Los auténticos responsables y los auténticos soñadores - El Mostrador

Domingo, 10 de diciembre de 2017 Actualizado a las 00:46

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Los auténticos responsables y los auténticos soñadores

por 4 abril, 2002

El hecho que el mundo esté desde 1994 sumido en una crisis económica ininterrumpida, lo que significa que sofocada una aparece la siguiente en una sucesión sin descanso, obliga a hacer preguntas donde que pongan en duda las virtudes de orden natural del modelo o de las políticas principales.

¿No es una de las tareas más propias de la política poner en duda, discutir o criticar las insuficiencias de lo realizado, planteando direcciones o caminos distintos de los existentes, de los ensayados por los poderes de turno? Me parece que sí, puesto que la política es la operación de interpretar la realidad para proponer debates que vayan construyendo un futuro.



En la política, aunque por supuesto no solo en ella, la sociedad toma conciencia de una manera especialmente intensa de sí misma, de sus finalidades abiertas o negadas. Esta práctica social se enfrenta al presente como problema, delibera sobre él, produce ciertas creencias sobre la realidad y sobre las necesidades de esa sociedad y trabaja para producir colectivamente situaciones sociales distintas a través de la acción organizada e intencional de sujetos.



Sin embargo, el desarrollo de esa función crítico práctica de la política a menudo saca de sus casillas a guardianes quisquillosos de la ortodoxia, cuya piel se eriza cuando se pone en duda la magnitud de la obra realizada por el gobierno de turno. Su enojo y sus retos a los pecadores para que vuelvan a la senda del realismo y de la responsabilidad traslucen, pese a su buena voluntad pública, una pobre idea de la política. Ponen en evidencia que ven esa actividad orientada a construir futuros desde lo existente como una técnica, donde lo principal consiste en organizar simples maniobras de traslado de bloques de cemento prefabricado, cien o doscientos metros mas allá de su actual posición.



No calificaría esa postura como conservadora, pues mover lo existente mas allá significa abordar condiciones nuevas. ¿Pero siempre basta con eso? ¿Atisbar el mañana no requiere preguntarse por la calidad de lo que se traslada?



Como quiero ser cuidadoso, tanto por razones de necesidad analítica como porque correría el peligro de ser reprendido por los guardianes del debido debate, debo decir que esta corriente en el análisis en que se privilegia la reproducción recién ha tomado cuerpo. La mayor parte de los que ahora la sostienen antes discutían sobre finalidades y objetivos, pues criticaban la ausencia de democracia, negándose a disculpar la situación por las altas o medianas (lo mismo da) tasas de crecimiento económico.



Pero ahora todo es distinto, porque para los inefables cuestionadores de todo cuestionamiento hemos llegado al mundo feliz. Dada esta venturosa circunstancia, es indispensable dejarse de aventurerismos y limitarse a esperanzas posibles, es decir, a la reproducción de los ordenes básicos. Por eso Aguiló debe ser reprendido. Estos celosos protectores del pensamiento sano consideran que hay que ser optimistas y responsables.



¿Quién que no sea un masoquista podría discutirles? ¿Pero por qué el optimismo tiene un formato único, el de reproducir las felices nupcias del capitalismo de libre mercado con una democracia representativa de baja intensidad?



El hecho que el mundo esté desde 1994 sumido en una crisis económica ininterrumpida, lo que significa que sofocada una aparece la siguiente en una sucesión sin descanso, obliga a hacer preguntas que pongan en duda las virtudes de orden natural del modelo o de las políticas principales.



Eso lo han comprendido hasta Roni Dornbush o Jeffrey Sachs. Este último ha propuesto para Chile medidas que los que anatematizan a Aguiló y los autoflagelantes han condenado por tradicionalistas: el desarrollo de industrias que generen exportaciones con mayor valor agregado.



La actitud verdaderamente responsable es la de Aguiló. Los auténticos irresponsables son los que no se sacan la venda de los ojos y siguen creyendo que vivimos en Jauja. Esperemos que no despierten en el fondo de un pozo, acunados por los ruidos de los cacerolazos.



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