“El bolero no está hecho con el cerebro…” - El Mostrador

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"El bolero no está hecho con el cerebro..."

por 11 abril, 2002

El bolero no está hecho con el cerebro, ni con la lógica, ni con el sentido común, sino con el corazón, la sangre y los adjetivos.



Si bien nadie podía entender como se casó María Félix con un hombre tan feo, tampoco yo no he podido entender cómo se fue a fijar él en una mujer tan voluble y coqueta, aunque fuera tan bonita y tan provocativa. No tratemos de entender, ni usted ni yo, las razones del amor. El otro día, en una entrevista deliciosa, un joven reportero me hizo esta pregunta: "¿Usted cree que tan sólo se odia lo querido?"



Le recomendé que no se pusiera a meterle raciocinio ni filosofía a los boleros. Hay maneras menos aparatosas de volverse loco. El bolero, como el amor que lo produce, y en especial cuando se trata de un amor contrariado, no está hecho con el cerebro ni con la lógica ni con el sentido común, sino con el corazón, la sangre y los adjetivos. Y a veces con cartílagos y lágrimas. Todo bolero es bello, aunque algunos no signifiquen nada.



El muchacho me dijo, ruborizado, que no entendía. "Oiga, usted", le propuse, "esta estrofa de Agustín Lara, y dígame si eso tiene pies o cabeza": El hastío es pavo real/que se aburre/de luz en la tardeÂ…. "De acuerdo", me dijo el periodista, "eso no tiene sentido". "Entonces", le dije, "enamórese sin remedio, y ya verá que en esta vida todo tiene sentido."



Es cierto. ¿Qué relación puede haber, Virgen Santísima, entre un pavo real, la luz y el aburrimiento? Quizás la misma que hay entre la magnesia y la gimnasia. Cada vez que oigo ese bolero siento compasión por el pobre sustantivo solitario, perseguido por una pandilla criminal de adjetivos armados. Pero al autor le pareció hermoso: hermoso es si uno tiene mariposas en el estómago, y hermoso se quedó para siempre, a Dios gracias.



En esas piruetas verbales se pasó Agustín Lara la vida entera. Su verdadera gracia consistió en no traspasar jamás la línea sutil que separa lo cursi de lo ridículo, aunque vivió pisándola peligrosamente, y ganas no le faltaron, ni se privó de hacer todos los esfuerzos posibles para lograrlo. Sólo a él se le ocurría dirigirse a una mujer comparando "tu pie divino, como un alfiletero". Y sólo él tenía licencia literaria y musical para pensar que las palmeras estaban "borrachas de sol", que es la versión botánica de aquella luz que mató de aburrición al pavo real. Solo él tenía permiso para escribir semejantes metáforas. Por eso es el más grande compositor en la historia del bolero.



Es muy probable que en la historia universal del matrimonio, incluyendo a Adán y Eva, que ni siquiera se conocían cuando se casaron, no haya habido una pareja más dispareja que la de Agustín Lara y María Félix. Ella era voluptuosa y sensual, y echaba fuego por los ojos y por el aliento, como los dragones de la mitología. Lara, en cambio, era un hombrecito enteco de piel agrietada, con aspecto de tísico, que cuando cantaba tosía como las damas decadentes de los folletines de Alejandro Dumas. Tenía el rostro del mismo color triste de las velas y los ojos apagados.



Un torrente de cabellera negra y lustrosa le caía a ella sobre la espalda desnuda, mientras él hacia cada mañana auténticas hazañas para peinarse con un copete en la frente, de modo que se disimularan los primeros estragos de la calvicie.



El bolero no está hecho con el cerebro, ni con la lógica, ni con el sentido común, sino con el corazón, la sangre y los adjetivos. Nadie en este mundo se ha parecido más a su propia obra que Agustín Lara. Su vida era idéntica a la letra de sus boleros. En su juventud había sido pianista de burdeles y contertulio habitual de la canalla, con un smoking patinado por el uso y su corbatín de raso azul celeste. De los años borrascosos de aquella vida prostibularia conservaba como un diploma la cicatriz de carretera que le atravesaba la mejilla. María Félix, en cambio, según dijo en aquellos tiempos Jean Cocteau, "es tan bella que su belleza duele".



Tenía, como sabemos todos los laristas consumados, una piel alabastrina y un perfume que fascina, además de una ensoñación de sonatina. Ella le dijo a la prensa que descendía de una rancia familia de nobles españoles, hasta que los periodistas, imprudentes como siempre, rompieron el encanto de esa leyenda al descubrir que en realidad provenía de una familia de campesinos afincados en el ardiente desierto de Sonora.



En sus primeros años, Lara inventó que su cuna estaba en Janitzio, una isla de encanto perdida en medio del lago de Patzcuaro, y después dijo que había nacido en Veracruz, una noche tibia y callada, en medio de una vibración de cocuyos que con su luz bordaban de lentejuelas la oscuridad. Paparruchas de poeta. La verdad es que nació en la capital mexicana.



Esas dos mentiras eran lo único en que se parecían. Pero había una diferencia en la intención: ella mentía porque se avergonzaba de su origen y quería hacerse la aristócrata; él, que era hijo de un médico insigne, mentía sobre sus orígenes porque a su alma desbordada de poeta la capital le parecía descastada, ordinaria y vulgar.



Lara era un romántico incorregible que hablaba en versos todo el día. María Félix era una ambiciosa sin entrañas que decía palabrotas delante de los extraños. Él tenía una vocecita aflautada, como se puede comprobar en sus discos, pero ella hacía gala de su vozarrón de trueno, una voz más varonil y bronca que la de su marido.



María de los Ángeles Félix era realista, como todas las mujeres, y convirtió su belleza en un arma. Agustín Lara era soñador y melodramático, como todos los bohemios. Ella era una actriz exótica e inaccesible. Lara era un músico relamido que convirtió la cursilería en un estilo inigualable. María Félix era vigorosa y recia, alta y altiva. Enloquecía a los hombres arqueando las cejas, como un bailador de tango, y no sonreía jamás porque se imaginaba que eso podría interpretarse como una señal de debilidad.



Cuando por fin se casaron, para asombro de todo el mundo, María contaba, entre perpleja y risueña, que su marido se ponía la piyama con un pañuelo de seda anudado al cuello. A ella le parecía que eso era ridículo, pero él pensaba que era caballeresco y galante.



Lara guardaba pistolas antiguas por todos los rincones de la casa, envueltas en terciopelo rojo, y se suicidaba varias veces al día por una mujer. Empezaba a beber desde las nueve de la mañana, pero sólo coñac, que es el licor perfecto para los compositores de boleros que han trabajado en un prostíbulo, y tenía una biblioteca enorme que en realidad era un bar empotrado en la pared.



Vendan caro su amor



Entonces, se pregunta uno atónito, cómo incurrieron en el despropósito de casarse dos personas tan desiguales. Eran alfa y omega. Los dos extremos. El cielo y la tierra. Polo norte y polo sur. Se casaron hace ya casi sesenta años, en septiembre de 1943, cuando ella estaba empezando la filmación de La china poblana, una película casi tan horrible como su título. Pero lo suyo, en honor de la verdad, no fue un matrimonio propiamente dicho, sino una coincidencia de intereses: fue un espectáculo folclórico de la farándula mexicana y de la cultura popular de América Latina. Un desacierto patrocinado por las relaciones púbicas. Públicas, quise decir.



Con esa boda, Lara le dio satisfacción a su vanidad desenfrenada, casándose con la mujer que más apetecían los hombres de todo el continente, y María Félix, calculadora y arribista, se llevó a su casa al músico más famoso de estas tierras, como si fuera un trofeo de cacería.



El pueblo vio aquella unión del agua y el aceite con una curiosa mezcla de alegría, novela romántica, burla picaresca y cariñosa tolerancia. El novio le regaló a su amada una sortija de aguamarina, un pequeño piano de marfil y un ramillete de claveles rojos. Lo único que ella conservó, amorosamente, fue la sortija.



Poco después, en la Navidad de ese año, Lara le obsequió a su esposa un insólito aguinaldo: las cuatro llantas de lujo, con bandas blancas, para su nuevo automóvil deportivo. Nunca he podido entender cómo fue que a un romántico como él, un caballero florido de la Edad Media, se le pudo ocurrir la idea de hacerle a su princesa un regalo tan pedrero y evidente. Siempre he sospechado que fue una insinuación de su mujer, tan utilitarista y práctica toda su vida. Y eso que ahora acaba de cumplir los 90 años.



Lo cierto es que en enero tuvieron la primera pelotera. Lara se había escapado una noche de parranda con su compadre Pedro Vargas. Quién sabe las maravillas de travesuras que hicieron juntos esos dos. Al filo de la madrugada, al volver a casa, encontró a su mujer despierta, que lo recibió con su mejor vozarrón de terremoto, y le puso las maletas en la calle. "Lárgate de aquí, borracho", le gritó desde la ventana del dormitorio. Él agarró su equipaje, su piano, su botella de coñac, su piyama de seda, contrató un camión de trasteos y se fue para la quinta porra. Pero antes, en una típica venganza infantil, entró a la cocina, tomó el cuchillo más afilado y le descuartizó las cuatro llantas que le había regalado.



Y así entregarte toda mi vida



No fueron felices nunca. Mantenían las apariencias sociales de puertas para afuera, en guarda de sus intereses industriales, por imposición de las empresas disqueras y cinematográficas. Un periodista chismoso que se enteró de su azarosa vida doméstica y supo que a duras penas se saludaban con un gruñido a la hora del desayuno fue a esperarlos en la plaza de toros. Esa tarde entrenaban el hermoso pasodoble que Lara le había dedicado a un torero mediocre llamado Silverio Pérez.



Los pormenores de la historia parecen confirmar que es mucho mejor el pasodoble que el torero. Llegaron marido y mujer poniendo cara de circunstancias. Haciéndose los dichosos. Lara, más flaco que nunca, enfundado en un traje gris de botones cruzados, y María con una mantilla sevillana que no alcanzaba a cubrirle por completo la piel alabastrina de los hombros. Ella imponente y él enjuto. Caballero al fin y al cabo, romántico por encima de todo, asió su brazo al de ella y caminaron de lazo hacia la entrada. El codo huesudo de él se perdía en el busto romano de ella. Nuestro hombre los ve llegar y se arroja sobre ellos, libreta en mano y lápiz dispuesto al reportaje. "Agustín", exclama el reportero, "¿qué hace usted colgado del brazo de María Félix?". "Ya ve usted", le responde el maestro, con ironía. "Aquí, sirviéndole de paraguasÂ…". Y se colgó otra vez del brazo de ella.



A los pocos días, cuando sus desavenencias hogareñas ya eran del dominio público, los periodistas lo acorralaron de nuevo y le volvieron a preguntar por las relaciones con su esposa. Lara, como si estuviera escribiendo uno de sus boleros, pero superándose a sí mismo, les contestó: "Yo sólo hablo de las mujeres en general. Un caballero jamás se refiere a una dama en particular.



Tu cuerpo, del mar juguete



En 1952, luego de su vida escabrosa al lado de Agustín Lara, María Félix se casó con Jorge Negrete, apuesto y varonil, con su bigote mexicano que parecía cortado todas las mañanas con un compás y una regla. Actor y cantante, charro macho de pistola al cinto y cananas en bandolera, era el hombre apropiado para ella. "Que sean felices", fue lo único que musitó Lara, pero no pudo disimular un suspiro de despecho.



Sin embargo él le dedicó una canción. Ese bolero que sobrevive a su propio autor y a su protagonista, y que los enamorados todavía repiten al pie de una ventana o ante una oreja femenina, que también viene siendo una oreja alabastrina. Es la canción más bella que un hombre le haya dedicado a una mujer en la historia tempestuosa de la música popular americana. También en este caso, como en el caso de aquel torero, puedo decir que la canción es mucho mejor que el matrimonio quebradizo que la inspiró.



Cuando se casaron él la llevó de luna de miel al balneario de Acapulco. Desde la playa la vio una noche, bañándose entre las olas que la columpiaban, bajo la luz de los luceros, y se le ocurrió que su cuerpo era una nave al garete y que ella estaba enjuagando las estrellas con sus manos.



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