El garrote neoliberal - El Mostrador

Jueves, 14 de diciembre de 2017 Actualizado a las 10:20

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El garrote neoliberal

por 3 diciembre, 2001

Cuando el neoliberalismo saca las garras, no tiene asco alguno en parecerse a Stalin. Uno se pregunta, entonces, si será una cuestión de ideología o pura y simplemente de poder. Es decir, independientemente de quien tenga la sartén por el mango -guardando los necesarios matices, por cierto- es muy probable que en caso de apuro termine dándote con ella en la cabeza. Valgan dos ejemplos:
1 Veo en la CNN el discurso del ministro de economía trasandino, Domingo Cavallo, explicando a los argentinos por qué no podrán sacar de sus cuentas corrientes o de ahorro más de 250 dólares por semana en billetes. Son explicaciones para el argentino común, porque los peces gordos nunca van a tener ese problema.



Cavallo, hay que decirlo, habla de corrido, usa sus manos para respaldar gestualmente sus dichos, pero lo traiciona la mirada. Si uno hace el ejercicio de concentrarse en sus ojos, que uno ubica allá al fondo, chiquitos en medio de esa cabeza calva, siente una especie de frío que recorre la espalda.



No es que necesariamente uno se pregunte cuántas veces 250 pesos-dólares lleva Cavallo en su bolsillo en el exacto instante en que está explicándole a los argentinos que no podrán disponer más que de esa suma a la semana. Cuando dice que esta medida está inserta en "la lucha contra los enemigos de la Argentina", uno se pregunta dónde están los verdaderos enemigos y quiénes son. ¿Alfonsín, con el despelote que armó, fue enemigo? ¿Y Menem, con su corruptela y campo libre para las mafias, qué fue?



¿Y el propio Cavallo? Los ojos del ministro no dicen que él fue enemigo, pero si uno se fija en su mirada, ésta es a lo menos la de un no amigo.



En resumen, el Estado se hace un poco dueño de la plata de los ciudadanos en un modelo donde se pregona que Estado debe ser lo más pequeño posible, y sobre todo no puede meterse en las finanzas de las personas (ojalá ni cobrándoles impuestos).



2 La lucha contra el terrorismo en Estados Unidos está llevando las cosas un poco lejos. En el país de las libertades -y lo escribo sin asomo de ironía- hay sujetos que plantean la posibilidad de legalizar ciertos apremios ilegítimos para lograr que hablen algunas personas sospechosas de estar vinculadas a los atentados del 11 de septiembre.



Lo peor es que la administración de George Bush pretende que se apruebe una serie de leyes en virtud de las cuales los extranjeros que sean calificados como sospechosos de terrorismo serán juzgados de inmediato por tribunales militares especiales, en los cuales las garantías del individuo serán, por decirlo suavemente, modestas.



El tema, por cierto, ha generado debate, pero buena parte de la población norteamericana está de acuerdo en eso de renunciar a ciertos derechos y libertades en pos de una pretendida seguridad -derechos y libertades que siempre se supone son de otros, mientras que la seguridad es la propia.



Algunos parlamentarios demócratas que se oponen a la idea han señalado que la iniciativa podría llevar al desarrollo de juicios secretos que culminaran con ejecuciones secretas.



De nuevo el recurso es dotar al Estado de poderes discrecionales, justo en el corazón mismo del sistema que discursea con la idea del Estado mínimo.



Es innegable que el Estado es y ha sido siempre fuente de abusos y prebendas. La dictadura del proletariado, que fue una dictadura del aparato del Estado, es el símbolo de ello. Pero hay que sospechar de quienes dicen querer un Estado chico, minúsculo, imperceptible. Lo quieren enano en todo cuanto a ellos les podría significar la pérdida de privilegios, pero de seguro les gustaría enorme y omnipotente si fuera un instrumento propio para darle el sartenazo al que se les cruce en el camino.



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