Isabel Allende, más allá de lo pequeño - El Mostrador

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Isabel Allende, más allá de lo pequeño

por 21 mayo, 2002

Siempre dije que en las sociedades de escritores no son todos los que están ni están todos los que son. Por eso, estoy convencido que la labor creativa del escritor debe ser silenciosa, personal, individualista en extremo.

Habiendo conocido las veleidades y miserias que subyacen en el mundo de los escritores, no pretendo participar en campañas porque no creo que corresponda hacerlas. Es absurdo que deban realizarse una serie de acciones de pasillo para poder encumbrar el nombre de una escritora de renombre mundial como Isabel Allende por sobre sus supuestos pares.



Es en estos procesos tras bambalinas cuando aflora lo más recalcitrante del mundo literario, con sus antiguos estilos de relación, sus profundos amores y odios, las hojas de vida llenas de premios que se van otorgando unos a otros en grupos cerrados, sin que se tome como medida la cantidad de libros vendidos o la recepción de la crítica internacional a sus obras.



En estas cofradías de escritores se lucha con pasión por los escaños, se esgrimen ideologismos, aparecen seguidores o talleristas que toman partido, cual barras ilustradas, por tal o cual poeta, por tal o cual estilo de manejar la palabra.



Siempre dije que en las sociedades de escritores no son todos los que están ni están todos los que son. Por eso, estoy convencido que la labor creativa del escritor debe ser silenciosa, personal, individualista en extremo, y confundir creación con acción gremial, relaciones sociales o de ayuda mutua es desviar energías del rol principal del hombre o mujer de letras.



En ese contexto, pienso que la calidad de Isabel Allende no requiere apoyos de nadie y que de sobra amerita el galardón nacional. Sólo quiero reivindicar el principio de excelencia en la literatura, el cual es respaldado por millones de lectores en todo el planeta, lo cual es en sí mismo el mayor reconocimiento mundial.



Quiero sumarme simplemente a quienes están en contra de esas formas tan miserables de nuestro estilo nacional, las cuales emergen como efluvio de envidia de lo recóndito del alma pasional de los escritores: el chaqueteo chilensis. Espero que no cometamos una vez más la estupidez histórica de premiar a nivel nacional a una escritora, después que el mundo ya la había honrado con el Nobel.



En la sociedad mediática de hoy, para alcanzar el éxito es preciso alcanzar titulares. Se requiere estar en televisión y si es posible en las cadenas globales. Pero, cuidado con el marketing literario, ya que en pos de abrirse espacios se pueden cometer exabruptos.



Los críticos pueden erigirse en sirenas que provocan desconcierto. Me refiero, por ejemplo, al reportaje de la Revista Newsweek que anunciaba en torno a la figura del periodista-escritor Alberto Fuguet, autor de la antología McOndo, la muerte del realismo mágico. ¿Alguien puede creer que en la narrativa latinoamericana puedan quedar obsoletos los tiempos reposados y circulares de Cien Años de Soledad, de El Otoño del Patriarca o de Pantaleón y las Visitadoras? Plantear esto sería desconocer las esencias profundas de América Latina, sus espacios escarpados y sus valles insólitos, donde la vida fluye con ritmos y esencias diferentes a los de una ciudad cibernética.



Creo que afirmar la caducidad de este estilo de conocernos y expresarnos corresponde a la visión de alguien que ha vivido la civilización del cemento y toma una posición eminentemente urbana de su historia.



Sin embargo, la dicotomía se mantendrá en el tiempo y habrá espacios para la sociedad que navega en banda ancha por la globalización, con sus traumas y nuevas relaciones urbanas, y aquélla que se mantiene, por encima del tiempo, enraizada en los rincones locales que tienen esas particularidades y comunes denominadores que te hacen revivir y reconocer a los Macondo o los aromas de la Casa de los Espíritus, en diferentes niveles y esencias.



Isabel Allende, Vargas Llosa, García Márquez, tienen espacio para rato en la literatura regional y mundial y no está concluido el ciclo de descubrimiento de nuevos bemoles en nuestra tierra de contrastes, ridiculeces y pompas.



En este ámbito, cuidado con quienes en pos del marketing quieran defenestrar a los grandes y venderse como una nueva ola creativa. Cuidado con los críticos o literatos que van como esos pájaros encima de los rinocerontes literarios, especializándose en uno o más autores que les dan para mantener sus cátedras, las que peligrosamente, suelen desactualizarse o caer en la rutina.



Se debe tener cuidado con los críticos que quieren hacer de lo literario una suerte de marketing global, donde los consumidores necesitan nuevos acicates para adquirir nuevos productos. Los criterios de diversificación de productos y de mayor segmentación son ideas válidas para la ingeniería comercial, pero pueden resultar panfletarias desde lo literario.



Isabel Allende ha sido la expresión del éxito literario con una solidez y belleza narrativa incuestionables. Su nombre es en el mundo editorial como lo fue el de Fernando Flores en informática y comunicaciones. Al igual que Flores, el integrarse a las ligas mayores exige permanencias constantes fuera del terruño.



El peso del éxito retiene a Isabel Allende en California del Norte, Estados Unidos. Siendo una persona globalizada, su vertiente creativa sigue arraigada en los perfumes de nuestra América sureña. Es aquí donde se desarrollan sus historias de Hija de la Fortuna y de Retrato en Sepia. Es justo, razonable y oportuno que sea reconocida ahora con el Premio Nacional de Literatura, antes que nos la premien en Oslo y quedemos pagando, como lo hicimos con la Gabriela.



* Administrador público, consultor internacional en modernización aduanera, escritor, académico y consultor.



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