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¿Lavinismo en la Concertación?

por 28 septiembre, 2001

En el ardor de la refriega electoral, un candidato y connotado dirigente socialista de la Concertación ha calificado las posiciones de su compañero de lista, destacado dirigente demócratacristiano de la Concertación, de "lavinismo explícito", acusándolo de paso de haberse apartado del núcleo de ideas fundantes de la coalición.



Por de pronto, este tipo de anatema, con su inevitable afirmación de una platónica orthe doxa—opinión correcta— forma parte de un universo discursivo propio de la guerra fría y del choque de ideologías de los años '60 y '70 del siglo pasado. En seguida, la doxa que subrepticiamente así se procura dar por establecida está lejos de constituir una definición compartida de lo que podría ser el cuerpo central de ideas e ideales que sostiene a la Concertación.



¿En qué sentido decimos que esta retórica de las excomuniones o execraciones retrotrae la política al juego de bloques antagónicos de la segunda mitad del siglo XX? Básicamente en el sentido que sólo en ese contexto político-cultural es posible —y se vuelve inteligible— "condenar" a compañeros o adversarios al estatuto de una persona ideológicamente desviada o contaminada.



Siempre, en aquellos tiempos, la forma más extrema de condena o reprobación fue sindicar a un compañero de alianza, partido o lista de ser "como el enemigo"; de haberse pasado a las filas opositoras; de parecerse a lo ajeno o contrario a "nosotros". De este modo, junto con marcar a fuego los límites del in-group (mi tribu) se condena al otro —al supuesto sospechoso, al vacilante, al que se desplazó y se volvió extraño— al destierro ideológico.



Recuérdese en esta vena el tipo de anatemas en boga aquellos días: tránsfuga, desertor o traidor ideológico.



Entonces, sin embargo, todo ese entramado dialéctico se fundaba en la existencia de un verdadero abismo o muralla china que separaba tajantemente a los "grandes relatos" de la historia entre sí: capitalismo versus socialismo, burgués contra proletario, revolucionario o reformista. Entre ambos lados del abismo no había comunicación posible ni, por lo mismo, una intersubjetividad compartida.



Los discursos enunciados eran inconmensurables, lo que quiere decir filosóficamente incompatibles. No permitían un terreno común, por lo que no cabía ningún tránsito ni mediación en el lenguaje.



"Lavinismo" suena precisamente a todo eso. Equivale a decir "te pasaste al otro lado", "te entregaste al otro bando", "no hay ya nada en común donde compartir posiciones". Y, por ende, significa: "ya no eres de nuestra tribu", "te has contaminado", "perteneces al otro costado de la frontera".



¿Puede alguien sintonizar intelectual y emocionalmente con ese lenguaje? ¿Con esas figuras discursivas? ¿Con los supuestos que animan el anatema?



Precisamente ahí, en el nivel de los supuestos, se encuentra el otro aspecto discutible del razonamiento empleado para descalificar al compañero de lista.



¿Acaso es de suyo evidente, verosímil siquiera o incluso probable que a esta altura se pueda hablar de un solo núcleo de ideas fundantes de la Concertación, en el sentido de que existiría una doxa—una creencia compartida y correcta— respecto de la cual aquello que se aparta o discrepa es "desviado" y por ende debe ser condenado con la pena de extrañamiento?



Me parece que sólo en el sentido más general de las cosas se puede hablar de un tal cuerpo común de ideas e ideales en el caso de la Concertación.



Todos compartimos, por ejemplo, un compromiso ético con los derechos humanos y con la democracia; todos tenemos, por lo mismo, un juicio similarmente negativo del Gobierno Militar en dichos aspectos; aspiramos en común a una sociedad con igualdad de oportunidades, más fraterna, con mayor participación; nuestra sensibilidad moral es proclive a la equidad y a un papel activo del Estado en defensa de los más pobres.



No tengo ninguna duda que los dos candidatos -anatemizante y anatemizado— sienten igual adhesión racional y tienen un mismo vínculo emotivo con esos valores genéricos. Ahí está, por tanto, el basamento común de la Concertación.



En cambio, no está en las ideas que cada uno de nosotros, concertacionistas todos, podamos tener sobre el papel de las Isapres, las políticas de fomento tecnológico, el manejo coyuntural de la hacienda pública, la forma de regular o hacer más flexibles los mercados laborales, la conveniencia del actual estatuto docente, la privatización de las empresas sanitarias (o de cualquiera otra), la reglamentación precisa de una ley de divorcio o la organización de la televisión pública.



En todas esas materias no hay una doxa y, por tanto, no puede haber tampoco una condenación de ninguna heterodoxia.



Incluso más: aún en cuestiones fundamentales, del orden de la concepción de las cosas y los principios o valores, no tenemos (no necesitamos) una coherencia como típicamente se requería en los tiempos de la guerra fría y del antagonismo ideológico radical.



Hoy somos todos profetas desarmados; vivimos en un universo político de razón secularizada y tenemos devoción, ante todo, por el pluralismo que nos permite vivir en paz, a pesar de los diferentes ideales que mueven a nuestros corazones.



Podemos discrepar (Ä„y lo hacemos!) sobre materias como el rol de la familia o de los mercados en la sociedad contemporánea, la legalización o no de ciertas drogas, la mejor manera de combatir el terrorismo, la mejor forma de combinar libertad de expresión y privacidad, el fundamento religioso de la trascendencia o los ideales de la modernidad.



En suma, no hay razón alguna para excomulgar ni hay motivos para abandonar el pluralismo entre nosotros, justo ahora que necesitamos defenderlo frente a un mundo hostil.



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