Argentina, Ä„qué susto! - El Mostrador

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Argentina, Ä„qué susto!

por 17 enero, 2002

Lo que está en juego en las negociaciones actuales es la soberanía de los Estados nacionales para decidir su política económica. El Fondo, cuyos errores político-técnicos han sido múltiples, pretende seguir ejerciendo el papel unilateral de guardián de la ortodoxia. Ningún Estado latinoamericano ha alzado su voz para criticar esa aberración.

La plana mayor de los propagandistas oficiales de la economía de mercado en su versión neoliberal se han movilizado, pluma en ristre, para evitar que la catástrofe económica ocurrida en Argentina, otrora país ejemplar, sea aprovechada por los obtusos críticos del modelo para el injusto descrédito de la Causa.



Personalidades tan relevantes como José Joaquín Brunner, Vittorio Corbo y Sebastián Edwards se han apresurado a escribir en cuanto medio ha estado a su alcance (en realidad no les faltan) para desarrollar el contundente argumento de que constituye una simpleza, propia de la obsesión de los críticos, culpar a la economía de mercado de los desaguisados ocurridos en la terremoteada Argentina, en vez de endosarle las responsabilidades a la corrupción o, como dice Brunner, a la debilidad institucional trasandina que comparte con muchos países latinoamericanos.



En verdad, como lo sabe un estudiante de enseñanza media, una crisis de semejantes proporciones no puede explicarse por causas simples. Siempre habrá que recurrir a modelos analíticos complejos. Hay que evitar los juicios sumarios tanto como las defensas fundamentalistas.



No hay la menor duda que la corrupción de la que tanto uso hacen los propagandistas existe en Argentina, igual que la dimensión más general de la debilidad institucional. Pero ni una ni otra surgieron en el gobierno de De la Rúa. Más bien han acompañado la historia política argentina desde hace mucho tiempo. Parece haber acuerdo en que el gobierno de Carlos Menem desarrolló como nadie el flagelo de la corrupción, y durante esa época el modelo parecía funcionar de manera optima.



El hecho duro, del cual hay que hacerse cargo si se quiere reflexionar en serio sobre las condiciones de aplicabilidad de estos modelos, es que la catástrofe económica de Argentina no tiene precedentes en ese país y ha erosionado todas las legitimidades, lo que hace muy difícil construir consensos.



Ni siquiera las hiperinflaciones del final del gobierno militar que finalizó con la guerra de las Malvinas o del gobierno de Alfonsín tuvieron los efectos corrosivos de la crisis actual, que ha reducido hasta niveles críticos el margen de maniobra de los gobernantes.



Está claro, entonces, que la modalidad específica de implementación del modelo neoliberal usada en Argentina ha fracasado. La combinación de privatizaciones en gran escala, apertura al capital extranjero, ideología de libre mercado y convertibilidad condujo a una catástrofe económica. Sin tratar de forzar el análisis, lo concreto es que los interrogantes atañen a esta modalidad específica y no a todas las experiencias neoliberales. En esa defensa tienen razón los propagandistas oficiales del modelo.



El asunto consiste en que el camino elegido para aplicar el modelo neoliberal en Argentina estaba sostenido sobre la convertibilidad, y el efecto de esta política fue erosionar gravemente la competitividad externa de la industria argentina. Pese a que esos efectos eran predecibles, la política de la convertibilidad fue bendecida por los sumos sacerdotes del FMI y aprovechada por los capitalistas extranjeros para compras masivas de activos argentinos.



Cuando la bonanza se volatilizó y la crisis se expandió como una mancha de aceite, los responsables de haber transformado esa política en un ejemplo o de haberla apoyado con entusiasmo hicieron mutis por el foro.



Ahora exigen que el Estado nacional argentino proponga una política macroeoconómica que cuente con su bendición. De otra manera, dejarán que Argentina siga navegando entre los arrecifes del caos y la ingobernabilidad económica, que suscita cada día protestas populares masivas sostenidas por la amplia gama social afectada por la solución del bloqueo de los fondos bancarios.



Esa decisión del Fondo, cómplice -por lo menos- de las decisiones equivocadas, ata de manos al gobierno de Eduardo Duhalde bajo el argumento que espera una propuesta seria. ¿Tienen legitimidad como jueces de una nueva propuesta los mismos que consideraron al modelo de convertibilidad como panacea?



Lo que está en juego en las negociaciones actuales es la soberanía de los Estados nacionales para decidir su política económica. El Fondo, cuyos errores político-técnicos han sido múltiples, pretende seguir ejerciendo el papel unilateral de guardián de la ortodoxia. Ningún Estado latinoamericano ha alzado su voz para criticar esa aberración.



Pero si la crisis argentina es específica y no permite generalizar respecto a otros casos, incluso los ejemplos más exitosos (según los criterios de los guardianes de la Verdad) plantean preguntas acuciantes.



Chile ha crecido sostenidamente desde 1986 en adelante y ha logrado, en medio de la crisis actual, un crecimiento del 3,1 por ciento. Pero para formarse una impresión global hay que considerar las condiciones en que el éxito se ha realizado. La condición central ha sido y es una abrumadora concentración y extranjerización de la propiedad, y una repartición muy desigual de los ingresos.



La promesa del crecimiento con equidad no ha sido cumplida. Si quiere ser leal a sus promesas, la Concertación debería preguntarse si no está en operación una lógica del sistema cuya modificación requiere una actitud política prodistributiva. No se saca nada con rebautizar el crecimiento con equidad en crecimiento con seguridad social si no hay un cambio en la relación Estado -economía.



Pero se necesita algo mas de fondo: es indispensable resignificar el papel que tienen los trabajadores en la generación de la riqueza. Mientras no se corrija la idea subyacente del protagonismo unilateral del empresariado, estas economías neoliberales no podrán avanzar en la dirección de una mayor justicia social y una mayor democracia.



Aun los casos exitosos de implantación de políticas neoliberales están plagados de sombras. Uno de los problemas principales de Chile es la mala distribución del ingreso, que afecta la propia dinámica del mercado interno. El otro, que los propagandistas soslayan elegantemente, es el limitado desarrollo de una capacidad exportadora con valor agregado. Podríamos agregar otros problemas.



Espero que esto baste para que los propagandistas reflexionen sobre las condiciones de aplicación de estos modelos de "economía libre" y dejen de decir que la solución universal es más mercado.



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