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El SIES, un debate que exaspera

por 14 junio, 2002

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Como ya es habitual en nuestro medio, un debate importante—esta vez en torno al SIES—se ha planteado de la peor forma posible: sin atender a los hechos, con escaso rigor y con una alta carga ideológica.



Bajo el nombre SIES se están discutiendo los más variados tópicos: libertad de enseñanza, derecho a la educación, inequidades sociales, predecibilidad de las pruebas de selección, naturaleza de los objetivos fundamentales y contenidos mínimos de la enseñanza, producción de los textos escolares, rol del Mineduc en el sistema educacional, pruebas y trucos, el vínculo entre enseñanza superior y media, qué pueden ganar las universidades de élite con el cambio, rol de los docentes, oportunidad para innovar, procedimientos usados en terceros países, etcétera.



En medio de tan variopinto menú la ideología se mezcla con los argumentos técnicos, el ruido sustituye a la razón, y en verdad quienes hablan lo hacen al mismo tiempo, pero en distintas frecuencias, sin que al final del día nadie escuche lo que piensa el del lado.



Lo que se echa de menos en esta situación son las exigentes tradiciones y valores de la academia, como han reclamado en reiteradas oportunidades los investigadores encargados de diseñar la nueva prueba nacional para los alumnos que completan la enseñanza secundaria. Ä„Tienen razón! En vez de las reglas de la comunidad académica, el debate es conducido por el impacto mediático y por unas agendas político-intelectuales que hasta aquí aparecen como poco transparentes.



Puede ser que los debates intelectuales ya no pueden encerrase en los moldes tradicionales de las disciplinas y la academia. Y que en beneficio de la deliberación democrática, convenga llevar la discusión a la calle, a la columna del diario, al artículo dominical, al canal de televisión, al periódico electrónico.



Mas esto no exime de actuar discursivamente de acuerdo a las normas de lo razonable.



Por el contrario, en estos días uno se encuentra expuesto a un conjunto de argumentos que carecen de cualquier rigor y no pasan de ser ejercicios de imaginación ideológica.



Mencionaré sólo uno, el más exasperantemente falto de consistencia: que la libertad de enseñanza estaría en peligro, o llegaría a estarlo en el futuro, o podría (de alguna forma hipotética, en algún incierto momento) ser amenazada por la introducción del SIES. Parece un mala broma condicional. Ä„Pero así es!



Nadie osa decir que la libertad de enseñanza efectivamente está en peligro, o se halla amenazada, o estaría siendo coartada de tal o cual manera precisa. No, pues eso supondría empezar a hablar en serio. Pero de todas maneras se crea la imagen de algo ominoso. Y con eso basta para lograr un efecto público.



¿Hay algo creíble en esta acusación que no es tal, pero que juega con serlo?



¿Alguien cree de verdad que una prueba, por importante que sea, puede poner en riesgo la libertad de enseñanza? ¿Alguien se atrevería a decir eso del Simce?



¿Es razonable pensar que dos buenos investigadores, pertenecientes uno a la Universidad de Chile y el otro a la Pontificia Universidad Católica, están urdiendo la siniestra liquidación de una de las más valiosas prerrogativas democráticas de la educación chilena?



¿Puede alguien de buen juicio creer que el Consejo de Rectores de las universidades estaría patrocinando una maniobra destinada a liquidar lo que a ellas mismas les da su fundamento?



¿O se piensa que la ministra Mariana Aylwin y su equipo, o el Presidente Lagos y su gobierno, de pronto se transformaron en unos oscuros agentes de la destrucción del sistema escolar? ¿Del mismo sistema en que la Concertación ha empeñado diez años de esfuerzo para recuperar su autonomía y libertades, y para reconstruirlo después del desastroso estado en que había quedado tras su intervención por el poder autoritario?



Me perdonarán ustedes, pero la verdad es que, sin siquiera entrar en argumentos técnicos (lo que haré en una próxima oportunidad), todo esto es, lisa y llanamente, un despropósito.



Por último, tampoco me hace sentido que sólo dos personas o tres —por brillantes que resulten ser sus mentes, Ä„y a veces lo son!- sean las únicas en haber descubierto que en Chile, vía SIES, operaría una conspiración para suprimir la libertad de enseñanza sin que del otro lado ni los rectores de las principales universidades del país, ni los investigadores a cargo de diseñar el SIES, ni las autoridades del Ministerio, ni los cien mil docentes del país, ni las facultades y escuelas de pedagogía, ni personas de reconocida trayectoria en el campo educacional (yo mismo, modestamente, entre ellos), nos diéramos cuenta de esa funesta operación o, lo que es aún peor, pudiéramos ser cómplices de ella.



Ä„Por favor!



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