Entre chivos expiatorios y mesías redentores - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 11:45

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Entre chivos expiatorios y mesías redentores

por 11 diciembre, 2001

El Presidente de una república sin ciudadanía, de un estado nación donde el Estado se encoge hasta casi desaparecer y la nación se diluye en la globalización, no tiene mucha capacidad de maniobra. A lo único que puede dedicarse es a recibir los aplausos, cuando la situación es buena, o asumir las maldiciones y las culpas cuando es mala.

Es raro que la derecha neoliberal por un lado condene el hábito de esperarlo todo del Estado, y por otro incurra en la anacrónica práctica de atribuirle todas las culpas al gobierno: el desempleo, la delincuencia, la drogadicción y cuanta calamidad nos aflige. Eso podía ser válido en aquellos dichosos tiempos en que el Estado era el principal empleador y el motor más importante de una economía cerrada, enclaustrada y protegida.



Todos sabemos que para bien o para mal la situación ha cambiado. Hoy la apertura a la globalización -que tanto se celebra- nos hace tremendamente dependientes de factores que están muy lejos del control de este pobre gobierno, que además administra un Estado raquítico al que si se le restan los gastos fijos de las pensiones y pagos a la fuerzas armadas, no alcanza a manejar la octava parte del dinero que se mueve en la economía nacional, y que además tiene en contra a los poderes empresariales, militares y clericales.



Lo peor es que el mismo gobierno cae en esta ficción: hace como si realmente tuviera la capacidad de revertir la crisis, creando empleos temporales y no productivos. ¿No haría mucho mejor en aceptar el hecho que la única función significativa de estos gobiernos sin poder y casi sin Estado es la de ser el chivo expiatorio de las calamidades que afligen al país?



El Presidente de una república sin ciudadanía, de un estado nación donde el Estado se encoge hasta casi desaparecer y la nación se diluye en la globalización, no tiene mucha capacidad de maniobra. A lo único que puede dedicarse es a recibir los aplausos, cuando la situación es buena, o asumir las maldiciones y las culpas cuando es mala. Pero no es mucho lo que puede hacer por mejorar o empeorar una situación que depende del caprichoso comportamiento de mercados distantes que determinan el precio del cobre o el petróleo.



Tampoco puede remediar problemas como el de la droga, que es parte de la dinámica de la sociedad de consumo que está canonizada.



A Aylwin y Frei les tocaron situaciones de bonanza. A Lagos, en cambio le ha llovido sobre mojado, y tiene que cumplir con su trabajo que es recibir los abucheos y las pifias.



En este panorama, en tiempos de vacas flacas, siempre es necesario tener también una esperanza, un mesías que prometa arreglarlo todo y traer de vuelta a las vacas gordas. Ese es Lavín. Su pega es la del redentor, que promete revertir la crisis existente. Curiosamente, en la vieja y verdadera República, la anterior a 1973, la izquierda había asumido ese papel transformador y redentor que ahora le ha expropiado la derecha.



Así las cosas, no tenemos más que esperar a que Lavín sea Presidente. En poco tiempo las expectativas de cambio de un sistema agotado también se gastarán, a Lavín se le borrará la sonrisa y habrá que buscarse a otro redentor.



Por ahora, la derecha lavinista puede darse el lujo de estar en la barricada, de criticar el mal gobierno, de acusarlo de crear cesantía. Es raro que en tiempos de Pinochet, cuando la cesantía alcanzó la cifra récord de 30 por ciento, esa misma derecha no haya sacado la voz para denunciar este flagelo que, como dice Lavín en la franja de propaganda electoral, tiene un impacto tan fuerte sobre el individuo y la familia. Es que en ese tiempo estaban en el gobierno, no en el papel de redentores.



Ese intercambio de papeles, de mesías y apóstoles que critican y condenan con voces admonitorias a los chivos expiatorios para luego convertirse en culpables de todos los males cuando llegan al poder, es lo que nos proponen los comicios parlamentarios. Por eso decidí anular mi voto, anotando en la papeleta unas cuantas obscenidades dedicadas a unos y otros, que no puedo reproducir aquí.



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