Ä„Ay, no aprendemos nunca! - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 07:26

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Ä„Ay, no aprendemos nunca!

por 26 abril, 2002

Atrincherada en el pasado, sin comprensión de los cambios del mundo, a la defensiva y neoconservadora como se ha vuelto, la fuerza intelectual de las llamadas izquierdas —aquellas bien pensantes, del criticismo oficial, que reclaman para sí el monopolio del progresismo "auténtico"— parece no tener otro destino que erosionar a los gobiernos socialdemócratas.

Existe una gigantesca falla en el razonamiento de quienes postulan, cada vez que los partidos de centroizquierda pierden votos —como acaba de ocurrir en Francia—, que esa derrota se debió a una carencia o debilidad de las políticas tradicionalmente identificadas con la izquierda.



De acuerdo con ese argumento, lo que uno esperaría es que la gente, cansada de los supuestos coqueteos neoliberales, procapitalistas o de derecha de los conglomerados socialdemócratas, vote resuelta y decididamente hacia la izquierda. Y con eso, de paso, reivindique las banderas de igualdad, fraternidad y libertad, de menos mercado y más solidaridad en la escasez, banderas contra el autoritarismo, la represión, el consumismo, etcétera.



Ä„Alas!, no es eso lo que ocurre.



En vez de mirar hacia la izquierda de Jospin, donde había una abundante oferta de variadas tonalidades rojas, lilas y verdes, la gente votó hacia su derecha y más allá, hacia la ultraderecha. Lo mismo había hecho ayer cuando en vez de elegir la continuación de un gobierno socialista en España, buscó a Aznar y el Partido Popular y no a las alternativas situadas a la siniestra del PSOE. Ni siquiera pidió a Alfonso Guerra, ¿o lo olvidamos ya?



En breve, en este mundo complejo, postmoderno, globalizado e incierto en su rumbo rige una ley de hierro según la cual cuando los socialdemócratas pierden, pierden a favor de la derecha. La alternativa al progresismo no es una izquierda más radical o auténtica, sino una diestra más o menos neoliberal, más o menos nacionalista, más o menos tecnocrática o populista. A la tercera vía no se le opone la quinta vía de que hablaba un combativo intelectual chileno, sino la primera vía.



Esta es la paradoja de la historia en su actual ciclo.



Las cabezas pensantes del progresismo, entretanto, acostumbradas como están (estamos) a pensar la política como un necesario e inevitable decurso desde la religión hacia el positivismo, desde el orden conservador hacia la libertad creativa, desde la tradición hacia la razón, desde el capitalismo hacia el socialismo, no nos percatamos siquiera que ese (nuestro) esquema subyacente —lineal y brutalmente simplificador— hace rato dejó de funcionar.



Las mayores contradicciones de la sociedad se dan todas hoy en terrenos que son ajenos, o al menos no afines, a la sensibilidad y los prejuicios intelectuales de izquierda. Quizá eso explique la impresionante incomprensión que tiene aislado a ese sector.



En efecto, no fue Marx sino a la postre Von Hayek quien tuvo razón en cuanto al curso largo de la historia. No fue Rousseau quien impuso su marca a la democracia moderna, sino Michels, el hombre que hablaba de las oligarquías políticas. Parafraseando a un gran pensador alemán, podría decirse que en vez del reino del progreso nos hemos topado, finalmente, con el reino de la anomia.



La gente, una vez que se frustra con los socialdemócratas, los progresistas, las centroizquierdas, lo que piensa primero no es cómo ir hacia una revolución más consecuente, sino cómo cerrar filas en torno al orden, las certidumbres, el terruño, la autoridad. Lo que busca no es a un templado Locke sino a un Hobbes irritado por el temor y la inseguridad.



Es trágico para los ideales de uno —educado en el valor público de las ideas y los argumentos— tener que reconocer que las masas votantes, los ciudadanos, no piden más deliberación, más debate ideológico o más cultura de élites refinadas, sino más y mejor policía, mayor disciplina social, menos cosmopolitismo, más tranquilidad en sus hogares.



Y no votan las masas ciudadanas por quienes prometen mayor gasto fiscal, menor privatización, impuestos más altos, más colectivismos de diverso tipo, libertad de inmigración, una democracia entretenida o el (famoso) "reencantamiento" de la cosa pública, sino por líderes secos y adustos del estilo Chirac y Aznar, o por nacionalistas agresivos como Le Pen, Fini y Haider, o por una derecha empresarial y mediática modelo Berlusconi, o por dirigentes belicosos que tienen en Sharon su paradigma.



Ante esta nueva realidad, nuestros pensadores de izquierda se han quedado definitivamente pasmados. En vez de hacerse cargo de los temas de fondo que explican por qué la derecha —incluso la más extrema— gana votos y desaloja a las agrupaciones tradicionalmente progresistas del poder, insisten en bondadosas apelaciones a (sin)razones y esquemas del pasado.



Se resisten a hacerse cargo, por ejemplo, de los temas que les causan incomodidad o urticaria y que por eso califican de "conservadores" o de "derecha", tales como el del delito y la seguridad ciudadana, la eficiencia en la gestión de los servicios públicos, la plena incorporación de todos a los mercados de bienes y servicios, la protección de los trabajadores por la vía de la flexibilidad y no de la rigidez, los estándares exigentes en educación, la necesidad de desarticular los poderes corporativos, etcétera.



En vez de tomar los nuevos problemas en serio y abordarlos, como obligadamente tratan de hacer los gobiernos de centroizquierda o socialdemócratas, lo que hacen los intelectuales y políticos progre es más bien disparar sobre los gobernantes más cercanos a sus posiciones desde unas simbólicas trincheras situadas a la izquierda (y atrás) de la historia.



Dirán por ejemplo, como ayer se dijo del gobierno de Lagos, que éste es tan de derecha como lo sería uno de Lavín. ¿No habrán dicho algo semejante de Jospin algunos maí®tre Å• penser que hoy llaman desesperada o furtivamente a votar por Chirac y contra Le Pen?



O dirán de las políticas más avanzadas que hoy es capaz de ofrecer una socialdemocracia renovada —digamos Blair y Gordon en Gran Bretaña, o desde la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero en España— que ellas son pura y simple réplica neoliberal.



En fin, para qué seguir. Ä„No aprendemos nunca!



Atrincherada en el pasado, sin comprensión de los cambios del mundo, a la defensiva y neoconservadora como se ha vuelto, la fuerza intelectual de las llamadas izquierdas —aquellas bien pensantes, del criticismo oficial, que reclaman para sí el monopolio del progresismo "auténtico"— parece no tener otro destino que erosionar a los gobiernos socialdemócratas. Y, con eso, abrir de par en par las puertas para el triunfo de alguna derecha.



Ojalá no rematemos en esto, en que nuestros intelectuales y políticos "flagelantes", quienes desde una equivocada topografía de izquierda (dentro de un mapa del siglo antepasado) navegan contracorriente, terminen mañana invitándonos a votar por Lavín como única opción razonable frente a un duro e intransigente representante del mal mayor.



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