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¿Falsificación o amnesia?

por 21 marzo, 2002

No critico a Jarpa por las observaciones malévolas que le dedica a Allende. Dado que la historia es una disciplina interpretativa, el valor de su testimonio reside en que habla desde el odio y proporciona un fragmento discursivo de ese tipo de subjetividad.
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En una de sus ultimas entrevistas el escritor Antonio Tabucchi comenta con su característica lucidez la función mistificadora de la memoria. La historiografía positivista hizo durante mucho tiempo oídos sordos a este factor de contaminación que obliga a tratar el dato histórico con mucho cuidado, sobre todo cuando es la producción directa e intencionada de un actor individual o colectivo.



Para estos fines no importa la inocencia de la intención o del sentido mentado. La necesidad de la prudencia metodológica vale para tirios y troyanos.



La ingenuidad y obcecación que caracteriza a cierta matriz de las ciencias sociales produjo como efecto que ese punto de vista, que invita a la prudencia, fuera descartado para instalar a la historia como un saber granítico. Se supone que alcanzaba ese pedestal cuando cumplía el requisito de trabajar con datos duros, lo que significa hechos empapados del polvo de los archivos o de las excavaciones.



Esta soberbia empirista olvida que el trabajo con datos primarios no garantiza por sí mismo la objetividad, pues la mayor parte de ellos, en todo caso los más importantes, no se nos dan de un modo espontáneo. Son buscados, sobre todo los que provienen de los archivos, sobre la base de criterios teóricos y metodológicos de orientación. En ese sentido son construidos.



Carlo Ginzburg, en un brillante ensayo escrito hace un tiempo, comparó a la historia con la medicina, el psicoanálisis y (Ä„oh sorpresa de la cohorte de doctores!) con la labor detectivesca. Todas estas disciplinas, las dos primeras legitimadas por el aura del saber científico y desprestigiada la última por sus oscuros propósitos y técnicas, tienen un importante punto en común. Consiste en que trabajan con indicios o, para decirlo de un modo más gráfico, con huellas.



La medicina y el psicoanálisis tienen cierta claridad sobre su estatuto. Por eso hablan de síntomas, por ello usaron antes que nadie la palabra semiología. Ejercen un enorme poder sobre cuerpos y espíritus, pero saben que pueden curar sin conocer, por lo menos en un sentido totalizador.



Algunos historiadores, devotos de la objetividad sin mácula y de la elocuencia de los archivos, pasan por alto que uno de los más tradicionales papeles de la historia ha sido ofrecer explicaciones legitimadoras respecto al surgimiento y despliegue de las naciones y de los estados, especialmente de las operaciones de expansión fronteriza o mercantil y de las operaciones de cambio histórico drástico. Casi no hay Estado, antiguo o moderno, que no busque en la historia la elaboración de un origen idealizado y la confirmación de un funcionamiento idílico.



Por ello, no es raro que procesos de revisión histórica sacudan cada cierto tiempo los cimientos del campo histórico y reordenen la estructuración de ese saber. Esa sismicidad constante constituye una manifestación elocuente de que en el campo histórico se producen luchas entre interpretaciones distintas y/o diferentes. Tales disputas son constitutivas de ese campo.



¿Adonde voy con todo esto? Pienso que la introducción es necesaria para considerar la entrevista que Sergio Onofre Jarpa dio la semana recién pasada, después de un silencio que había descontaminado el ambiente político nacional. Esa reaparición está destinada a destacar la publicación de sus memorias, que tendrán el elocuente titulo de "Yo, Jarpa". Supongo que la denominación alude a la novela que Robert Graves escribió sobre el emperador Claudio. Ä„Cada uno con su modelo!



Esa entrevista prueba la debilidad de la memoria de quien las ha producido. Si los recuerdos históricos de Jarpa son del estilo de lo que menciona, demostrarán el cuidado que se debe tener con ese tipo de textos como fuente de información.



No critico a Jarpa por las observaciones malévolas que le dedica a Allende. Dado que la historia es una disciplina interpretativa, el valor de su testimonio reside en que habla desde el odio y proporciona un fragmento discursivo de ese tipo de subjetividad. Pero para que los recuerdos históricos de un actor político importante tengan algún valor como fuente sobre hechos (no sobre opiniones) es necesario que éste, como condición mínima, no se contradiga línea por medio.



Por lo menos en la entrevista que comento, Jarpa dice en una misma página que antes de la reunión del Congreso Pleno que ratificó a Allende se puso en marcha una maniobra de dudosa legitimidad, en la cual habrían participado demócratas cristianos y oficiales de las Fuerzas Armadas. Unos párrafos más adelante afirma que en realidad esas reuniones donde conversaban sobre política el senador Bulnes y el general Prats eran inocentes reuniones de amigos, una suerte de tertulia.



Lo dicho por Jarpa plantea el problema del límite que es necesario trazar entre interpretación y falsificación. Ello a menos que se trate de un grave deterioro de la memoria. No seria raro: la negación reiterada de hechos sobre los cuales hay múltiples pruebas provoca amnesia.



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