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La responsabilidad de ver

por 26 noviembre, 2001

Ä„Qué va a ser del mundo con tanta religión! A los talibanes les reprochan su fanatismo religioso, pero no puedo menos que estremecerme cada vez que Bush dice que Dios está con los norteamericanos y que el Bien es propiedad de Occidente, o que está de su lado en esta causa "antiterrorista".

La guerra tiene la fascinación de la muerte. De saber que allí hay tipos que están muriendo de verdad y que no vacilan en descerrajarle un tiro entre los ojos a otro que lo está mirando fijo, pidiéndole clemencia y tal vez hablándole de sus hijos.



La guerra siempre es total, y por eso son mentiras los slogans de "bombardeos quirúrgicos" y los conceptos que han inventado los estadounidenses para vender su concepto de guerra limpia, que consiste en que muera la menor cantidad de norteamericanos y que el resto se las arregle como pueda.



Más allá del debate sobre las frases publicitarias, a los gringos no hay que reprocharles nada: la guerra es así, ellos lo saben y la han practicado. La guerra es matar, destripar seres humanos, y por eso no se miden en el número de bombas que lanzan ni se preocupan por esa imagen desoladora -en cuanto a lo que podría significar como reflexión en torno a la condición humana- de esos superbombarderos inexpugnables e inalcanzables atacando casas de adobe y milicianos envueltos en trapos, con armas ridículas comparadas con los aviones, que mueren por su fe.



Ä„Qué va a ser del mundo con tanta religión! A los talibanes les reprochan su fanatismo religioso, pero no puedo menos que estremecerme cada vez que Bush dice que Dios está con los norteamericanos y que el Bien es propiedad de Occidente, o que está de su lado en esta causa "antiterrorista".



En ese plano, los talibanes han demostrado una integridad digna de respeto. Dijeron que estaban dispuestos a morir por sus creencias religiosas -y por lo que han creído justo y bueno- y lo están haciendo. ¿Moriría Bush por su Dios?



Estas, claro, son disquisiciones bastante más fáciles de parlotear para quienes se reconfortan con la improbada idea de la vida después de la vida. Con semejante mito en la cabeza debe ser mucho más tolerable ver el despanzurramiento de combatientes, y también de mujeres, niños y ancianos. Sobre todo de niños... ¿No dicen acaso que se convierten ipso facto en ángeles?



Será por lo de Afganistán que me he embarcado en la lectura del libro Despachos de guerra, de Michael Herr, seguramente el más grande corresponsal estadounidense en Vietnam. Marqué, hace un par de días, este párrafo:



"Yo fui allí con la ingenua pero honrada creencia de que uno debe ser capaz de mirar cualquier cosa, honrada porque la asumí y pasé por ella, ingenua porque no sabía, tenía que enseñármelo la guerra, que eres tan responsable por todo lo que vieses como por todo lo que hicieras. Lo malo es que no siempre sabías lo que estabas viendo hasta después, quizás años después".



No supe, en ese momento de la lectura, por qué había marcado esa parte del texto. Era de noche, bien tarde, y las ideas allí expresadas me quedaron bordoneando en la cabeza.



El tema, claro, es el de la responsabilidad del testigo. Y todos somos hoy testigos, de una u otra forma. Con la idea de la globalización, con la superabundancia -en teoría- de información, deberíamos sentirnos cada vez más testigos de los acontecimientos de nuestro mundo. ¿Por qué, entonces, nos sentimos cada vez menos responsables? ¿Acaso es esa la verdadera perversidad de nuestra época?



Disponemos de la información, pero no nos hacemos responsables, porque en verdad ¿a qué nos llevaría? ¿Acaso podemos?



Hoy, por ejemplo, ya se habla de ejecuciones sumarias de integrantes de la milicia talibán en manos de la Alianza del Norte. La ONU se declaró incapaz de acoger la petición de los fundamentalistas islámicos en Kunduz, que suplicaban rendirse ante las Naciones Unidas para evitar ser masacrados. Pregunta inmediata: ¿si la ONU no es capaz de eso, de qué sirve?



Hay que recordar los discursos con que esta guerra se lanzó. Me temo que todas las guerras comienzan con discursos similares, en cuanto a que sus contenidos poco tienen que ver con su ejecución. Los derechos humanos, el respeto por los oprimidos, la tolerancia, la autodeterminación de las naciones...



No. La guerra es la guerra. Ya verá la Alianza del Norte, después de pasar a cuchillo a una buena parte de sus enemigos -tal como éstos, antes, seguramente lo hicieron con ellos-, qué discurso construye para apisonar las fosas comunes. De eso también seremos testigos. Pero, como dice Herr, de todo esto quizás de verdad nos enteremos en muchos años más.



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