Los malos de la película - El Mostrador

Domingo, 10 de diciembre de 2017 Actualizado a las 20:11

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Los malos de la película

por 9 octubre, 2001

Me parece que una neutralidad reflexiva y crítica de América Latina sería más útil que la sumisa alineación. La neutralidad, por otra parte, siempre ha sido mejor negocio que la alineación con los poderosos.

En 1962 la amenaza de guerra sí que fue en serio. Entonces pudo producirse el holocausto nuclear y la destrucción total del planeta. Fidel Castro había puesto misiles rusos en la garganta de Estados Unidos: con eso pasó a convertirse en la bestia negra que amenazaba a la civilización occidental. Antes ya se había convertido en el malo, al descolgarse del área de influencia norteamericana.



En julio de 1961, el historiador inglés Hugh Thomas estaba en la Plaza de la Revolución, en una concentración que, a pesar de los tonos sombríos del discurso de Castro y de sus violentos ataques contra Kennedy, más parecía una fiesta al aire libre. Cuando luego de cuatro horas de hablar la voz de Fidel empezó a notarse un tanto cansada, el orador dejó que uno de sus comentarios irónicos fuera ahogado por los gritos y luego por los cantos del himno nacional cubano y luego de La Internacional.



"En el sector de la multitud donde estaba yo", comenta Thomas, "un grupo de cubanos empezó a cantar y bailar la Internacional a ritmo de cha cha chá. Una negra enorme cantaba en el centro la canción propiamente dicha, y los que la rodeaban coreaban los estribillos entre risas".



Luego Castro cometió pecados tal vez peores que el de instalar misiles en territorio cubano, como intentar exportar la revolución o propiciar la una identidad cultural continental a través de instituciones como la Casa de las Américas.



Sólo por su condición de malo, sin concursos ni sorteos, Fidel Castro se ganó una condena de la OEA, el aislamiento diplomático y el bloqueo comercial que hasta ahora está vigente, y que afecta a una población que no tiene otra culpa que la de haber bailado la Internacional al ritmo del mambo.



Hoy, Fidel Castro parece estar jubilado como malo de la película. Fue reemplazado por otros villanos sucesivos: Manuel Antonio Noriega, y luego Muammar Ghadafi, de Libia. A continuación vino el turno del recordado ayatollah Jomeini, quien después de un tiempo de ejercer como el peor de los hombres, el oscuro fanático antimoderno y enemigo del occidente luminoso, cedió su lugar a Saddam Hussein, quien por su intrínseca maldad también se ganó un bloqueo y una sarta de bombardeos punitivos que no han hecho mella sobre él, pero sí ha ocasionado el padecimiento de la población civil iraquí.



Ahora el malo de la película pasó a ser Osama Bin Laden, y las víctimas propiciatorias de su maldad, los habitantes de Afganistán.



Es notable este afán del imperio americano por vestir como los malos de sus comics y seriales -como Lex Luthor o Ralph Rotten- a diversos jefes de Estado o líderes políticos y religiosos. La utilidad de estas operaciones de reducción a la caricatura reside tal vez en justificar un tipo de castigo tan contundente como elemental y que hasta ahora ha resultado ineficaz, pues si bien neutraliza temporalmente al malo de turno, no puede impedir que surja otro villano invitado a reemplazarlo.



De lo que se trata es de crear monigotes para poder dispararles. Es más fácil, desde luego, jugar al tiro al blanco contra estos esterotipos de maldad, que examinar la complejidad real del mundo y tratar de determinar por qué se levantan una y otra vez, como monos porfiados, estos perversos polimorfos antioccidentales, y por qué hay gente, a veces multitudes, que los ayudan y que los siguen.



Mucho más complicado aún sería tratar de crear un orden mundial más justo y tolerante con la diversidad cultural, en el que el que no haya pueblos humillados ni parias, mundo en el cual el terrorismo perdería su arraigo y su sentido.



Me acuerdo de un poema colegial en el que doña Paula Jaraquemada les decía a los españoles que llegaban a allanarle la casa y que amenazaban con fusilarla: "Ä„Las balas no son razones, oh valiente capitán!" Del mismo modo, el bombardeo no es una respuesta, es más bien la aceptación de una carencia de respuesta eficaz.



En este panorama, me parece que una neutralidad reflexiva y crítica de América Latina sería más útil que la sumisa alineación. La neutralidad, por otra parte, siempre ha sido mejor negocio que la alineación con los poderosos. Recordemos que durante la Segunda Guerra Mundial Chile vendió su cobre a precio de ganga a los aliados, medida que aprobaron en el Congreso Nacional incluso los comunistas porque la URSS era parte de la Alianza. Argentina, en cambio, se enriqueció vendiendo sus cereales a precio de mercado.



¿Cuántas escuelas y hospitales dejamos de construir por subvencionar una guerra de las grandes potencias? Fuimos más papistas que el Papa. Ä„Si hasta le declaramos la guerra a Japón! Por supuesto que el Emperador no tuvo la cortesía de rendirse ante Chile, así que mucho tiempo después del armisticio seguíamos en estado de guerra con los japoneses.



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