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Atentos y vigilantes

por 12 junio, 2002

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La naturaleza ha puesto a prueba una vez más el temple y la solidaridad de los chilenos, uniéndolos a través de numerosas iniciativas y campañas de ayuda. Mientras el fenómeno climático cobró la vida de nueve personas, sus efectos económicos se calculan en 20 mil millones de pesos y han obligado al gobierno central y a los gobiernos regionales a reasignar sus presupuestos para hacer frente a las necesidades más urgentes.



Entre éstas se cuenta el retiro del barro y la limpieza de cauces para evitar que nuevas lluvias produzcan daños aún mayores, la reparación de obras de infraestructura y de viviendas, y la asignación de créditos blandos para pequeños y medianos empresarios agrícolas que vieron diezmar sus cosechas debido a las inundaciones.



Personalmente, mientras arreciaba la lluvia, recorrí las zonas más afectadas de mi circunscripción senatorial, como Los Molles, Llay Llay, Quintero, Zapallar, Papudo, poblaciones de Quillota, Quilpué, Villa Alemana, Limache y La Calera que se vieron anegadas por el desborde de ríos, esteros o por falta de colectores. En estos recorridos pude establecer contacto directo con los damnificados, llevarles una palabra de aliento, y a través de reuniones en terreno con alcaldes, concejales y autoridades de gobierno en primera instancia y luego mediante oficios enviados a sus oficinas, contribuyo a la toma de decisiones para enfrentar la emergencia.



Si bien parece una frase hecha, en este caso se hace carne en la realidad y podemos decir con conocimiento de causa que el pueblo chileno es sufrido, hijo del rigor, pero tiene un gran coraje para hacer frente a la adversidad y salir adelante. Así lo demuestran los miles de damnificados que hoy luchan tenazmente por revertir su situación y comenzar de nuevo.



El gobierno tiene una oportunidad histórica para transformar en algo positivo esta situación adversa, generando un cambio en las condiciones que han venido marcando la economía en los últimos años. Hay que saber sacar provecho de las circunstancias desfavorables, y ésta es la oportunidad que hoy se nos presenta como país para hacer bien las cosas, porque la puesta en marcha de los planes y programas de emergencia derivados del temporal, en especial en obras viales y vivienda, pueden dar nuevos bríos a la actividad productora y ofrecer decenas de miles de puestos de trabajo.



No olvidemos que al drama de la pérdida total o parcial de bienes se suma el efecto permanente de una tasa de desocupación que hoy se empina al 8.8 por ciento -y que todo hace presagiar alcanzará al 10 por ciento-, por lo que estos programas de reparación de caminos, puentes y viviendas deben transformarse en grandes demandantes de mano de obra y así bajar la desocupación.



En este sentido, el gobierno tiene la palabra y la responsabilidad, y dependerá solo de su eficiencia aprovechar la desgracia para transformarla en algo positivo. No basta la tenacidad, el coraje ni el temple que son características propias de nuestro pueblo. Se necesita, ahora más que nunca, de una conducción eficiente y de una adecuada asignación de recursos por el gobierno para que Chile se levante una vez más de una catástrofe de la naturaleza.



Para este objetivo, estaremos atentos y vigilantes, exigiendo su cumplimiento, a la vez que contribuiremos con nuestras mejores capacidades.



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