Matar a los niños - El Mostrador

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Matar a los niños

por 30 octubre, 2001

Mientras en Occidente los adultos infantilizados juegan a armar bombarderos y lanzamisiles, los noticieros insisten en otra de sus imágenes recurrentes del Medio Oriente: los niños armados. Con eso se quiere mostrar la maldad de esas sociedades que pervierten y fanatizan a los niños desde su más tierna infancia.

Uno de los efectos perversos de la espectacularización de la guerra es el desplazamiento de los reparos éticos por el éxtasis tecnológico. Las imágenes que diseminan los medios de comunicación crean una retórica nada inocente, que pretende enfatizar las polaridades: Occidente civilizado, Oriente bárbaro. Por un lado vemos terroristas fanáticos, con turbantes y arcaicas armas de fuego. Por otra a Bush con el pelo corto, terno y corbata. Casi podemos oler su loción after shave.



Los terroristas del Islam llevan barbas, las mismas que tenían los guerrilleros de América Latina, las mismas barbas de los hippies. El pelo abundante es un desafío al poder de Estados Unidos. Cabelleras largas llevaban también los pieles rojas que le dieron una soberana paliza a Custer, del séptimo regimiento de caballería.



Hemos visto hasta la saciedad a Bin Laden arrodillándose para apuntar y disparar una ametralladora. Se pretende presentar como obscena esta cercanía de los líderes del islam con las armas. En su momento también se hizo escándalo de las fotos del Presidente Allende apuntando una metralleta, aunque sus opositores dispusieron de tanques.



La obscenidad del hombre que aprieta el gatillo reside en que mata a la víctima tangible que tiene al frente. La alta tecnología militar, en cambio, actúa guiada por señales que envían sensores satelitales. Producen un aséptico telegenocidio.



Bush no porta armas, no se ensucia las manos. Los guardaespaldas armados que lo rodean son invisibles. Bush es un cow boy descowboysado. No lleva al cinto el Smith & Wesson ni monta a caballo. No manipula los misiles ni las bombas que deja caer sobre las ciudades de Afganistán. Transfirió el salvajismo del pionero de la conquista del oeste a la alta tecnología, que muchos se quedan mirando con la boca abierta.



La fascinación por los bombarderos, por los aviones invisibles y por el alcance de los misiles no deja ver los efectos que todos esos artefactos tienen sobre sus víctimas. Las armas cautivan por su poder y por sus formas: se publican libros que las ilustran, catálogos que las describen con lujo de detalles, hay negocios especializados que venden maquetas a diferentes escalas, y coleccionistas que las compran, las arman y las pintan para luego exhibirlas en exposiciones de modelismo militar, donde parecen juguetes inocentes producto de un hobby sano.



Toda la tecnología de la muerte queda así sanitizada, reducida a entretención y esparcimiento. Pero cada una de esas miniaturas tiene un modelo original que arrastra una carga de muertos. Esa es la cifra invisible e irreproducible en los modelos de plástico.



Mientras en Occidente los adultos infantilizados juegan a armar bombarderos y lanzamisiles, los noticieros insisten en otra de sus imágenes recurrentes del Medio Oriente: los niños armados. Con eso se quiere mostrar la maldad de esas sociedades que pervierten y fanatizan a los niños desde su más tierna infancia. O tal vez se pretende justificar las otras imágenes, las de los niños muertos y heridos en los bombardeos con esos mismos artefactos que maquetean con fruición los adictos al plastimodelismo.



¿Es ése el terrible mensaje que quieren transmitirnos? Que en Afganistán los niños son parte de las legiones del terrorismo, y que por lo tanto están expuestos a morir en la guerra.



Lo que parece quedar claro es que ésta es una guerra sucia, porque por ambos lados ha habido víctimas inocentes, y que el hecho de no llevar una carabina al hombro ni un revólver al cinto no le da ventaja ética a Bush sobre sus incivilizados adversarios. Porque al atacar blancos civiles ha demostrado que no tiene ninguna superioridad moral respecto de Bin Laden.



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