Argentina, ¿una casualidad? - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 02:03

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Argentina, ¿una casualidad?

por 27 diciembre, 2001

¿Argentina acumuló semejante deuda sin que nadie se percatara? ¿Esa gigantesca bola de nieve no se habrá ido formando porque convenía a los intereses de la gran banca internacional, de manera que esta siguió prestando para salvar el negocio?

Los numerosos adictos del modelo neoliberal hablan de Argentina con una calculada indiferencia. Sospecho que quieren dar la impresión que lo sucedido es el resultado de una singularidad irrepetible, la fortuita combinación de la locura obsesiva de Cavallo con la impericia bobalicona de De la Rúa.



En realidad, este experimento de convertibilidad fue aplaudido en su momento por las altas instancias y fue financiado alegre y repetidamente por los bancos, cuya dirección ejercen los máximos sacerdotes de la economía mundial.



Hasta hace un año todos juraban que Argentina tenia salvación y que la crisis era manejable. De otro modo no se explica que los destacados economistas a cargo del Fondo hayan prestado plata a granel. No creo que lo hicieran ni para agravar la crisis ni con ánimo masoquista, sólo para poder hoy autoflagelarse por su absoluta falta de cálculo.



¿Argentina acumuló semejante deuda sin que nadie se percatara? ¿Esa gigantesca bola de nieve no se habrá ido formando porque convenía a los intereses de la gran banca internacional, que siguió prestando para salvar el negocio? Si esta ultima hipótesis fuera falsa, estaríamos en el peor de los mundos. Si lo ocurrido no le convenía a nadie, si no constituía una apuesta arriesgada pero calculada de los grandes bancos, que actuaban con una racionalidad con arreglo a fines, debemos concluir que el sistema es una locura de pies a cabeza.



La única explicación posible sería que llegó a las altas esferas del sistema bancario internacional algún individuo delirante, cuya conciencia está anulada por el fetichismo del dinero y que no percibe que éste por sí mismo no produce riqueza.



Los sabios economistas que pastan en nuestras llanuras y nos dictan cátedra deberían explicarnos con mucha mayor precisión cómo ocurrió este desastre. En este mundo tan encabritado no bastan las recomendaciones al estilo de ama de casa que de repente profiere un alto estadista, llamando a mantener la cordura. Después de tanta crisis, algunas esperadas otras inesperadas, necesitamos tener alguna certeza de que nuestro futuro no es terminar en alguna catástrofe que nadie fue capaz de prever o evitar, como las que se abatieron sobre México, Rusia, el sudeste asiático y ahora Argentina, la última pero no la definitiva.



Argentina es una nueva demostración de que la ciencia de la economía neoliberal falla tanto como las predicciones del tarot, cuestión advertida hace mucho tiempo para la ciencia en general por Paul Feyerabend, un epistemólogo con fama de maldito.



Las soluciones buscadas por Cavallo revelan una exasperante falta de sensibilidad social y de sentido de nación, característicos de estos economistas neoliberales. Ese temperamento ya lo conocimos en Chile el '82. Para salvar la banca se les impuso el ahorro forzoso a todos los argentinos; para pagar la deuda externa se les expropiaron sus ingresos a los pensionados, y para bajar el gasto se recortaron los salarios y las jubilaciones.



Sin embargo, el elemento más importante de este proceso fue la reacción popular. En la lucha se implicaron actores múltiples, entre ellos todos los partidos antisistema y sectores progresistas desgajados de las grandes orgánicas, todas las organizaciones sociales (entre las cuales hay que mencionar a las Madres y a la Confederación de Trabajadores Argentinos). Pero la principal fuerza de ataque fueron masas crispadas por decisiones aberrantes, cansadas de pagar los costos de medidas que no habían tomado.



Aunque esto cause alergia a los tecnócratas, la revuelta fue una deliberación en regla. Con estado de sitio encima los piqueteros, los sindicalistas, las dueñas de casa, los defensores de los derechos humanos, los empleados de cuello y corbata, opusieron un discurso a otro, construyeron, juntando slogan con slogan, un pliego de peticiones contra las estrategias ciegas de un poder perdido en los laberintos de su ciencia creída infalible.



Ellos clamaron contra la política neoliberal, propusieron soluciones radicales, las cuales expresan una sospecha fundamental: que esta crisis no es producto de la anomalía folclórica de Argentina, un país que no cumplió las sanas reglas del ascetismo fiscal. Esas masas, exigiendo moratoria, clamando contra la corrupción, mostraron en su práctica que los dictámenes "técnicos" de los economistas oficiales eran sospechosos de estar al servicio de intereses de clase que hundían a la mayoría en la pobreza y la desesperación.



Por último, la situación argentina muestra que el Estado nacional, conducido por el dúo De la Rúa-Cavallo, naufragaba en la ausencia de alternativas. Pero ello ocurrió porque esos políticos estaban más interesados en proteger los intereses de los grandes consorcios acreedores que las necesidades de los sectores medios y populares argentinos.



El nuevo Presidente, aunque adornando sus acciones con la verborrea típica de los líderes populistas, por lo menos ha demostrado que sabe negociar desde posiciones de fuerza. No se trata de una demostración baladí.



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