¿Por qué Lenin volvió a Rusia y no se quedó en Suiza? - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 20:11

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¿Por qué Lenin volvió a Rusia y no se quedó en Suiza?

por 13 abril, 2002

Si hoy pensamos en la razón por la que China y Cuba sobreviven al colapso del comunismo podemos recurrir nuevamente a la misma razón: el amor al terruño, el nacionalismo.

Gramsci es marxista heterodoxo, en el sentido que valora el poder ideológico sobre el económico, el militar y el político. Se da cuenta de la importancia de la sociedad civil, entendida no como infraestructura económica en la vulgata marxista, sino como armazón ideológica o hegemonía cultural.



Como buen italiano, percibe el enorme poder del cristianismo. Pero como diría Stalin, el Papa no contaba con divisiones militares. ¿Dónde residía su poder? La respuesta de Gramsci es: la hegemonía de la iglesia reside en lo cultural, en la forma en que hombres y mujeres cultivamos nuestro intelecto y espíritu. Somos seres simbólicos, pues somos los únicos animales con logos, razón y discurso. Hablamos, y al hacerlo construimos un mundo y nos identificamos.



La cultura cristiana conquistaba los corazones enseñando lo que era bueno y malo, lo justo y lo injusto. Y al hacerlo ejercía un enorme poder, pues condicionaba las conciencias y los comportamientos humanos.



Gramsci se encuentra en la cárcel a la cual lo había condenado un ex socialista, Benito Mussolini. "Tan poderosa inteligencia debía silenciarse", fundamentó la orden que aprisionó el cuerpo del pensador. Más su espíritu voló y se inmortalizó al escribir Cuadernos de la cárcel.



En sus manuscritos analiza la razón por la que los líderes bolcheviques exiliados en Europa vuelven a Rusia. Si todo es determinismo económico o burguesa búsqueda del bienestar, quienes vivían un exilio dorado no debieron volver en 1917 a Rusia para participar en una cruel revolución. Pero lo hicieron. ¿Por qué?



La respuesta del apasionado italiano que poseía inteligencia y sentimiento, inteligencia sentiente, es sencilla: volvieron porque amaban Rusia, su tierra natal. Sus ciudades y sus campos, su literatura y poesía, sus paisajes, sus costumbres, sus ríos, estepas y montañas. Añoraban Rusia y sabían que serían infelices fuera de ella.



Michael Walzer, un filósofo comunitarista judío americano, lamenta que el amor por Rusia no haya sido aún más fuerte. En efecto, si Lenin hubiera visto con más claridad la grandeza de su país habría evitado dos monstruosos errores.



El primero fue de carácter material, y consistió en haber resumido la esencia de la revolución en la frase "soviets más electrificación". Con esa expresión, el genio de octubre quiso señalar que todo el poder político debía ir al pueblo organizado, cosa que se redujo pronto a la nomenklatura comunista. Junto con ello se debía industrializar la URSS a pasos agigantados. Al hacer esta tarea, su sucesor, Stalin, destruyó lo que pudieron ser las bases más sólidas de una vida comunitaria no centrada en el colectivismo estatal: las comunidades campesinas y las tradiciones agrarias rusas.



Pero el desprecio de esas tradiciones "poco modernas" causó una tragedia de muertes y hambrunas y restó las bases a una vida social no individualista.



El segundo error, de carácter inmaterial, fue el exceso de iluminismo racionalista. El marxismo finalmente era una ideología occidental que veía con sospecha todo lo oriental. Marx había descrito a Rusia con mucho desprecio. Solo la tierra de Darwin, Kant y Hegel generaba ideas de verdad. Rusia era atrasada, feudal e ignorante. Pero las ideas que dotan de alas al espíritu humano tienen raíces culturales que las generan y las hacen vivir y reproducirse.



Sabemos cómo terminó el proyecto marxista-leninista que buscó construir, mediante la imposición política y militar, una sociedad igualitaria que no se basara en las raíces culturales y sociales de su pueblo.



Si hoy pensamos en la razón por la que China y Cuba sobreviven al colapso del comunismo podemos recurrir nuevamente a la misma razón: el amor al terruño, el nacionalismo. Todos sabemos que Fidel Castro hoy intenta ocultarse detrás de Martí, y no de Marx ni de Lenin. Mientras más bloqueo norteamericano, más nacionalismo reactivo cubano.



Del mismo modo, tras la extraordinaria sobrevivencia de China a la caída de 1989 se encuentra el nacionalismo chino. Grande Mao, pero mucho más grande Confucio. Ese maestro de las mil generaciones de dirigentes chinos es el promotor de la idea de una nación que tiene una tradición que venerar y un futuro común que conquistar.



Sin amor a la patria no hay republicanismo ni democracia. El republicano es el que en tiempos de guerra está dispuesto a morir combatiendo al injusto invasor, y no huye a otro país o guarda silencio. El republicano sabe que en tiempos de paz puede ser muy cruel el combate al tirano que quiera arrebatar el poder político al gobierno popular, pero lo afronta.



Y la patria nos pertenece a todos. Nada de ese pseudonacionalismo de coacción que condenaba don Miguel de Unamuno. Si reducimos la patria a un grupo o una institución, como el ejército, llegará el momento en que cuando se pida al pueblo tomar las armas para combatir al invasor se estrechará de brazos y dirá "ustedes son el pueblo, defiéndase".



Y el amor a la patria tampoco pasa por odiar al extranjero, al diferente. El valorar lo propio no necesariamente implica despreciar lo diferente. Por el contrario. La tradición judeocristiana enseña que Dios creó al ser humano como pareja de hombre y mujer. "No es bueno que el hombre esté solo" dijo la voz divina. Y mujer y hombre, maravillosamente distintos, son misteriosamente iguales. Y nada más milagroso y apasionado que el encuentro de esos dos cuerpos y almas distintas. ¿No es cierto?



Y finalmente, el amor a la patria no significa el desprecio de la humanidad. Ya llegará el momento en que nuestro amor a la humanidad pueda conciliarse con nuestra pasión democrática.



Solo habrá democracia mundial sobre la base de una federación de democracias locales. Un gobierno popular de 6 mil millones de habitantes no parece viable, por mucho que confiemos en la tecnología que acerca fronteras y reduce las distancias. Por eso, deberemos acostumbrarnos a la idea que distintas identidades políticas son conciliables.



Finalmente, cuando estoy en Chile me acuerdo de lo hermoso que es Concepción. Cuando salgo de Chile, me siento chileno entre argentinos y peruanos. Cuando estoy en Europa, sé muy bien que soy latino y no anglosajón o nórdico. Y cuando estoy frente a un bebé que llora y no distingo en él ni banderas ni cultura, sé muy bien a qué me obliga mi amor a la humanidad.



Amor a la patria y amor al mundo. Dos amores sin los cuales la política moriría de inanición.



* Abogado y cientista político, director ejecutivo del Centro de Estudios del Desarrollo (CED).



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