¿Victoria pírrica? - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 20:11

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¿Victoria pírrica?

por 20 diciembre, 2001

Las elecciones presidenciales no están, por tanto, ganadas irremediablemente por la derecha, pues la Concertación demostró en un periodo crítico una fuerte capacidad de impedir una erosión aluvional de la votación. Todo dependerá, por tanto, de la actuación de ese conglomerado en estos cuatro años decisivos. Para ello debe tener en consideración la alta votación de las fuerzas rebeldes que actúan dentro del sistema político (votos blancos y nulos más la votación comunista y humanista).

Un analista ingenioso afirmó que en estas elecciones los votos se iban a interpretar más que a contar. En verdad en todas las elecciones ocurre lo mismo.



No solo sucede en ellas. En cualquier acción o interacción social los sujetos interpretan lo que llamamos realidad. Una cualidad de lo real social es que pese a la difundida creencia de que tiene un núcleo de sustantividad, habitualmente se otorgan a los hechos significados distintos y a veces opuestos. Por algo existen diferentes ideologías, varios sistemas de pensamiento científico, múltiples matrices de sentido común e imaginarios sociales.



Andamos por la vida interpretando: por lo tanto, no tiene ninguna novedad que en las elecciones estas prácticas alcancen un especial barroquismo. La razón es que en este caso las interpretaciones producen efectos de verdad sobre lo político.



A todos (tal vez por prudencia convendría decir a la mayor parte) de los que lucharon contra el dispositivo despótico les duele y a muchos les escandaliza que en una competencia electoral los padres e hijos de la dictadura alcancen un 44 por ciento. Ello porque para muchos, quizás por lo que Brunner llama una "tradición" que crea sentidos y emociones comunes, la masiva violación de los derechos humanos en Chile constituye el quiebre ético fundamental de nuestra historia contemporánea.



Por tanto, en las botellas de champagne con que celebraron sus resultados electorales quienes administraron y se formaron en la admiración de un régimen antidemocrático, vemos las botellas de champagne del 11 de septiembre de 1973.



Mi mirada resulta de la paradoja del pesimista. Como esperé lo peor, veo lo ocurrido con ojos tranquilos. Vislumbro en los resultados de la elección, además, los indicios de una victoria pírrica, es decir, una elección donde el ganador de la batalla celebra su futura desgracia, la pérdida probable de la guerra. Nuestra historia política conoce de triunfos cargados de efectos simbólicos que se han transformado con el tiempo en derrotas.



Uno de los más importantes fue la victoria aplastante de la Democracia Cristiana en las elecciones de 1964. La mala administración de ese triunfo llevo a ese partido a perder la crucial elección de 1970.



La UDI se convirtió en el primer partido del país y llevo a la Alianza por Chile a ponerse al nivel de la votación de Pinochet en el plebiscito del '88, acortando distancias con la Concertación, por una combinación de dos factores: una estrategia exitosa en la lucha de la memoria y un cínico clientelismo.



La lucha por la memoria ha sido ganada hasta ahora por la UDI y la Alianza por Chile. Han conseguido transformar la muerte simbólica de Pinochet defenestrado de su trono en su congelamiento político y en su naturalización. Hoy día parece como si Pinochet hubiera sido una cuestión del destino, semejante a una avalancha o un terremoto.



Nadie se hace responsable de los muertos y torturados: parecieran víctimas del fragor de la naturaleza. Los que las negaron o las alabaron casi no recuerdan haberlo hecho. La excepción más notable del ultimo tiempo ha corrido por cuenta del entrenador Pellegrini, quien identificó a los desaparecidos como presuntos. Se entiende, él vive en Almagro.



Las operaciones amnésicas que ha propiciado la derecha con la responsabilidad de una parte importante de la Concertación han sembrado el olvido y permitido que Lavín desarrolle sin obstáculos su mensaje cosista, que se preocupa de los efectos y no toca las causas.



El triunfo de esas estrategias ha transformado incluso mencionar el tema en un acto pasional, melodramático y de mal gusto, que se soporta casi con asco. Esa mención turba el acuerdo sobre los grandes fines que los dos bloques comparten. Trae el recuerdo de sus orígenes oscuros, que se prefieren olvidar porque pondrían en peligro la globalización, la libertad de comercio y otros aparentes logros civilizadores por los que casi todos claman.



Para conseguir apoderarse de los cambios, la derecha necesitó romper el lazo que en la memoria los unía a Pinochet, de modo que los cambios permanecieran como están hoy, como significados flotantes y vagos. El recuerdo de la (contra) revolución capitalista desnudaría la naturaleza de los cambios. Ella mercantilizó todo, desreguló, privatizó. Pero la Concertación no puede recordar eso, porque hace lo mismo en democracia.



La falta por parte del gobierno de Lagos de una agenda progresista le ha impedido sortear con éxito la lucha contra estas estrategias de la simulación y de la amnesia.



El otro factor de éxito de la derecha fue el clientelismo en gran escala. Si bien este recurso también fue usado en algunos lugares por la Concertación, la derecha lo utilizo con descaro: pagó cuentas de luz, agua, teléfonos, regaló anteojos. La UDI ha transformado el sentido del trabajo de base. No organiza a los oprimidos, por supuesto. Los asiste en sus necesidades inmediatas, como el viejo patrón de hacienda. Está ahí para proteger el intercambio voto por servicio.



Pero si la derecha, comandada por su ala seudopopulista, logró ganar algunos puntos electorales, no tuvo éxito en ninguno de los dos objetivos principales:



1 No sacó más votos que la Concertación.



2 No logró la mayoría en la Cámara de Diputados ni en el Senado.



Las elecciones presidenciales no están, por tanto, ganadas irremediablemente por la derecha, pues la Concertación demostró en un periodo crítico una fuerte capacidad de impedir una erosión aluvional de la votación. Todo dependerá, por tanto, de la actuación de ese conglomerado en estos cuatro años decisivos.



Para ello debe tener en consideración la alta votación de las fuerzas rebeldes que actúan dentro del sistema político (votos blancos y nulos más la votación comunista y humanista). Si bien ella fue menor, seguirá siendo decisiva en el desenlace de la próxima elección, en el supuesto que el escenario de ese momento sea semejante al actual.



Por ello, las orientaciones de los liberales sociales que incitan a tomar más en consideración al empresariado (sic) o, de una manera más brutal, "a desprivatizar, desregular y atraer al capital extranjero" son un poco apresuradas. Esos consejos son más ideológicos que realistas.



Hay que agregar las heridas provocadas por el trato prepotente y algunos casos matonesco de la UDI contra Renovación Nacional. Las heridas del amor propio político hay que tratarlas con una delicadeza que la UDI no ha demostrado, especialmente cuando la fuerza maltratada es fundamental para el proyecto presidencial. Esta no puede imponer su propia opción, pero sí hacer fracasar la de Lavín en el marco de una lucha muy ajustada.



En su fuero interno, Lavín debería estar pensando Ä„maldita segunda vuelta! El podría en el futuro ganar la primera de manera apretada, pero en la segunda tendría que atraer un voto que la Concertación solo perdería totalmente en el caso de un desencanto reforzado.



Para eso es menester que las copas de champagne en La Dehesa, la alegría de Lavín, de Longueira, del cura Hasbún y del purpurado Medina pierdan su peso simbólico.



Para que eso cristalice, la Concertación debería hacerlo peor aún que hasta ahora, en las expectativas de esos sectores. Ello ocurrirá si el Presidente le hace caso a los liberales sociales que le recomiendan crecimiento postergando la redistribución.



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