La gran revelación - El Mostrador

Domingo, 17 de diciembre de 2017 Actualizado a las 04:10

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La gran revelación

por 18 diciembre, 2001

En estas elecciones, en los que todos tuvimos la ilusión de poder elegir en una especie de supermercado que nos ofrecía una variedad amplia de ofertas políticas, fuimos vilmente engañados. La verdad es que hubo un solo candidato...

Un amigo iniciado en la sabiduría esotérica, me hizo una revelación que sólo puedo dar a conocer ahora, una vez que ha concluido el proceso electoral: En estas elecciones, en los que todos tuvimos la ilusión de poder elegir en una especie de supermercado que nos ofrecía una variedad amplia de ofertas políticas, fuimos vilmente engañados. La verdad es que hubo un solo candidato, una especie de travesti que se ponía máscaras de hombre, de mujer, de viejo, de joven, de arcaico radical rapero, de límpido y eficaz efebo de la UDI, de almirante en retiro, democristiano encorbatado y mediopelo, de aguerrido socialista y de rugiente pepedé.



Este candidato único posaba de oficinista, de minero, de huaso colchagüino y pescador chilote. Sus disfraces múltiples llegaron a convencernos de que había muchos candidatos entre los cuales elegir. Pero sus gestos y sus discursos lo delataron. Siempre hacía lo mismo: aparecía abrazando gente, acariciando guaguas, dando viriles apretones de mano a los trabajadores. Ejecutaba una especie de coreografía destinada a comunicar que era un tipo comprometido con la gente, identificado con el pueblo.



También decía siempre lo mismo: que ya estaba bueno de hacer esperar a los pobres, que había que atender los problemas urgentes de las personas de una vez por todas, que iba a jugárselas por nosotros, que su compromiso era dar más trabajo, más salud, mejor educación y menos delincuencia.



Este megacandidato fue demasiado reiterativo. Mostró la hilacha en la pobreza de su discurso. Pero pocos pudieron darse cuenta de eso. Engañó hasta Lavín. El alcalde de Santiago y prematuro candidato a presidente de la República, está convencido de que se fotografió con muchos aspirantes a convertirse en parlamentarios suyos. Pero fue sólo uno, indivisible e idéntico a sí mismo, aunque capaz de adoptar las más diversas apariencias, y presentarse con distintos nombres.



Este candidato único y múltiple al principio decía lo que la gente quería oír, pero luego invirtió el proceso y hacía que la gente repitiera lo que él decía. Así, vimos en la famosa franja al candidato pronunciando su slogan y luego a sus supuestos partidarios repitiéndolo. Que la unidad, que el cambio, que el trabajo. Fue una gran lección sobre cómo hacer una política enclaustrada en sus propias formalidades y retóricas.



El resultado de la elección no podía ser otro: elegimos a un solo candidato, que siguió representando la comedia de que eran muchos y diversos. Pero en las entrevistas que le hicieron por la tele, siempre dijo lo mismo: que agradecía la confianza de sus electores, que la votación obtenida más que un premio era una gran responsabilidad, que ahora había que ponerse a trabajar para derrotar a la pobreza, a la cesantía, mirar hacia el futuro, etc, etc.



Alguien tiene que enseñarle a este candidato único, ahora parlamentario único, a diversificar y a enriquecer su discurso, de otro modo tarde o temprano se va a desvanecer la ilusión de que en el Congreso hay una amplia representación de la ciudadanía.



Me fue revelado otro secreto, pero éste sí que no se lo cuenten a nadie. Mientras los RN gritaban Ä„Levantemos Chile! en la franja electoral, y pujaban tirando de unas cuerdas para parar las monumentales letras con el nombre de nuestro país, se metieron unos udis a ayudarlos y pusieron tanta energía en la tarea, que las letras se vinieron hacia delante y se desplomaron estrepitosamente, poniendo en fuga a todos los esforzados militantes que jalaban las piolas.



Se destruyó así una metáfora que es parte de la retórica electorera: Chile está caído y hay que levantarlo, está sucio y se ofrecen para limpiarlo, está destruido y nunca faltan los candidatos a reconstruirlo. Está como está y hay que cambiarlo.



Una última revelación: Me contaron de buena fuente que a los jóvenes no les interesa inscribirse, ni votar ni avivarle la cueca al candidato único. Si es así, en unos años más, veremos las mesas constituidas por vocales senescentes, doblando las cédulas con pulso tembloroso, atendiendo a raleadas filas de votantes de la tercera y de la cuarta edad que van a olvidarse de lo que fueron a hacer, y que cuando entren en la cámara secreta van a creer que están en el baño.



Las elecciones van a terminar por convertirse en un rito de nostálgicos, en una de las pocas ocasiones en que los viejos saldrán de sus casas. Van a votar en un acto reflejo, sin ninguna esperanza de que se cumplan las promesas de arreglarles las jubilaciones que les habrá reiterado el candidato.



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