Censura de tiempos de guerra - El Mostrador

Sábado, 16 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:59

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Censura de tiempos de guerra

por 11 octubre, 2001

Es necesario que la comunidad internacional construya espacios de tolerancia, de respeto a la diferencia cultural, separando con claridad a quienes creen en diferentes opciones religiosas de quienes hacen de ese credo banderas fundamentalistas que buscan exterminar al que piensa distinto.

Después del martes 11 de 2001 la verdad comienza a sucumbir. La censura de tiempos de guerra se va imponiendo.

Ya no se dice que el avión de Pittsburg fue interceptado y posiblemente derribado por la Fuerza Aérea. Ahora se sustenta la tesis de una rebelión heroica de pasajeros o el piloto que habrían impedido que el avión impactara en la Casa Blanca.

Ya no se calcula frente a las cámaras que las víctimas podrían llegar a 20 mil. Que en las torres gemelas trabajaban más de 40 mil personas y que el descenso por las escaleras tomaba unos 30 minutos y que hubo escaso tiempo para reaccionar y evacuar.

En el inconsciente colectivo el terror observado esa mañana del martes 11 no puede ser atenuado por la sociedad mediática, y aunque se vete o censure información, ya no es posible que se quiera disimular los alcances profundos de este exitoso ataque terrorista a la aldea global, que evidenció el riesgo inminente de grupos fanáticos, diseminados por el orbe, que usan toda la plataforma tecnológica para asestar sus golpes allí donde más víctimas y mayor impacto pueden causar.



Quiero quedarme con la reflexión que el filósofo francés Edgar Morin hizo sobre la modernidad. Él señaló que el mundo enfrenta dos tendencias: federalismo o feudalismo. La opción federativa significa construir un sistema interdependiente. El feudalismo significa el regreso al mundo medieval y se expresa en las tendencias desgastantes de los nuevos nacionalismos, peligrosas corrientes xenofóbicas y los fundamentalismos religiosos.



En ese escenario, es necesario que la comunidad internacional construya espacios de tolerancia, de respeto a la diferencia cultural, separando con claridad a quienes creen en diferentes opciones religiosas de quienes hacen de ese credo banderas fundamentalistas que buscan exterminar al que piensa distinto.

Dónde está el enemigo

Afganistán es un país montañoso, de 25 millones de habitantes, de religión islámica, gobernado por los talibán, que practican el más exacerbado fanatismo fundamentalista. Persiguieron a los ajedrecistas, sometieron a las mujeres a la máxima opresión y marginación.



Allí la mujer que quiere estudiar o simplemente descubrir su cuerpo es sometida a lapidación. Es un país con pocas industrias que mantiene una economía de autosubsistencia. Es un pueblo oprimido que acepta esa dictadura religiosa afincado en la fe del Islam.



La acción bélica contra Afganistán se justificaría por la protección que ese régimen daría al principal sospechoso de organizar los atentados, Osama Bin Laden. Afganistán es país pobre, marginal, un Estado cuyo gobierno tan sólo ha sido reconocido por Pakistán.



Cuando los talibán tomaron el poder lo hicieron en alianza con los paquistaníes, sus vecinos. Lucharon una guerra sucia exitosa en contra de la Unión Soviética, que debió asumir su derrota. En ese período, y como era clásico, fueron apoyados por Estados Unidos. Osama Bin Laden fue un combatiente heroico en esa guerra en contra de los rusos.



Bin Laden adquirió conocimiento prolijo en materia de seguridad y acciones guerrilleras de la propia Central de Inteligencia estadounidense, la CIA. Gozó de visa en Estados Unidos. Organizó grupos altamente calificados para enfrentar al invasor, pero toda esa energía la orientó en contra de Estados Unidos, país que estigmatiza como el demonio.



Se dice que dirige una red de incondicionales y entrenados cuadros diseminados por el mundo occidental. Que participó o dirigió atentados a embajadas de Estados Unidos. Afganistán le dio refugio, pero este potentado personaje, con una fortuna heredada, tiene capacidad para organizar su propio ejército personal, sus propias bases y quizá ya no esté donde se dice, sino en cualquier suburbio o penthouse de cualquier capital del mundo.

Pakistán ha sido presionado por los países occidentales para servir de soporte y cabecera de playa para el despliegue de las acciones militares americanas. Pero, una cosa es lo que autorice el gobierno de Pakistán y otra muy diferente lo que sienta su población, también islámica, que seguramente verá a los norteamericanos como soldados del demonio.

Mesura es el juego



Estados Unidos se enfrenta en Asia a relieves inhóspitos, áridos y montañosos, pero más que nada está arriesgando sus tropas en el corazón milenario del mundo islámico, en donde la justificada represalia en contra de un grupo terrorista podría fácilmente saltar a una escalada de guerra santa, en donde las alianzas pueden romperse y derivar en alineamientos diferentes.



Recordemos que Irak e Irán están próximos a Afganistán, que en Medio Oriente está el atesorado petróleo y es difícil que los gobiernos árabes resistan manifestaciones masivas antinorteamericanas que surjan de su población; que en estos momentos Estados Unidos ha sido víctima del terror, pero que puede fácilmente convertirse en victimario a los ojos del mundo, sobre todo porque la diferenciación entre enemigo y civiles será muy difícil de detectar, que se corren los mismo riesgos de guerra sucia y de exterminio de civiles que se dio en Vietnam.



Se debe considerar, además, que en una invasión de esta envergadura, la retaguardia en medio de pueblos que odian y que creen que morir por su credo es liberación, representa un factor de debilidad.



Una invasión puede legitimar al régimen talibán y dejar como traidores al Islam a todos quienes presten ayuda al enemigo religioso. Es un cuadro sumamente complejo en donde lo razonable es la mesura, la prudencia, la generación de un golpe de fuerza preciso, que elimine focalizadamente a ese enemigo y su red, pero que no extienda el daño a inocentes.



Con el dolor encima, con la rabia frente a la masacre sufrida, se corre riesgos de actuar bajo presión de manera voluntariosa. Es preciso para Estados Unidos tomar decisiones en consulta con sus aliados, aunar criterios, aplicar la represalia con inteligencia antes que con fuerza. ¿Hasta donde se puede cazar un zancudo con una bazooka?



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