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La Concertación al filo del abismo

por 29 marzo, 2002

No sólo en el desconcierto ideológico-político se refleja la truncada renovación de los partidos concertacionistas. Más grave aún ha sido su incapacidad, a lo largo de los últimos diez años, de asumir una moderna cultura de gobierno.
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A diferencia de lo ocurrido con el Partido Socialista Obrero Español, el Partido Comunista Italiano, el Partido Socialdemócrata alemán o el PS francés, la Concertación y sus partidos no tuvieron éxito en renovar oportunamente sus ideologías, organización y relación con el electorado. Después de un fuerte impulso renovador inicial, proveniente en particular de los sectores de la vieja matriz de izquierda y la UP, el proceso se detuvo y el cambio se congeló. La renovación abortó a poco de haber comenzado en serio. El mundo a su alrededor, en cambio, no ha cesado de transformarse.



Hoy vemos las consecuencias.



En la Concertación reina un inocultable malestar. Las tendencias más tradicionalistas y menos renovadas, vuelven por sus fueros. Hay un clima de derrotismo y surgen ánimos centrífugos. Se esfuma la disciplina parlamentaria. La identificación con el gobierno y con el Presidente decae, justo en el momento en que la administración Lagos empieza auspiciosamente una nueva etapa.



Las críticas —bien o mal planteadas— se formulan a través de los medios, con efectos demoledores. Se instala un estilo egoísta de hacer política. Crecen las tensiones subterráneas entre los partidos de la coalición, y dentro de los partidos, entre diversas corrientes y cabecillas.



Todas ellas no son nada más que manifestaciones superficiales de fenómenos de mayor profundidad y envergadura, menos visibles pero doblemente insidiosos.



En efecto, existe en sectores amplios de la dirigencia concertacionista un fuerte —aunque ambiguo— sentimiento antisistema. Se repite con frecuencia la fatídica frase "no es éste el país que queremos, que soñamos, que prometimos". Se trata, pues, de una dirigencia a disgusto. Malhumorada. Que va a contrapelo de la historia. Cargada de animosidad frente al sistema en cualquiera de sus expresiones, llámense capitalismo, democracia representativa, "modelo de desarrollo", modernidad, globalización, mercado, organización empresarial, cultura del consumo.



De la boca hacia afuera se acepta que el sistema está aquí para quedarse, igual como sus expresiones fundamentales. Pero en realidad hay una suerte de inconsciente colectivo de esa dirigencia que se rehúsa a aceptar lo que la razón le señala como ineludible.



Entonces, a la primera ocasión surgen manifestaciones de ese descontento o malestar. Por ejemplo, frente a las importantes reformas sociales impulsadas por los gobiernos de la Concertación se argumenta que ellas mantienen intocadas las estructuras del capitalismo, desvalorizándoselas así de inmediato.



También se sostiene que las políticas del Presidente Lagos serían indistinguibles de las de un hipotético gobierno encabezado por el alcalde Lavín, dando lugar así al razonamiento, políticamente absurdo, de que la Concertación es un conglomerado (democrático) de derecha. ¿Significa eso, entonces, que un 90 por ciento del electorado está hoy al lado de la derecha? Y de ser así, ¿qué sentido tiene reclamar al Presidente Lagos que corra su gobierno y políticas hacia la izquierda?



No sólo en este desconcierto ideológico-político se refleja la truncada renovación de los partidos concertacionistas. Más grave aún ha sido su incapacidad, a lo largo de los últimos diez años, de asumir una moderna cultura de gobierno.



La mayor parte de los dirigentes de la Concertación no se siente obligada por el voto popular que le encomendó dirigir el país. No quiere tomar posesión de las responsabilidades que ese mandato conlleva. Seguramente por eso algunos parlamentarios se declaran independientes para votar a favor o en contra de las leyes que el Poder Ejecutivo envía al Parlamento.



Al final, la responsabilidad de gobernar queda entregada exclusivamente al Presidente, a su equipo y a una tenue capa de altos funcionarios. Mientras tanto, los partidos gobernantes se desmarcan del poder cada vez que no conviene a sus intereses, o que las iniciativas del Ejecutivo no concuerdan con sus sueños y anhelos.



Sin verdadera cultura de gobierno y con una borrosa definición ideológica, la Concertación mina sus propias bases de legitimidad y empieza a despedirse del poder, casi con vergüenza de haberlo ejercido al servicio del sistema.



Ante tal rendición, nada significan los enormes progresos que el país ha realizado durante los últimos diez años en el plano de la pobreza, la educación, las redes de apoyo y seguridad, la infraestructura, el crecimiento de la economía y la modernización del país.



Con una al parecer irrefrenable pasión autoflagelante, los grupos de la dirigencia tradicionalista están echando abajo lo que resta de seguridad en sí misma en la coalición. A poco andar, ya nadie —salvo el Presidente y sus antecesores en el cargo, junto a un grupo motejado con los calificativos de modernistas, liberales o autocomplacientes— querrá asumir la defensa de la formidable obra de adelanto realizada bajo los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos.



Ä„A esa altura será demasiado tarde siquiera para levantar la cabeza con dignidad frente al electorado!



¿Y qué ofrecen a cambio los grupos tradicionalistas? Si se mira bien, nada que valga la pena registrar.



¿Acaso hay un programa alternativo, auténticamente antisistema o tendiente a cambiar alguno de sus parámetros fundamentales, como la democracia representativa, el mercado, la inserción internacional de la economía, una institucionalidad que garantiza las libertades individuales, la existencia de contratos privados, la producción y gestión mixta de los bienes públicos, el gradualismo reformista de las políticas públicas, etcétera?



En verdad, el programa tradicionalista es bastante menos ambicioso que eso, y más simple a la vez. De hecho, nada tiene que ver con los malestares y descontentos proclamados y que tanto mal están causando a la Concertación y a su gobierno.



En efecto, tan severo y autodestructivo diagnóstico apenas es seguido por una tibia y tradicional propuesta, consistente en aumentar al máximo el gasto público sin cuidar de su productividad; elevar los impuestos, independientemente de la coyuntura recesiva; regular los mercados a todo lo que dé y aferrarse (casi desesperadamente) a la idea que en general el Estado está en condiciones de producir más y mejores bienes y oportunidades que la sociedad, las comunidades y los individuos.



Allí reside la paradoja última de este asunto: que mientras los grupos tradicionalistas del vértice de la Concertación debilitan corrosivamente las bases de su gobierno en nombre de un encendido discurso del malestar, ese mismo malestar, sin embargo, no conduce a ninguna propuesta real de cambio sino, en el mejor de los casos, a generar ruido y a debilitar las políticas que impulsa el gobierno.



Ä„Triste situación!



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