve horas conseguí embarcarme hacia Lima y luego al Cuzco. En las excursiones por los circuitos artísticos y arqueológicos conocí a una familia chilena que por un desafortunado azar había ido a dar a la tierra de los virreyes y los incas. Tenían contratado un tour a Orlando, que desde luego se anuló. Pero un hábil agente de turismo, en vez de devolverles la plata, los convenció a cambiar el viaje al Cuzco y a Macchu Picchu.



Y ahí andaban, buscando qué comprar. Sentían que era una estafa, que en vez de ratones Mickey les ofrecieran llamitas y alpacas de lana y tejidos con deslumbrantes colores y motivos gráficos de las culturas prehispánicas. Vi a la pareja mirando con cierta desconfianza la magnificencia de las iglesias y conventos levantados sobre los muros incaicos, y a los niños insensibles frente al esplendor de los altares barrocos, aburridos con las explicaciones de un guía que proclamaba su orgullo de pertenecer a una comunidad indígena y ser descendiente de los artesanos que trabajaron la piedra, los metales, las maderas de los pórticos y los interiores de esos espléndidos templos.



Fuera de las iglesias, en los museos y otros espacios profanos, los niños podían pasar el rato pulsando los botones de sus juegos electrónicos, que a ratos emitían sus musiquitas enervanes, mientras el guía mostraba los portentosos tejidos, alfarerías y esculturas de los pueblos andinos, la diversidad de sus culturas y los aportes que los más antiguos fueron traspasando como herencia a los que venían.



El padre y la madre miraban con cierta impaciencia sus relojes. Se les hacía largo el tiempo de contemplación de la pintura cuzqueña, donde en las escenas bíblicas se filtraban los motivos autóctonos: un cuy adobado en los platos de la última cena, botones con forma solar en las túnicas de los apóstoles, atuendos incas en los soldados romanos. Sentían una difusa incomodidad frente a esa perduración de la memoria que estorba el libre flujo de la modernidad. Los confundían y apunaban la densidad y la elevación de esa cultura múltiple, compleja, construida sobre varios estratos sucesivos.



Sus hitos y referencias urbanas se habían esfumado. No encontraban Mac Donalds ni patos Donalds en esa ciudad de calles laberínticas y caserones con balcones salientes de madera.



Al llegar a Macchu Picchu no pudieron dejar de admirar el magnífico entorno de las montañas cubiertas de selva. Por suerte, la ciudad se parecía en algo a esas antiguas urbes donde ocurren algunas de las aventuras del Pato Donald. El guía contó que una grúa mordió un ángulo de la escultura lítica ubicada en un observatorio, mientras se grababa el comercial de una cerveza. Ellos comentaron que les habría gustado estar ahí cuando se hizo la grabación, para sentir un aire de modernidad que rompiera ese incómodo silencio y que aliviara esa insoportable antigüedad.



Los estudios Disney deberían hacer una película ambientada en el mundo de los incas o de las civilizaciones prehispánicas. Necesitamos esa mediación para poder mirar los magníficos vestigios de nuestro pasado, desde la levedad de la cultura moderna. Necesitamos aprender a mirar nuestros mundos a través de las oscuras aguas de la Coca Cola para no sentirnos perdidos cuando, a raíz de accidentes, atentados o guerras se interrumpan los caminos hacia Orlando.

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