Crónica del último día - El Mostrador

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Crónica del último día

por 26 abril, 2002

Acongoja pensar que en Cuba, país donde impera una férrea censura de prensa, hayan podido estar más enterados del curso de los acontecimientos que en la democrática Venezuela.

Esta será mi última crónica sabatina en mucho tiempo. Tras pensarlo mucho, encuentro que excluirme voluntariamente de la cofradía de los opinadores de la prensa escrita es el único modesto recurso a mi alcance para expresar no sólo mi desacuerdo ciudadano, sino también mi visceral repudio a los valores que han llegado a prevalecer en el establecimiento comunicacional venezolano, tenido como un todo.



La incalificable censura noticiosa y de opinión, maliciosamente impuesta a los venezolanos durante horas muy graves de la vida nacional y contra los mejores intereses del público, contrariando el deber de no retener información relevante que permitiese normar el juicio de ese mismo público, cediendo a motivos que no se conciben sino como políticos, y todo ello cumplido por la concurrente omisión de una significativa mayoría de medios radioeléctricos del país, no puede ser ignorada por nadie que haya abrigado la creencia de que los medios, de manera infusa y natural, están siempre del lado de la verdad, la democracia y la pluralidad.



El caso de la autocensura de prensa en Venezuela durante el trascurso de un golpe de estado, en abril de 2002, sin duda ha de engrosar los libros de texto usados en las cátedras de ética en las escuelas de comunicación del mundo. Esto no es una frase: ya numerosos despachos, reportajes y análisis de la prensa extranjera, durante y después de esos sucesos, han dedicado consternados párrafos a tratar la vergonzosa e inquietante materia.



Esos despachos, reportajes y análisis contrastan con las febles explicaciones y las insuficientes excusas con que directivos y celebridades de la noticia-espectáculo despachan el asunto, las cuales no hacen sino afirmarme en la convicción de que en el trascurso de los últimos años, en el periodismo venezolano ha hecho presa una insidiosa ideología de supremacismo moral que anima la complacencia con que los medios, sus entrevistadores y sus conductores de programas de opinión y sus vedettes se juzgan benévolamente a sí mismos.



Sostengo que esa disposición permanente a exculpar a priori a los medios, siempre prestos a descalificar toda crítica de sus prácticas como "ataque a la libertad de expresión", y esa insultante propensión a atribuirse una supremacía moral sobre el resto de los actores de la sociedad, son tan asesinas de la democracia como los desafueros totalitarios de un demagogo al frente de un micrófono y la manga de periodistas de la nómina gubernamental.



Eché los dientes en la radio y la televisión venezolanas. En ellos, y en las redacciones de los diarios, hice los duraderos amigos de la primera juventud. La memoria de respeto e inspiración que guardo de los grandes cultores de la palabra escrita que hicieron de la nada el gran periodismo venezolano me la ha dado este oficio que aprendí a los porrazos, mirando cómo lo hacían los mejores. Así que sé de que les hablo.



Me encuentro en situación privilegiada para juzgar de lo ocurrido durante aquellas horas de incertidumbre, y de compartirlo con mis lectores. Pero avisado de la facilidad con que el caribeño talante criollo se distrae de lo esencial si se le ofrece una mención directa que pueda reducir a chisme, hoy romperé una regla de toda la vida y no nombraré a nadie, pues lo verdaderamente alarmante está en las acciones y omisiones registradas en el transcurso de un sábado sin noticias que ningún periodista venezolano tendrá la desvergüenza de olvidar.



Considérense apenas unas cuantas concreciones del desafuero de que fuimos víctimas: un canal de noticias instruye por escrito a la conductora de un programa de opinión sobre las preguntas que puede o no hacerle a un invitado que no es otro que el escritor y sociólogo Tulio Hernández. Este último ha acudido al canal con el propósito de denunciar las persecusiones que el fugaz gobierno de Carmona Estanga había desatado contra diputados y funcionarios oficialistas.



La conductora, humillada en lo más íntimo y llorando de vergüenza, confiesa a Tulio lo que le ocurre. Tulio la conforta y le ofrece una salida: "pregúntame lo que te instruyen y deja de mi cuenta lo demás".



Sonrío al pensar que los censores no contaban con el formidable don de la palabra que adorna a Tulio desde sus días de estudiante en la UCV, mucho menos con que Tulio es no sólo un demócrata a toda prueba, sino un destacado estudioso de la comunicación, largo tiempo vinculado al Ininco (Instituto de Investigación
de la Comunicación de la Universidad Central de Venezuela) y hombre comprometido algo más que académicamente con los problemas que derivan del papel de los medios en una sociedad abierta.



A partir de una pregunta inocua, Tulio se las apañó para abordar los sucesos y los temas cruciales del momento. Pero su intervención no sobrevivió al primer corte de segmento y la trunca entrevista fue reemplazada por otra cuyo protagonista, un político adversario del régimen, resultaba más adecuado.



El jurista Herman Escarrá fue objeto del mismo trato, con el añadido escénico de que, en su caso, los censores se dejaron ver en el estudio y pretendieron trazar de viva voz los límites de la entrevista.



Las transmisiones de la colombiana Cadena Caracol fueron sacadas deliberadamente del espectro de señales ofrecido por un conocido multicanal de cable, justo cuando Caracol informaba y lanzaba al aire informaciones y entrevistas en tiempo real desde el Palacio de Miraflores que despejaban al fin la duda de cuál de las facciones tenía el control de la sede del gobierno.



Para subrayar la colusión que cabe sospechar obró en este diabólico black out, puede aportarse el contraejemplo de un pequeño canal de TV local que, en Maracay, no se inhibió de sacar al aire la imagen y la voz del general Raúl Baduell, alzado contra el golpe en aquella plaza.
Lo propio hicieron, en el trascurso del día sábado, un puñado de responsables emisoras aragüeñas.



Acongoja pensar que en Cuba, país donde impera una férrea censura de prensa, hayan podido estar más enterados del curso de los acontecimientos que en la democrática Venezuela.



Recabar esas imágenes, sacar al aire esas señales y difundirlas en cobertura nacional no habría puesto en riesgo la vida de ningún reportero o redactor, y habría contribuido, si no a la tranquilidad general, al menos a una adecuada percepción de la realidad por parte de la población que fue sometida a una de las más devastadoras experiencias a que puede ser sometida una sociedad: la desbocada objetivación de sus miedos a través de los rumores.



Esto me lleva, de modo natural, a comentar el argumento de que salir a la calle en esas horas habría puesto en riesgo la vida de reporteros y camarógrafos. Más de un curtido corresponsal extranjero, destacado en Caracas especialmente para la ocasión, ha mostrado su estupor ante la calidad de ese argumento, esgrimido por igual por medios y periodistas de renombre.



"No hubo jamás sitio más peligroso para un reportero que la playa de Omaha, en Normandía, el 6 de junio de 1944. ¿Se imaginan ustedes a Robert Capa escribiendo a su agencia de noticias que no había tomado ninguna foto del desembarco aliado en Francia porque en aquel lugar la cosa estaba muy jodida y su vida corría peligro?", preguntaba con sorna un corresponsal latinoamericano. De la matanza de Tlatelolco, en el México de 1968, donde Oriana Fallaci dejó media nalga, abaleada en cumplimiento de su deber, podría decirse lo mismo.



Pero sólo recordaré, sin ánimo de ilustración moral, el miedo es libre, que el único Premio Pulitzer ganado alguna vez por un periodista venezolano lo obtuvo en 1962 un valeroso reportero gráfico, el inolvidable H. Rondón, con la foto de un soldado agonizante en brazos de un sacerdote, captada en medio de un nutrido y mortal fuego de fusilería durante el alzamiento de Puerto Cabello.



La memoria de Rondón se ha visto afrentada por el trato que anónimamente, por Internet y con llamadas telefónicas injuriantes, muchos periodistas venezolanos han dado a corresponsales extranjeros por el único delito de haber puesto en evidencia sus insuficiencias.



Lo que sigue es sólo un párrafo de la declaración que ha ofrecido el directivo de un importante medio radioeléctrico. Ella ejemplifica el supremacismo moral a que aludo más arriba: "tenemos una cuenta de ahorro de equidad, de fidelidad, de seriedad que no se puede manchar porque un día no haya habido una información adecuada".



"Un día", se nos dice. Pero un día demasiado señalado para fallar: el día en que una cofradía de ultraderecha y de miembros de Opus Dei pretendió secuestrar todo lo ganado, con riesgo y generosidad, por la oposición democrática venezolana.



* Novelista y dramaturgo venezolano. Ex columnista del diario El Nacional de Caracas y El Mundo de Madrid.

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